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Yo también estoy enganchada a La vida secreta de las esposas mormonas. El reality de Hulu que ha destronado en visionados a las Kardashian, y que estrenó su cuarta temporada en Disney+ en España este jueves, es uno de mis refugios disociativos predilectos desde que se estrenó su primera temporada en 2024. Si soy yonqui de la vida de este grupo de madres influencers es porque combina dos de mis vicios favoritos: trata sobre la cultura mormona y se narra bajo los parámetros de la telerrealidad estadounidense —sí, también hay imperialismo en este formato: lo bordan—. Como esto no va de mis filias particulares, sino de un artefacto cultural en concreto, analicemos cómo esta serie documental sobre unas madres que supuestamente solo hacían coreografías desde casas tan aspiracionales como deprimentes se ha convertido en un fenómeno global imparable y por qué, por encima de todo, es la narración postelevisiva que mejor capta el horror gótico de nuestros tiempos.
La nueva guerra en torno a Irán no solo está reconfigurando el equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo. También ha dejado al descubierto verdades incómodas que, durante años, muchos gobiernos preferían no mirar de frente. Lo que está en juego no es únicamente la estabilidad regional: es la arquitectura de la seguridad global y la manera en que los Estados —ricos o pobres, grandes o pequeños— entienden su propia vulnerabilidad en un mundo donde las alianzas son menos fiables y la geografía sigue siendo destino.

He pasado los 80 y no siento que haya llegado la hora de despedirme de la escritura, como ha hecho mi contemporáneo, al que tanto admiro, Julian Barnes, porque cree que ya ha tocado todas sus melodías.
¿Sigue siendo creíble Ursula von der Leyen? El lunes causó un terremoto. Proclamó que el sistema internacional “basado en reglas” está amortizado. Y que como “ya no podemos confiar en él como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar formas creativas de abordar las crisis”.
La auténtica victoria no es militar sino política. Acertar en la definición de qué objetivos se persiguen y luego alcanzarlos es el auténtico éxito de quien se embarca en una guerra. Iniciarla sin definir la victoria, en cambio, es garantía de fracaso. Así le ha sucedido a Estados Unidos en las últimas guerras que ha librado en Irak y Afganistán, y así puede suceder de nuevo en la de Irán, si atendemos a las contradictorias declaraciones de Donald Trump.





Europa escucha hoy una frase que pretende ser realista: “La UE ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”. Lo dijo Ursula von der Leyen, arrogándose unas competencias que no son suyas y un liderazgo que está muy lejos de poder ejercer. Lo dijo como una constatación, como quien lee el parte meteorológico. Las metáforas de inevitabilidad, frecuentes en la retórica política, tienen su función precisa: disolver la propia responsabilidad en el clima de la Historia. El orden mundial está cambiando, de acuerdo, pero lo inquietante es la tranquilidad con la que aceptamos que ciertas líneas éticas y normativas, hasta ayer consideradas fundamentales, pasan a ser obstáculos prácticos. El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Mucho más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente. La diferencia entre Trump y Von der Leyen no es solo el contenido de sus posiciones, sino la estética moral con la que narran su necesidad: Trump exhibe la ruptura como voluntad; Von der Leyen la presenta como realidad.
No habían pasado ni tres horas desde que a finales de febrero PP, Vox y Junts votaron en contra de prolongar el escudo social cuando a los juzgados de toda España comenzaron a llegar correos de abogados pidiendo que se reactivasen los desahucios paralizados desde 2020. El Decreto vigente no había logrado los apoyos políticos suficientes y desde ese día, el término “vulnerable” ya no salva a nadie de terminar en la calle.

Javier Muñoz entró el miércoles en la sala de la Audiencia Provincial de Valladolid haciendo crujir el suelo de madera y se sentó en la silla ante el tribunal. A sus sesenta años, acudía como testigo para contar cómo fue la última despedida de su padre, Mariano, fallecido el 17 de marzo de 1997. Javier es solo uno más de la lista de 5.973 presuntos perjudicados por el “fraude de los ataúdes”. El 2 de marzo arrancó el juicio del llamado “caso funeraria”, en el que se sientan en el banquillo 23 trabajadores y responsables del Grupo El Salvador, una macroempresa de servicios fúnebres con siete tanatorios en la provincia de Valladolid y un cementerio en Santovenia, a siete kilómetros de esa ciudad.
“Más de un millón de personas han visto la charla Tedmed de Marc. Más de 7.000 millones, no”. La página de presentación de Marc Abrahams en la web de la comunidad que dirige, Improbable Research (“investigación improbable”), da pistas sobre quién es y cómo el sentido del humor gobierna su vida. Matemático aplicado por Harvard, Abrahams (Newburyport, EE UU, 70 años) fundó Wisdom Simulators, una empresa que usaba ordenadores para que la gente practicara tomando decisiones imposibles. Es decir, antes de los Ig Nobel, ya le obsesionaba la improbabilidad.