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El turismo masivo es una realidad de la que España difícilmente puede escapar. La estrategia para repartir mejor geográfica y estacionalmente a los viajeros, al margen de los destinos más visitados y de los meses de temporada alta en los que se concentran las visitas, ha funcionado solo de forma parcial. Los turistas, especialmente los extranjeros, siguen viniendo a los mismos sitios y en los mismos tres o cuatro meses. El crecimiento explosivo de los viajes, tanto de residentes como de no residentes, desde la salida de la pandemia ha roto las costuras de muchos destinos, masificando sus calles y depreciando la experiencia, y el bolsillo de los turistas, que han asumido una subida de precios inédita en los tres últimos años. Pero esta no ha tocado.
La falta de ambición del próximo presupuesto europeo presentado por la Comisión Europea se ve con nitidez en un punto: la mayoría de Estados miembros recibirán menos dinero para la financiación de políticas tradicionales de la UE como la agraria o la de cohesión. A España, por ejemplo, le corresponderán unos 73.890 millones, un 12% menos que en el periodo actual, sin tener en cuenta las cantidades que están llegando por el Fondo de Recuperación. Para Italia o Francia, el recorte es similar, en cantidad y porcentaje, según un informe interno del Parlamento Europeo al que ha tenido acceso EL PAÍS. Del recorte solo escaparían Estonia, Malta, Suecia, Finlandia y Croacia si estos números no cambian sustancialmente tras las negociaciones entre los propios países y con la Eurocámara, que deberían estar listas a finales de este año.
Si todo sale bien, este 1 de abril cuatro astronautas viajarán a la Luna. Por primera vez, en la tripulación habrá un no estadounidense, una mujer y un afroamericano. Cuentan con una ventana de tiempo muy concreta para colocarse en la órbita lunar. Una misión que, además de ciencia, tiene mucho de política.
El presidente Donald Trump no ha perdido oportunidad de contar ―y enrevesar― su versión sobre la guerra que emprendió contra Irán junto a Israel hace un mes. Desde el 28 de febrero, ha dado más de medio centenar de entrevistas, ha hablado en casi una veintena de discursos y eventos y ha respondido a preguntas de los medios una decena de veces a bordo, o a las puertas, del Air Force One, según la hemeroteca del medio estadounidense Roll Call, que reúne en su web todas las intervenciones del presidente. Al mismo tiempo, ha escrito más de 40 publicaciones sobre Irán en su red, Truth Social, ha compartido otra decena de veces artículos de la prensa que le son favorables y ha reposteado publicaciones de funcionarios que le dan la razón.
Para llegar al palacio del Gobierno de Bagdad —donde el primer ministro iraquí, Mohammed Shiaa al Sudani, recibe este lunes a EL PAÍS— hay que adentrarse en la llamada zona verde, un pedazo de la capital amurallado por bloques de hormigón que da a la orilla occidental del Tigris y alberga sedes diplomáticas y gubernamentales, incluida la Embajada estadounidense, objetivo frecuente de ataques de milicias proiraníes.
Keir Starmer ha encontrado en los continuos ataques y desprecios que recibe de Donald Trump la fórmula para reforzar su perfil político. La mayoría de los votantes laboristas, y también de los liberales demócratas, aplauden su aparente firmeza al no dejarse arrastrar a la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Los insultos del estadounidense ―“este [por Starmer] no tiene nada que ver con Churchill”, por ejemplo― permiten al primer ministro británico ofrecer a sus ciudadanos, como contraste, una clara posición de fuerza y calma.
Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen están a punto de convertirse en los primeros seres humanos en viajar a la Luna en más de medio siglo. Pero esta hazaña de la misión Artemis 2 llega envuelta en incertidumbre: la nave que los llevará nunca ha transportado astronautas, y ciertos problemas técnicos en su anterior vuelo han encendido las alarmas entre algunos expertos.

El que acaba de presentar en Madrid ha sido su cuarto desfile en lo que va de año. Antes ha pasado por Nueva York, Sevilla y Chile. Y en los próximos meses lo hará por México, Colombia y Canarias. “Estoy haciendo una media de 74 desfiles anuales”, dice Ágatha Ruiz de la Prada (Madrid, 65 años), reclinándose en una silla de colores que, por supuesto, ha diseñado ella misma. Sentada en su taller de la calle de Villanueva —mientras al fondo las costureras terminan las piezas del desfile y en el piso de arriba, donde está la tienda, la cola para probar el café que acaba de lanzar con Juan Valdez no deja de crecer—, no hay un atisbo de urgencia en su voz. “Es una salvajada”, concede, a sabiendas de que no tiene ninguna intención de bajar las revoluciones.
Son las 21:47. Miras el reloj. Vibra. “Te faltan 2.134 pasos para alcanzar tu objetivo”. Y, de repente, el día ya no parece tan productivo.
Flaco favor le hace a la ley de eutanasia la gula informativa que se ha generado en torno al particular caso de Noelia Castillo. Mezclar su biografía personal, cargada de desamparo, violencia y abandono, con su deseo final de someterse a la eutanasia activa ha provocado que muchas personas confundan la función real de la ley. El texto legal no ampara el suicidio ni mucho menos la solución a una depresión o la infelicidad, sino que se circunscribe a casos de enfermedad incurable y dolor que impide la vida digna, y por ello se rechazan un amplio número de solicitudes. Además, en el caso de Noelia se ha descuidado contar algo que es de gran importancia. En primer lugar la inverosímil relación entre una asociación de fortísima carga ideológica y el padre de la muchacha, no precisamente, según la propias palabras de ella, alguien cercano y atento. Esa colaboración, sobre la que no se ha profundizado, ha permitido una interrupción de casi dos años al proceso. Y aún amenaza a los responsables del departamento médico-jurídico que se encargó del dictamen, en lo que es, de hecho, una obstrucción a la ley. La persecución de los servidores públicos sirve de aviso y amenaza a los que colaboran con quienes emprenden este duro trance.