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La actriz alemana Collien Fernandes ha acusado a su exmarido Christian Ulmen, también actor, de haber gestionado durante años cuentas falsas en redes sociales a su nombre y de haber enviado a numerosos hombres vídeos e imágenes pornográficas falsificadas de ella, así como deepfakes que muestran el cuerpo simulado de Fernandes en poses explícitas. El abogado de Ulmen niega las acusaciones y reclama que prevalezca la presunción de inocencia de su cliente, que guarda silencio hasta el momento.
Hace un año, el 24 de marzo de 2024, la lince Urava murió atropellada en una carretera de Navalmoral de la Mata (Cáceres). Tenía tan solo dos años y era madre primeriza de tres cachorros diminutos, de 20 días, que no podían sobrevivir sin sus cuidados. Tras una intensa búsqueda, los agentes del Medio Natural los consiguieron encontrar: no eran más que unas pequeñas bolas de pelo acurrucadas en la hojarasca. Hoy, un año después, uno de los hermanos, el macho Wonders, será liberado en Murcia. Los otros dos le seguirán en breve: el otro macho en el Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres) y la hembra en el área de Ortiga (Extremadura).
“Partidos de fútbol que nunca existieron, frases sin sentido, las cabezas de presidentes de Estados con caras diferentes… ¿soy el único que cree que esto es distópico?”, preguntan en un chat para trabajadores de un grupo de medios de comunicación europeo donde trabajé durante poco más de dos años. “Llevo tiempo pensando lo mismo”, responde otro empleado. El medio en cuestión es una de esas plataformas que bombardean nuestros teléfonos con notificaciones y alertas de última hora donde, hasta mediados de 2025, todo funcionaba de una manera normal: un grupo de periodistas con sus agendas informativas editaban artículos sacados de teletipos. Pero el grupo empresarial dejó de tener interés en el medio, unos jóvenes alemanes se hicieron cargo y decidieron intentar que la Inteligencia Artificial generativa creara artículos por su cuenta a partir de agencias de noticias y resúmenes de periódicos.

“Amar a otro ser humano es, quizás, la tarea más difícil que nos ha sido encomendada. La última, la prueba suprema, ante la que todas las demás no son sino preparación”. La cita es de Rainer Maria Rilke y abre el segundo libro de Stephen Grosz (Indiana, EE UU, 73 años), Trabajos de amor (Debate). Psicoanalista en ejercicio en Inglaterra desde hace más de cuatro décadas, Grosz piensa que el amor no es un estado al que se llega, sino un trabajo que se hace. Y que casi siempre hacemos mal.


Cuando en octubre de 1979 la revolución triunfante nacionalizó las minas en Nicaragua, el decreto se anunció en Siuna, un poblado de la región del Caribe, delante de una asamblea de mineros misquitos, sumos, creoles y emigrados de la costa del Pacífico, que salieron de las galerías para congregarse en el viejo cine del pueblo. En Siuna, parte del llamado triángulo minero junto con Rosita y Bonanza, funcionaba uno de los planteles más grandes, en manos de la Rosario Mining Company.

Todo el mundo, sin darse cuenta del daño que hacía, aceptó ese lema de que los jóvenes de ahora iban a ser la primera generación que viviría peor que sus padres. La idea se fue imponiendo como una especie de lluvia fina que nadie se atrevía a cuestionar. Es habitual enfrentar a las generaciones para que se perciban unas a otras como enemigos, en lugar de buscar los verdaderos culpables de sus carencias. Lo grave es que muchos jóvenes se han hecho andorranos espirituales, individualistas y antitributarios, convencidos de que los jubilados y los mayores lastran sus ambiciones. No haberles defendido a tiempo de ese proceso de intoxicación ahora nos convierte en cómplices de su egoísmo. Las generaciones que padecieron las consecuencias de una guerra civil difícilmente podrán comparar sus carencias con las de hoy. Los que vivieron el desarrollismo también podrían recordar que raramente se concedían un restaurante, un viaje o un capricho. En el caso de las mujeres, conquistaron el acceso al mundo laboral o escolar con enormes sacrificios, si es que lo lograron del todo. Así que eso de la sensación de vivir mejor o vivir peor es una batalla interesada y estéril.
El escudo social que el Gobierno ha preparado para paliar las consecuencias económicas de la guerra en Oriente Próximo tiene en la energía su principal capítulo. Las medidas fiscales aprobadas, que ascienden a 5.000 millones en descuentos tributarios, siguen la estela de las aplicadas en otras crisis energéticas. Sus efectos son conocidos. Sólo hay que revisar el informe de la Airef que analiza los impactos del descuento de 20 céntimos por litro de gasolina cuando Putin invadió Ucrania para comprobar que son medidas regresivas que benefician más a quienes menos lo necesitan, que suelen revertir en mayores beneficios para las petroleras y, sobre todo, que van en la dirección equivocada. Se podrá aducir que es una primera reacción, un poner pie en pared para paliar las consecuencias de una crisis que aún no se sabe hasta dónde llegará, pero bien es cierto que el conocimiento adquirido podría llevar a medidas más quirúrgicas.
Al son del bígaro, esa caracola marina convertida en instrumento de viento por el folclore cántabro, Cabezón de la Sal recibió este sábado a Matilde de la Torre. Ochenta años y dos días después de su muerte en el exilio mexicano, sus huesos reposan al fin en casa, cumpliendo su deseo. Volver para descansar en su tierra a la que, como tantos compatriotas expulsados de su patria, no pudo regresar antes de morir.

Yo no creería en el amor irracional a primera vista si con 15 años no hubiese pasado noches enteras llorando a causa de un chico con el que nunca podría tener nada, lagrimones de esos que se deslizan hasta el interior del pabellón auditivo. Lo había visto en una película. Nada más. Interpretaba en ese filme a un estudiante tímido llamado Todd Anderson al que sus padres le habían enseñado que lo único importante en la vida es estudiar y cuyo sistema de prioridades se tambalea al conocer a un profesor algo prognato que le enseña que hay que aprovechar los días y extraerle todo el meollo a la vida.
En una sobremesa, la conversación desemboca enseguida en el tema del momento: ¿pero a este chico lo han matado? La pregunta supone una especie de aldabonazo al amor propio. No importa que los periodistas hayamos contado que las cámaras lo grabaron cayendo, que la autopsia descarte indicios de criminalidad o que prácticamente desde un inicio los Mossos considerasen como hipótesis más probable que fue un accidente. Al final, a la gente en general, a aquella mayoría que escucha las noticias de refilón en la tele, a quienes no siguen ningún medio de comunicación y la información les llega en vídeos de pocos segundos en las redes sociales, les ha quedado la misma música de fondo: a James Gracey lo mataron para robarle el móvil mientras pasaba una noche de fiesta en Barcelona.