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El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.

No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

Cuatro alcaldías de municipios de la ribera del Guadalquivir (los sevillanos Coria del Río y Los Palacios así como los gaditanos Sanlúcar de Barrameda y Chipiona) y representantes de una decena de entidades han reclamado la paralización de todos los vertidos mineros al estuario del mayor río andaluz así como la prohibición de nuevos desembalses de aguas procedentes de la extracción de minerales hasta conocer exactamente las consecuencias de estos en el ecosistema del que dependen los mencionados pueblos y Doñana. Se amparan en la actualización de un estudio de hace un año sobre la presencia de metales pesados en peces y que, según Jesús Castillo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla, ha aumentado a “niveles récord” en los últimos meses.

Nadie discute que Brunete es un pueblo. Estamos en el oeste de la región de Madrid, a 30 kilómetros de la Puerta del Sol, donde esa palabra, pueblo, molesta en otros municipios vecinos más grandes, pero la gente de Brunete la usa, unos con orgullo y otros con resignación. Aquí viven 11.287 personas. No hay centro comercial, ni cines, ni discotecas y el Mercadona cerró hace cinco años para reubicarse en el municipio colindante de Villanueva de la Cañada, más poblado y más rico. Fue un golpe para los brunetenses. El alcalde trató por todos los medios de parar aquella huida e incluso pidió una reunión en Valencia con Juan Roig, el presidente de esos supermercados, pero fue en vano.




Alba Melendo (Teruel, 40 años) solo tenía 14 años cuando se enamoró de John Galliano. Ya ahí supo que quería dedicarse la moda. Sus padres, en cambio, querían que fuese a la universidad, por eso acabó haciendo Periodismo. “El primer día de clase, un señor que se llamaba Macià Mercadé, que luego condenaron a prisión por el tema del Fórum Filatélico, nos preguntó a qué queríamos dedicarnos. Cuando dije que yo quería ser estilista se rio de mí y dijo: ”Ah, estitonta”. Pero, ¿cómo te quieres dedicar a eso?”. Se acabó dedicando a “eso” y más: ha diseñado el universo estilístico de las giras de artistas como Bad Gyal, Karol G, Ana Mena o Aitana y tiene un exitoso podcast propio llamado Fashion sucks y viste a famosas como Georgina Rodríguez. Ella misma va camino de ser una celebridad.


“Me han dicho que la primera vez que lancé la pelota por encima de la red fue a los 18 meses”, escribe Conor Niland (Birmingham, 45 años) al comienzo del muy apreciable Contra las cuerdas (Editorial Contra), un libro biográfico sobre su experiencia como tenista profesional. Entre 2000 y 2012, cuando se retiró debido a una lesión, Niland fue cabeza de ratón y cola de león al mismo tiempo. Por un lado era el mejor tenista irlandés de su generación, lo que le llevó a líderar cinco años el equipo de la Copa Davis. Por otro, ser el número 1 de Irlanda en tenis no significa gran cosa. En el ranking que puntua a los tenistas de uno para abajo, Niland, en su mejor momento, solo llegó al 129. Y unicamente los 100 primeros ganan lo suficiente como para vivir con holgura.
Han pasado 20 años desde que el 6 de julio de 2006 Aquí no hay quien viva echara el cierre a la portería de Desengaño 21. Sus vecinos nunca vivieron la larga crisis económica, la covid, una guerra en Europa y tres presidentes del Gobierno. YouTube entonces daba sus primeros pasos, y el streaming era un palabro que ninguno habría entendido. Aun así, la serie hoy domina a la perfección las nuevas pantallas y logra un hito difícilmente equiparable: sus cinco temporadas están disponibles en las siete principales plataformas de televisión en España. Allí, e incluso solo con los datos de cuatro de ellas, sus capítulos acumulan un promedio mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, como detalla un barómetro de la consultora Barlovento Comunicación.
El calor extremo hace que se deban maximizar las precauciones con los animales de compañía para evitar los golpes de calor. A diferencia de los humanos, perros y gatos tienen una capacidad limitada para regular la temperatura mediante la sudoración, por lo que dependen principalmente del jadeo y otros mecanismos de enfriamiento. “El golpe de calor es una situación extremadamente grave. Cuando la temperatura corporal del perro aumenta en exceso, puede provocar daños importantes en distintos órganos e incluso causar la muerte, algo que ocurre con bastante frecuencia en estos casos”, explica Manuel Lázaro Rubio, vocal del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (COLVEMA).
La Francia más atractiva de ver en los 14 años de la era Didier Deschamps no se coronará campeona del mundo. Se lo impidió una autoritaria España escondiéndole la pelota con Rodri y Dani Olmo a la batuta. De la comparación entre las dos Francias que se han visto desde la Eurocopa de 2024 en Alemania y este Mundial 2026 ha salido reforzado Deschamps. Puede que caer en semifinales sea haya quedado corto por la materia prima ofensiva que tenía a su disposición y por el eléctrico y fino juego exhibido cuando robaban la pelota y Olise, Mbappé, Dembélé, Doué o Barcola se disparaban a pocos toques a la portería rival. En el descargo de Deschamps y de sus futbolistas está que su verdugo firmó un partido para recordar.
En la playa de Liencres siempre hay olas. Es una larga flecha de arena que termina en punta, justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. Todas las fuerzas confluyen en esta playa, e incluso los días que ondea la bandera verde, el mantel del mar tiene ondulaciones. Cuando pasa esto, en vez de tablas de surf y cuerpos hercúleos, lo que hay en el agua son bañistas convencionales, y por eso se ve algún que otro guantazo en la orilla, porque los bañistas convencionales no sabemos leer el mar como los surfistas, ni anticipar el ritmo de su elevación ni su cadencia, y nos quedamos quietos en esa zona donde no cubre pero tampoco puedes sumergirte, mirando cómo se acerca la ola, cómo crece más y más, hasta que cierras muy fuerte los ojos.