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En la foto oficial de la Berlinale de 1991, Victoria Abril (Madrid, 67 años) sostiene su Oso de Plata con una mano y eleva la otra como ejecutando un saludo torero, o a punto de atusarse el moño italiano (elija usted). Acaba de imponerse, por su trabajo en Amantes, en la categoría de mejor actriz sobre Vanessa Redgrave y la Jodie Foster de El silencio de los corderos. Tiene 31 años y es, posiblemente, la mejor actriz española de su generación. Además, tiene reciente el rodaje de su inminente éxito francés Une époque formidable y va a empezar el de Tacones lejanos, que se convertirá en el primer bombazo de taquilla de Almodóvar en el país vecino. Allí ya se mueve entre las grandes figuras, como prueban sus dos nominaciones al premio César. Y las ofertas de Hollywood tampoco tardarán en llegar. Por todo ello, cuesta imaginar una posición más prometedora para una actriz europea.
EL PAÍS cumple 50 años de un proyecto compartido con sus lectores. Medio siglo de vida dedicado a descubrir la verdad y publicarla. Dentro de las celebraciones y actos conmemorativos, el diario ha lanzado Amigos de EL PAÍS, una modalidad de suscripción para quienes quieren ir más allá de la lectura y acercarse al periódico desde dentro. El corresponsal de Asuntos Globales, Andrea Rizzi, ha protagonizado el primer encuentro celebrado para este grupo de suscriptores, que busca una relación más directa con el periódico. El evento tuvo lugar el pasado jueves 2 de julio en la sede de Miguel Yuste, en Madrid, y estuvo moderado por la periodista Ana Alonso de Blas.
Formar parte de Amigos de EL PAÍS es acceder a experiencias, contenidos y propuestas pensadas solo para ti. Estas son las ventajas de hacerte Amigo:
Es el gran enigma del verano. Si en materia de una pieza está claro que las rayas en blanco y negro son las ganadoras indiscutibles de la partida (con otras muchas alternativas a tener en cuenta en el traje de baño), el misticismo que rodea al bikini renueva temporada con más tendencias superlativas a su alrededor que otros veranos.























La traducción al inglés de Así en la tierra como debajo de la tierra, de la brasileña Ana Paula Maia (Nueva Iguazú, 1977) ha hecho que compita por el International Booker Prize de este año. Ello ha llevado que aterrice en España también por estas fechas saltándose la obligación de la novedad cronológica, ya que se trata de una novela escrita y publicada originalmente en 2017. La obra de esta escritora y guionista se ha vertido en nuestro idioma gracias a editoriales como Jus y Siruela, hasta que se ha hecho hueco de forma regular en el siempre excitante catálogo de Eterna Cadencia.


El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, de 50 años, experto en analizar la humanidad como un todo, sus constantes y, sobre todo, sus peligros, espera a EL PAÍS a mediodía en un coqueto y silencioso hotel escondido en el bonito barrio lisboeta de Lapa. El famoso autor de Sapiens, Homo Deus o Nexus, todos publicados por Debate en España, que ha vendido más de 50 millones de ejemplares, acaba de pedir un té, viste una camisa estampada y alegre y está sentado en una galería luminosa que da al majestuoso estuario del Tajo. Al fondo, el azul restallante del río que es casi ya el mar. La atmósfera es bellísima y en calma. Nada parece amenazar la quietud de esta mañana. Y sin embargo…



Manuela Hernández trabaja limpiando edificios, una tarea que desarrolla cada día “con mucho dolor”. Entre otras dolencias, sufre tendinitis y rizartrosis, el desgaste de un cartílago de la mano. “Me duele mucho con casi todos los movimientos de mi trabajo, hasta para coger la fregona. También tengo problemas en el hombro. He llegado a ir con el brazo en cabestrillo y quitármelo para trabajar”, cuenta esta vallisoletana, que atiende a EL PAÍS junto a su marido, trabajador de la construcción. “Tiene 63 años, vértigos, problemas de cadera y le están pidiendo que suba al andamio”. Cuando se pregunta a Manuela por qué no está de baja para recuperarse, contesta: “Tengo 60 años. Imagínate que me echan a la calle, ¿qué hago? Me enfada y me frustra trabajar con dolor, pero me da miedo el despido“.


Ormuz no llevaba ni tres semanas cerrado cuando, a mediados de marzo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encendía todas las alarmas con un informe demoledor: la guerra, decía, ya había provocado “la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero”. Unos 15 millones de barriles de crudo y otros cinco de productos refinados se habían volatilizado, un escenario de terror. La crisis energética estaba servida. En abril, con el estrecho aún clausurado, la alerta tomaba un cariz aún más dramático: Europa, advertía el brazo sectorial de la OCDE, solo tenía queroseno para seis semanas.
“¡Eppur si muove!”, decía Galileo Galilei: y, sin embargo, se mueve. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, en 2022, que disparó el precio del gas, el petróleo y la electricidad cuando el mundo apenas levantaba aún la cabeza tras la pandemia. Pocos creyeron que sería posible esquivar la recesión mundial, pero se logró. Después llegó el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su apuesta por imponer aranceles a diestro y siniestro. Los temores se dispararon de nuevo, pero el desplome económico no llegó. En esas, el propio Trump —de la mano de su amigo y homólogo israelí Benjamín Netanyahu— declaró la guerra a Irán y el desaguisado terminó con el estrecho de Ormuz cerrado. No había precedentes de algo así: la quinta parte del petróleo y el gas licuado que engulle un mundo aún adicto quedaba automáticamente fuera de juego. Y, sin embargo, los tambores de recesión volvieron a quedar en lejana melodía.
El FMI rebajó el miércoles marginalmente su previsión de crecimiento para la economía mundial para este año (del 3%, una décima menos de lo anticipado en abril, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán), pero elevó en cambio hasta el 3,4% (dos décimas más que hace tres meses) la de 2027. Ese efecto fuelle responde a dos variables contrapuestas. Por un lado, como ha quedado patente esta misma semana, pese a que el flujo de petróleo y de gas a través del estrecho de Ormuz ya se sitúa prácticamente a mitad de camino de donde estaba antes de la guerra, el conflicto sigue haciendo mella. Por otro, la pujanza inversora en sectores de nueva hornada –“el impulso acelerado del ciclo tecnológico mundial, gracias a los avances de la inteligencia artificial (IA)”, en palabras de los técnicos del Fondo- compensa esa ralentización e invita a pensar en un mayor dinamismo a medio y largo plazo.
La foto fija, sin embargo, difiere mucho entre geografías y grupos de países. Les va mejor a los exportadores de energía y a las economías “más integradas en las cadenas globales de valor de la tecnología”, y peor a los “importadores de materias primas peor posicionados para beneficiarse de la actividad relacionada con la IA”. Concuerda con esta visión Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex director adjunto de la Cepal, el brazo de la ONU para asuntos económicos en América Latina: “Es cierto que hay resiliencia si miramos a los promedios mundiales, pero también diferencias regionales muy grandes y al interior de los países: incluso el impulso en Europa por el rearme está obligando a una reasignación, a mi juicio desastrosa, de gasto social e inversión pública a gasto militar y subsidios a los combustibles fósiles. Y América Latina, aunque crezca un poco más, lo sigue haciendo muy por debajo de lo que realmente necesitamos”.
Los bebés de diseño, modificados genéticamente para que presenten características deseables en materia de salud, aspecto físico e inteligencia, hoy están al alcance de la mano gracias a las tecnologías existentes, una perspectiva que plantea cuestiones sociales y éticas de gran alcance, muy similares a las asociadas a los avances de la IA. La diferencia es que es que las instituciones necesarias para abrir una vía ética a la edición genética resultan, en teoría, más fáciles de imaginar que las que harían falta en el ámbito de la inteligencia artificial.