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Desde hace un tiempo, los mercados financieros se perciben más como una casa de apuestas que como respetables mesas de negociación con elevadas barreras para evitar filtraciones de información relevante. Activos tan dispares como las Bolsas y el precio del petróleo se vieron sometidos el pasado lunes a una montaña rusa que provocó fuertes oscilaciones durante la jornada y que tuvieron un detonante común: la decisión de Donald Trump de aplazar el ataque a instalaciones energéticas de Irán. La intrahistoria, más allá de las conversaciones entre ambos bandos, se conoció más tarde. Un cuarto de hora antes de que el presidente estadounidense anunciara la tregua en su red social Truth se produjeron apuestas millonarias en derivados financieros que proporcionaron suculentos beneficios a unos pocos, y desconocidos, inversores.
No hay mes en el que los vecinos de la Dreta de l’Eixample de Barcelona no se enteren de la compra de un edificio entero que va a convertirse en viviendas de lujo. Jaume Artigas, presidente de la asociación de vecinos del barrio, los repasa uno a uno. Los hay en el paseo de Sant Joan, en la Rambla de Catalunya, en la calle de Casp… En el mejor de los casos, un fondo compra el inmueble, reforma pisos y los convierte en viviendas de alta categoría. En el peor, las obras implican cancelar contratos y pedir desahucios. “Hemos detectado hasta 116 promociones especulativas”, lamenta. Ese goteo que lleva produciéndose hace años ha cambiado ya las dinámicas del barrio. Hay edificios con escaleras semivacías. De hecho, alrededor del 30% de las viviendas no tienen a ningún vecino empadronado, según datos del Ayuntamiento. “Muchos de los compradores son extranjeros que no viven en esas casas, sino que las tienen para cuando vienen de fin de semana a Barcelona”, explica Artigas. Pero también las calles cambian. Basta con darse un paseo por la calle del Consell de Cent. “Es uno de los grandes cambios que se han producido. Más del 40% de las tiendas de esa calle entre el paseo de Gràcia y Girona son de uso turístico”, se queja.
Hay un banquero que se pone el mundo por montera, que sueña con gigante paneuropeos, lanza el guante a los gobiernos y quiere desafiar esa ley tácita de que las opas no amistosas nacen heridas de muerte. Se llama Andrea Orcel, es el primer ejecutivo del banco italiano Unicredit y el 16 de marzo —con la incertidumbre económica al rojo vivo por el recrudecimiento de la guerra de Irán— lanzó una oferta pública no solicitada de 35.000 millones de euros por el alemán Commerzbank, una presa que tiene entre ceja y ceja desde hace al menos año y medio. Ese es, precisamente, el mismo periodo de tiempo que Berlín lleva enseñando los dientes al directivo romano, sin disuadirlo: “Mi mensaje a Commerzbank hoy es: Ha llegado el momento de hablar”, dijo a los analistas del mercado la semana pasada.
La guerra en Irán que Donald Trump ve “casi terminada” no deja de extenderse. Casi un mes después de que Estados Unidos lanzase la ofensiva, junto con Israel —al matar al líder supremo, Ali Jameneí, en una oleada de bombardeos—, este sábado sumó un nuevo actor: los rebeldes hutíes de Yemen, con el lanzamiento de sus primeros misiles contra Israel. Es el enésimo signo de escalada y caos, con un futuro incierto.

Un pitido cansado, que tiene algo de antiguo, anuncia la entrada del tren expreso procedente de Teherán en el andén de la estación de Van (este de Turquía), lentamente y con un par de horas de retraso. Tras más de24 horas traqueteando por la geografía maltrecha del Irán septentrional, sus 280 pasajeros desembarcan fatigados, ojerosos, arrastrando pesadas maletas. El enjambre de taxistas que se ha concentrado en las escaleras de entrada de la estación se abalanza sobre ellos en busca de clientes y mezclan palabras en turco, en persa, en kurdo, para negociar el porte de personas y equipajes hasta el centro de la ciudad o, directamente, al aeropuerto. Algunos solo han hecho la mitad del camino. “Aún nos queda un vuelo a Estambul y, de ahí, otro a Alemania”, explica una joven veinteañera que no quiere dar el nombre por su oposición al régimen ―que hace poco más de dos meses masacró a miles de manifestantes―, pero también a las bombas lanzadas por Estados Unidos e Israel sobre su país: “Es aterrador lo que está pasando. Querríamos que se fueran los mulás, pero no estoy segura de que así vaya a pasar”.



“¿No va a venir nadie a recibirme?”. Una figura menuda pero poderosa irrumpe en el estudio fotográfico. Carmen Maura (Madrid, 80 años) entra en escena. Es pequeña y delgada, pero su voz, una de las más inconfundibles del cine español, es rotunda. No parece estar de muy buen humor. Luego reconocerá que ha tenido que madrugar para esta sesión de fotos y que detesta tener que hacerlo. “Me da mucha pereza levantarme temprano. Es lo que más me cansa de este trabajo. Por eso estoy todo el rato pensando en retirarme”, va a admitir. Ahora preferiría estar en su piso, en el barrio madrileño de Chamberí, con su perrita. “No sabes lo mona que es mi casa. La tengo desordenada y llena de pijadas, pero soy muy feliz ahí. Cada vez me cuesta más salir”.
Miguel Reveriego
Beatriz Machado
Raquel Álvarez (The Crew Art) para Chanel Beauty y Keune Haircosmetics
Cristina Serrano
Sergio Borondo y Javier Suárez
David García
Diego Serna

En la estación de tren de Pekín, inaugurada por el mismísimo Mao Zedong en 1959, la sala de espera número cuatro está a rebosar. Al fondo de la estancia, entre sobrias columnas de mármol y decenas de viajeros, un rótulo luminoso indica que el mítico expreso nocturno K-27 con destino Pyongyang, la capital de Corea del Norte, está a punto de salir. El reinicio de la ruta hace dos semanas, tras seis años suspendida, muestra cierto giro aperturista de la hermética nación atómica. “Contribuirá a impulsar los intercambios entre ambos países, así como la cooperación económica y comercial y los intercambios culturales”, anunciaba la prensa estatal de China. El lunes reabrirá también una conexión aérea entre ambas capitales.





Parece que hemos progresado desde la quijada de burro con la que Caín mató a su hermano Abel. Para llegar a la delicatessen de la foto, hemos tenido que inventar antes muchas cosas, qué sé yo, el acero, la pólvora, la producción en serie, el cálculo diferencial y hasta los ministerios, con todas sus cadenas de huesecillos (direcciones generales, secretarías de Estado, gabinetes de prensa, etcétera). Hay ministerios para todo lo que usted sea capaz de imaginar, aunque son más eficaces unos que otros. Los de la Guerra (o de Defensa, según), y por poner un solo ejemplo, suelen funcionar mejor que los de la Vivienda, qué le vamos a hacer. Pero la quijada de burro, que es a lo que íbamos, ha evolucionado y nosotros (los Caínes de este mundo) con ella.
Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.

El edificio está algo destartalado, debe remodelarse. El Ayuntamiento de Elna lo compró hace algún tiempo por una cantidad elevada y a duras penas ha podido terminar de arreglarlo. Da igual. Su presencia a medida que avanza la pequeña carretera, rodeada de invernaderos y del trajín de inmigrantes que entran y salen de los caminos de tierra, es imponente. La Maternidad Suiza es un símbolo eterno del éxodo republicano español, de la solidaridad francesa. Una institución fundada en 1939 por la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que permitió el nacimiento de 597 niños cuyas madres, refugiadas de la Guerra Civil española, se encontraban internadas en campos de concentración del sureste de Francia. Lo mismo ocurrió con 200 hijos de mujeres judías. Pocos lugares son tan transparentes con la historia de la resistencia contra el fascismo. Hace un semana, un partido calificado como de extrema derecha y liderado por un viejo militante de una formación petainista ganó la alcaldía.







