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Un pitido cansado, que tiene algo de antiguo, anuncia la entrada del tren expreso procedente de Teherán en el andén de la estación de Van (este de Turquía), lentamente y con un par de horas de retraso. Tras más de24 horas traqueteando por la geografía maltrecha del Irán septentrional, sus 280 pasajeros desembarcan fatigados, ojerosos, arrastrando pesadas maletas. El enjambre de taxistas que se ha concentrado en las escaleras de entrada de la estación se abalanza sobre ellos en busca de clientes y mezclan palabras en turco, en persa, en kurdo, para negociar el porte de personas y equipajes hasta el centro de la ciudad o, directamente, al aeropuerto. Algunos solo han hecho la mitad del camino. “Aún nos queda un vuelo a Estambul y, de ahí, otro a Alemania”, explica una joven veinteañera que no quiere dar el nombre por su oposición al régimen ―que hace poco más de dos meses masacró a miles de manifestantes―, pero también a las bombas lanzadas por Estados Unidos e Israel sobre su país: “Es aterrador lo que está pasando. Querríamos que se fueran los mulás, pero no estoy segura de que así vaya a pasar”.



“¿No va a venir nadie a recibirme?”. Una figura menuda pero poderosa irrumpe en el estudio fotográfico. Carmen Maura (Madrid, 80 años) entra en escena. Es pequeña y delgada, pero su voz, una de las más inconfundibles del cine español, es rotunda. No parece estar de muy buen humor. Luego reconocerá que ha tenido que madrugar para esta sesión de fotos y que detesta tener que hacerlo. “Me da mucha pereza levantarme temprano. Es lo que más me cansa de este trabajo. Por eso estoy todo el rato pensando en retirarme”, va a admitir. Ahora preferiría estar en su piso, en el barrio madrileño de Chamberí, con su perrita. “No sabes lo mona que es mi casa. La tengo desordenada y llena de pijadas, pero soy muy feliz ahí. Cada vez me cuesta más salir”.
Miguel Reveriego
Beatriz Machado
Raquel Álvarez (The Crew Art) para Chanel Beauty y Keune Haircosmetics
Cristina Serrano
Sergio Borondo y Javier Suárez
David García
Diego Serna

En la estación de tren de Pekín, inaugurada por el mismísimo Mao Zedong en 1959, la sala de espera número cuatro está a rebosar. Al fondo de la estancia, entre sobrias columnas de mármol y decenas de viajeros, un rótulo luminoso indica que el mítico expreso nocturno K-27 con destino Pyongyang, la capital de Corea del Norte, está a punto de salir. El reinicio de la ruta hace dos semanas, tras seis años suspendida, muestra cierto giro aperturista de la hermética nación atómica. “Contribuirá a impulsar los intercambios entre ambos países, así como la cooperación económica y comercial y los intercambios culturales”, anunciaba la prensa estatal de China. El lunes reabrirá también una conexión aérea entre ambas capitales.





Parece que hemos progresado desde la quijada de burro con la que Caín mató a su hermano Abel. Para llegar a la delicatessen de la foto, hemos tenido que inventar antes muchas cosas, qué sé yo, el acero, la pólvora, la producción en serie, el cálculo diferencial y hasta los ministerios, con todas sus cadenas de huesecillos (direcciones generales, secretarías de Estado, gabinetes de prensa, etcétera). Hay ministerios para todo lo que usted sea capaz de imaginar, aunque son más eficaces unos que otros. Los de la Guerra (o de Defensa, según), y por poner un solo ejemplo, suelen funcionar mejor que los de la Vivienda, qué le vamos a hacer. Pero la quijada de burro, que es a lo que íbamos, ha evolucionado y nosotros (los Caínes de este mundo) con ella.
Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.

El edificio está algo destartalado, debe remodelarse. El Ayuntamiento de Elna lo compró hace algún tiempo por una cantidad elevada y a duras penas ha podido terminar de arreglarlo. Da igual. Su presencia a medida que avanza la pequeña carretera, rodeada de invernaderos y del trajín de inmigrantes que entran y salen de los caminos de tierra, es imponente. La Maternidad Suiza es un símbolo eterno del éxodo republicano español, de la solidaridad francesa. Una institución fundada en 1939 por la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que permitió el nacimiento de 597 niños cuyas madres, refugiadas de la Guerra Civil española, se encontraban internadas en campos de concentración del sureste de Francia. Lo mismo ocurrió con 200 hijos de mujeres judías. Pocos lugares son tan transparentes con la historia de la resistencia contra el fascismo. Hace un semana, un partido calificado como de extrema derecha y liderado por un viejo militante de una formación petainista ganó la alcaldía.








Muchos en Hungría —y en Bruselas, Moscú o Washington— contienen la respiración hasta las elecciones legislativas del próximo 12 de abril. El ultraconservador Viktor Orbán se enfrenta por primera vez a la posibilidad real de perder el poder tras cuatro rotundos mandatos consecutivos. Las encuestas dan ventaja al único rival que, hasta ahora, parece capaz de destronarle: Péter Magyar, un disidente de sus propias filas que conoce a fondo la arquitectura interna del régimen moldeado por Orbán. Nadie se atreve, sin embargo, a anticipar el desenlace de los comicios más inciertos de los últimos 16 años.

Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.
La biografía personal de Erik Prince está marcada por una estructura extensa y vinculada a su actividad profesional. Católico desde 1992, es padre de 12 hijos, cuatro con cada una de sus tres esposas. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Joan Nicole (quien le introdujo en el catolicismo), en 2003, Prince contrajo matrimonio con Joanna Ruth Houck y, posteriormente, con Stacy DeLuke, quien fuera portavoz oficial de Blackwater.
El Banco Central Europeo se está extralimitando en su mandato en materia de política energética. Su presidenta, Christine Lagarde, ha argumentado esta semana que los Gobiernos no deberían gastar demasiado para proteger a los hogares del aumento mensual del 80% en los precios del gas y, al mismo tiempo, considera que la inflación podría descontrolarse si esos mismos hogares perciben que los costes están subiendo demasiado. Es una contradicción y otro ejemplo más de cómo los guardianes independientes del control de la inflación se entrometen en asuntos que no les incumben.
Hay noticias cuya gravedad parece llevar incorporada una conclusión. La escalada militar en Oriente Próximo, la amenaza sobre infraestructuras energéticas y el riesgo de una alteración en el suministro de petróleo invitan a pensar casi sin transición que, si el hecho es grave, su impacto en los mercados debería ser también inmediato, intenso y duradero.