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Con el espacio aéreo iraquí cerrado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra la vecina Irán, la principal puerta de entrada al Kurdistán iraquí se hace por la frontera turca de Habur. El trayecto hasta la capital kurda, Erbil, se recorre en unas cinco horas por carreteras que, entrada la noche, son iluminadas por múltiples destellos en el cielo. Algunos los provocan los rayos de una inoportuna tormenta nocturna. Otros, los drones o misiles que llegan del este, desde Irán, para impactar o ser interceptados en el aire rumbo a alguna base estadounidense o de las fuerzas kurdo-iraníes apostadas en suelo iraquí. Entre los destellos de la tormenta y de la guerra se colaron en la noche del viernes los fuegos artificiales para celebrar la inusual coincidencia del fin de año kurdo, Noruz, con el Eid que marca el fin del mes de ayuno musulmán, el ramadán. Las bolas de colores disparadas al concurrido cielo por jóvenes kurdos y árabes se siguieron de vítores, clamor de un pueblo que se resiste a ser, una vez más, arrastrado a la guerra.
El tiempo que se tarda en leer esta frase le basta a un sistema de inteligencia artificial (IA) para resumir miles de datos de espionaje recabados durante décadas: sesudos informes, fotos de satélites y de drones, antenas de GPS, cámaras de tráfico intervenidas, mensajes de WhatsApp y de correo electrónico… Con todo ello, el sistema puede marcar un punto en la pantalla con dos palabras: “Objetivo prioritario”. Un comandante estadounidense o israelí solo tendría que validar la orden para bombardear cualquier objetivo en Irán. La doctrina militar exige una “cadena de ataque” (en inglés se conoce como kill chain) supervisada por humanos. Pero la velocidad y la avalancha de información que proporciona la IA es de tal magnitud que varios expertos en el sector temen que el ser humano se haya convertido ya en un mero firmante de ejecuciones.

Todavía no había amanecido y Moha y su grupo ya tenían una misión: tratar de que nadie en el pueblo se diera cuenta de que en dos baños públicos habían orinado 1.500 musulmanes. Y echaban cubetazos en los aseos con otra complicación extra: que sus padres no vieran una mancha en sus túnicas blancas recién estrenadas para el rezo del fin del Ramadán. Como si nunca hubieran estado allí, porque no saben si podrán volver a hacerlo.

La noticia dio la vuelta al mundo en minutos. La inteligencia artificial (IA) había conseguido por primera vez una medalla en la prestigiosa Olimpiada Internacional de Matemática (IMO, por sus siglas en inglés), un concurso en que los 600 chavales más brillantes del mundo se enfrentan a seis problemas que han sido diseñados en secreto durante un año, y que deben resolver con solo lápiz, papel y su cerebro. Es mucho más que un concurso. Es el lugar en el que se maceran las mentes matemáticas que después solucionarán problemas imposibles y dirigirán las compañías tecnológicas que gobiernan el mundo. La noticia de la medalla que ganó la IA fue publicada por miles de medios y elegida como uno de los mayores avances científicos del año por la revista Science. Y aquí es cuando la narración comienza a complicarse. Porque la noticia es mentira.
Es viernes en la noche y prácticamente todo Centro Habana es un fundido a negro. Solo se vislumbran las velas o algún farolillo solar en el interior de las inmensas casas coloniales carcomidas por la sal del mar y el paso de años complejos para Cuba. El silencio total de las calles lo rompe el sexto piso de Deauville, un hotel sin turistas que se resiste a perder el encuentro de son y timba que cada fin de semana reúne a un centenar de cubanos y a algún extranjero enamorado de Havana D’Primera o Maykel Blanco. Llueva o tiemble, dicen orgullosos. Y así es: ni en uno de los momentos más convulsos del país, con apagones interminables, una crisis alimentaria y sanitaria insostenible y amenazas constantes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tomar la isla, se apaga el parlante.

Arroz, frijoles, medicamentos, leche en polvo, material de higiene. De todo eso, y de denuncia contra Donald Trump por el cerco energético que mantiene sobre Cuba desde finales de enero, van cargados los barcos que estos días se dirigen a la isla, fletados por una parte de la izquierda latinoamericana y europea. El carácter de primera necesidad que tienen las toneladas de ayuda enviada da la medida de la magnitud del colapso en el que malviven los cubanos, acelerado desde hace dos meses hasta casi paralizar el país. En ese cerco, el tiempo es clave; cada día sin combustible aumenta la presión sobre una ciudadanía más que harta con protestas pese a la represión, pero también sobre el régimen cubano que, acorralado, afronta una amenaza existencial. Sin embargo, ahí sigue, tratando de ganar algo que no va a traer ningún barco: tiempo y soluciones.
Que Shakira encuentre un hueco en su agenda no es tarea fácil. Sentarse a hablar con la cantante colombiana, de 49 años, lleva meses de negociaciones. Desde hace un año, y le quedan meses por delante, está inmersa en una gira global que la ha llevado por medio planeta con un centenar de conciertos, hasta recaudar 420 millones de dólares (el tour más taquillero, aseguran, de la historia de un artista en español). Durante la entrevista cara a cara se muestra parlanchina, risueña, contenta. Su equipo marca como condición para la cita que la conversación gire en torno a esta etapa profesional y a sus tres décadas de carrera.




No sé quién se inventa determinados términos, ni a qué intereses sirven, pero consiguen que todo dios (exagero; algunas personas sentimos alergia hacia ellos) los utilicen continuamente para explicar lo humano y lo divino. Especialmente la casta política. Y una parte notable de los medios de comunicación. Son expresiones como “el relato” y “la resiliencia”. Y respecto a los géneros artísticos, ahora se ha puesto de moda la autoficción.
Dirección: Pedro Almodóvar.
Intérpretes: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit.
Género: drama. España, 2026.
Duración: 111 minutos.
Estreno: 20 de marzo.

Benita Castejón cita a primera hora de la mañana en El Templo del Maestro Joao, su tienda de esoterismo y consultorio de tarot en un popular barrio de Madrid aún no del todo engullido por la gentrificación. Un enorme local a pie de calle, atiborrado de anaqueles a rebosar de aceites esenciales, amuletos y sortilegios, y con varios retratos enmarcados de la propietaria cuando tenía nombre y aspecto de varón, realizados antes de que emprendiera su transición de género y tuviera DNI de mujer. Hablamos en el cuartito interior donde lee las cartas, aún más sobrecargado de atrezo para hechizos varios, a la luz de una vela led. No sabe una adónde mirar. Bueno, sí. Gasta un verbo tan hipnótico como su rostro, uno de esos de los que no puedes apartar la vista por la perfección quirúrgica de sus rasgos. Benita es, nunca mejor dicho, una mujer hecha a sí misma. Hace pocos meses que se ha sometido, además, a una mamoplastia, una vaginoplastia y otras operaciones para completar su transición de género. Se la ve a la vez hiperactiva y exhausta.

Benita Castejón (Madrid, 62 años) no tuvo ninguna duda cuando eligió nombre para su nuevo DNI con nombre y sexo de mujer en el Registro. Quiso llamarse Benita, como la madre que la parió y que la sacó adelante, a ella y a sus cuatro hermanos, en una chabola de las que aún quedaban barrios enteros en Madrid cuando ella era pequeña. Camarero, peluquero y transformista antes que tarotista, Benita alcanzó celebridad como polemista y vidente en un programa de televisión y, luego, como concursante de realities. Fue en 'Top chef' donde anunció a sus compañeros y a la audiencia, que había decidido emprender su transición de género hormonal y quirúrgica pasados los 60 años. Pudo morir, dice, pero volvería a hacerlo.
Cuatro décadas de trayectoria avalan a Suzanne Vega (Nueva York, Estados Unidos, 66 años), aunque sorprende ver que solo ha publicado 10 álbumes en estos 40 años. “De joven tuve una familia, dediqué mucho tiempo a criar a mi hija, y durante los últimos 10 años trabajé en el teatro, con un espectáculo basado en la vida de la escritora Carson McCullers. A finales de 2019 pensé que era hora de grabar un nuevo disco, y entonces llegó la covid”, afirma desde la habitación de un hotel en Francia. En la pantalla se la ve afable, con una camiseta de listas horizontales, su inconfundible flequillo rubio y unas gafas de pasta. El coronavirus es el tema que más sacará durante la charla: para explicar que su ciudad, Nueva York, ha cambiado a peor desde entonces; que llevó fatal los conciertos online durante el confinamiento y que ahora ya no firma discos después de cada actuación porque fue así como se contagió del virus dos veces. “Ahora lo hago antes”, afirma una artista a la que sigue encantando actuar en vivo. “Siempre he querido estar en un escenario desde niña, y siento que mi razón de existir es tocar para un público, pequeño o grande, da igual”.