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La escritora francosuiza Mona Chollet (Ginebra, 52 años) lleva años explorando el punto en que la intimidad se vuelve política. Tras trabajar durante cerca de dos décadas como editora en Le Monde Diplomatique, desarrolló su faceta de ensayista. En libros como En casa (Hekht Libros, 2017), Brujas (Ediciones B, 2019) o Reinventar el amor (Paidós, 2022), ha analizado cómo los mandatos sociales se incrustan en el cuerpo, el deseo, la pareja o el espacio doméstico. En su nuevo ensayo, Contra la culpabilización (Paidós), se adentra en esa voz interior que rebaja, sermonea y descalifica, y que suele sonar con más fuerza en quienes ocupan posiciones de subordinación social, como mujeres, minorías y también niños. La entrevista tuvo lugar la semana pasada en un salón de té de su barrio, cerca de la Bastilla, en París.
La primera vez que vio el cartel de Zeta, su nueva película, a Mario Casas (A Coruña, 39 años) se le escapó una sonrisa. “Me vi ahí con un arma, con una explosión detrás, como el héroe de acción de una película americana. Me hizo muchísima gracia”. Posiblemente se acordó de todas las horas que había pasado viendo películas como aquella. “Soy de una generación que tiene idealizado el cine. Mi infancia fueron las películas, los videoclubs. Llegabas a casa y el plan del sábado por la noche era alquilar una peli. Yo con 13 o 14 años, mientras mis colegas jugaban al fútbol, cogía el autobús del centro comercial para ir al cine solo”.
Al final, no fue ni el empleado de banca que querían sus padres ni el estudiante de Filosofía y Letras que quería él. Pero como ya con cuatro añitos contaba chistes en público, como se ve que el escenario lo quería y como su ama venía de una familia de txistularis y le obligó a estudiar solfeo, Javier Gurruchaga (San Sebastián, 68 años) iba a acabar ganándose la vida algo más que decentemente con la música. Con el show. En 1976 fundó junto con varios amigos la Orquesta Mondragón, un disloque creativo y transgresor a medio camino entre el rock and roll, el circo… y el manicomio. No por casualidad en Mondragón estaba el psiquiátrico de Santa Águeda, célebre en el habla popular de los guipuzcoanos: “¡Tú estás como para que te lleven a Santa Águeda!”.

Dos ciudadanos franceses secuestrados en el Sahel están a punto de ser liberados tras varios días de cautiverio. Antes de dejarlos ir, los terroristas les piden un favor: ¿pueden evaluar su experiencia? Uno de ellos, algo avergonzado, apunta que le hubiera gustado tener un colchón solo para él. La escena ficcional y caricaturesca de la serie francesa Bajo control (2023) condensa un rasgo de la actualidad: hoy, prácticamente cualquier experiencia puede ser reseñable.
El 4 de septiembre de 1882, el Bajo Manhattan —hoy, una de las zonas más populares y acaudaladas de la ciudad de Nueva York— abandonó el parpadeo ámbar del gas por el brillo blanco de la incandescencia. Allí, en Pearl Street, la Edison Illuminating Company, creada por Thomas Alva Edison, comenzó a generar electricidad, alimentando unas 400 bombillas y brindando servicio a unos 80 clientes. La instalación se convirtió en la primera planta de energía central de la historia, gracias a seis dinamos jumbo (los primeros generadores que convertían la energía mecánica en eléctrica) alimentados a carbón y convertidos en el corazón de la estación. La maquinaria, sin embargo, no era nada sin los 24 kilómetros de cableado subterráneo, que exigieron una inversión que superó el coste de todo el sistema. En las entrañas de los filamentos de esta red se utilizó cobre —el segundo metal (después de la plata) con alta conductividad y maleabilidad— que, siglo y medio después, se ha consolidado como un recurso estratégico.