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Quisiera decir que Nicolás Maduro es el único que ha envejecido. Él, que tiene más canas que cuando lo presentaron por primera vez ante el tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York, hace casi tres meses, traído por la fuerza en una operación militar de Estados Unidos y acusado de delitos relacionados con narcotráfico, posesión de armas y corrupción, con el uniforme caqui de reo federal. Él, que se pone los lentes de la presbicia para revisar papeles y tomar notas de la segunda audiencia ante el juez, donde se discute si Estados Unidos debe autorizar o no que use fondos venezolanos para pagar su defensa privada. Pero han pasado más de 25 años desde que nos conocimos, un cuarto de siglo desde que su partido y las fuerzas militares gobiernan Venezuela, mi país. Yo tenía 23 años cuando conocí a Nicolás Maduro y a Cilia Flores: ambos eran integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente que se instaló en Venezuela en 1999 y yo trabajaba como reportera de política para diarios venezolanos. Y ahora que vuelvo a verlos en persona, durante la audiencia que se celebró este jueves en Manhattan, tengo casi 50 y una mezcla de incredulidad, pérdidas y amarguras que se me han ido acumulando por largo tiempo.
En unas horas, Arianne Betancourt tendrá enfrente a una de las culpables de que su padre esté encerrado en el centro de detención para migrantes Alligator Alcatraz, de Florida. Es la tarde del 2 de marzo y Arianne sube a un vuelo de la aerolínea American Airlines, en Miami. Luego aterriza en Washington, sale del aeropuerto, se dirige al centro comercial de Pentagon City y localiza la tienda de Macy’s. Busca ropa que “resalte”, no quiere ir “vestida de luto”. “Si me sacan del lugar, que la gente sepa que fue a mí a quien arrastraron porque no podía quedarme callada”. Elige un pantalón y una chaqueta color rosa, paga por el conjunto y se va al hotel. Está casi lista para mirar a los ojos a Kristi Noem, la entonces secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien comparecerá al día siguiente en una audiencia ante el Comité Judicial del Senado que acabará en su despido.

Aunque no se trata de uno natural, el césped artificial requiere algunos cuidados para que se luzca siempre como el primer día. Su limpieza, por ejemplo, es fundamental para evitar que los malos olores, la suciedad o las bacterias puedan provocar problemas.




Hace solo unas semanas eran electricistas en Miami. O gerentes de departamentos de una multinacional. Seguían pescando como habían hecho los últimos 30 años. Conducían los camiones. Tenían una empresa de aire acondicionado. Cobraban el retiro por una vida trabajada. ¿Y ahora? Ahora buscan el hueco entre los soportales, tienden al sol ropa mojada en un lavamanos, abren y cierran puertas de un Oxxo con la esperanza de que caiga alguna moneda, celebran las mantas que una vecina caritativa les ha dado para no dormir directo sobre el concreto, atesoran papeles doloridos, documentos en un idioma equivocado, confían en un dinero prometido para comprar un celular y poder llamar a sus familias, que se quedaron a miles de kilómetros, al otro lado de la frontera.






Hay numerosas herramientas para el jardín que toda persona debería tener en su cobertizo, garaje o trastero. Una de ellas es el extractor de malas hierbas, imprescindible para dejar los caminos próximos a casa bien aseados, otra puede ser las tijeras de podar y, como no podía ser de otra forma, el cortacésped. Esta maquinaria resulta clave para mantener el césped en el mejor estado posible y con el nivel de altura deseado. Por eso mismo, en EL PAÍS Escaparate hemos buscado el cortacésped eléctrico más vendido en Amazon.




La industria cosmética ha encontrado un gran altavoz en las redes sociales para catapultar productos a lo más alto y convertirlos en objetos de deseo en cuestión de segundos. Desde la CC Cream Red Correct de Erborian hasta el colorete de Nyx, entre los cosméticos virales de TikTok se cuela ahora la base de maquillaje Mask Fit Red Cushion de Tirtir.


No hay mes en el que los vecinos de la Dreta de l’Eixample de Barcelona no se enteren de la compra de un edificio entero que va a convertirse en viviendas de lujo. Jaume Artigues, presidente de la asociación de vecinos del barrio, los repasa uno a uno. Los hay en el paseo de Sant Joan, en la Rambla de Catalunya, en la calle de Casp… En el mejor de los casos, un fondo compra el inmueble, reforma pisos y los convierte en viviendas de alta categoría. En el peor, las obras implican cancelar contratos y pedir desahucios. “Hemos detectado hasta 116 promociones especulativas”, lamenta. Ese goteo que lleva produciéndose hace años ha cambiado ya las dinámicas del barrio. Hay edificios con escaleras semivacías. De hecho, alrededor del 30% de las viviendas no tienen a ningún vecino empadronado, según datos del Ayuntamiento. “Muchos de los compradores son extranjeros que no viven en esas casas, sino que las tienen para cuando vienen de fin de semana a Barcelona”, explica Artigues. Pero también las calles cambian. Basta con darse un paseo por la calle del Consell de Cent. “Es uno de los grandes cambios que se han producido. Más del 40% de las tiendas de esa calle entre el paseo de Gràcia y Girona son de uso turístico”, se queja.
Desde hace un tiempo, los mercados financieros se perciben más como una casa de apuestas que como respetables mesas de negociación con elevadas barreras para evitar filtraciones de información relevante. Activos tan dispares como las Bolsas y el precio del petróleo se vieron sometidos el pasado lunes a una montaña rusa que provocó fuertes oscilaciones durante la jornada y que tuvieron un detonante común: la decisión de Donald Trump de aplazar el ataque a instalaciones energéticas de Irán. La intrahistoria, más allá de las conversaciones entre ambos bandos, se conoció más tarde. Un cuarto de hora antes de que el presidente estadounidense anunciara la tregua en su red social Truth se produjeron apuestas millonarias en derivados financieros que proporcionaron suculentos beneficios a unos pocos, y desconocidos, inversores.
Hay un banquero que se pone el mundo por montera, que sueña con gigante paneuropeos, lanza el guante a los gobiernos y quiere desafiar esa ley tácita de que las opas no amistosas nacen heridas de muerte. Se llama Andrea Orcel, es el primer ejecutivo del banco italiano Unicredit y el 16 de marzo —con la incertidumbre económica al rojo vivo por el recrudecimiento de la guerra de Irán— lanzó una oferta pública no solicitada de 35.000 millones de euros por el alemán Commerzbank, una presa que tiene entre ceja y ceja desde hace al menos año y medio. Ese es, precisamente, el mismo periodo de tiempo que Berlín lleva enseñando los dientes al directivo romano, sin disuadirlo: “Mi mensaje a Commerzbank hoy es: Ha llegado el momento de hablar”, dijo a los analistas del mercado la semana pasada.