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Alejandro Ibáñez, el vecino de 81 años que desde hace dos años resiste en su apartamento municipal del barrio de La Latina, ganó el lunes una batalla judicial, pero el conflicto está lejos de terminar. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, ha anunciado este martes que el Ayuntamiento estudia recurrir el auto por el que la Sección de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal de Instancia de Madrid rechazó autorizar su desalojo temporal. El documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS, reprocha al Consistorio haber fundamentado su petición en “la mera alusión a una nota interna” y concluye que la suspensión temporal del derecho de residencia del vecino “carece de acreditación técnica suficiente”.

En los listados del Ayuntamiento de Madrid hay 842 personas viviendo en la calle que esperan turno para entrar en uno de los recursos municipales de alojamiento. Algunos de ellos llevan esperando desde 2022. En paralelo, en una reunión celebrada el 7 de julio por la subcontrata que gestiona la asistencia a personas sin hogar, se trasladó la orden a los trabajadores de no volver a usar el término “lista de espera” para referirse a las colas que estos ciudadanos tienen que hacer durante años para tener un techo. Así ha quedado escrito en el acta de la reunión: “A partir de ahora se indicará que la persona está pendiente de acceso o de asignación de plaza de acuerdo a sus necesidades”. La mayoría de ellos no conseguirá ninguna, dicen los trabajadores que las gestionan, porque no se tiene en cuenta quién lleva más tiempo esperando, sino quién es más vulnerable.
Los pronósticos meteorológicos internacionales apuntan a un episodio extremo del fenómeno de El Niño que, sumado a la crisis mundial de fertilizantes, amenaza las economías rurales, la estabilidad social y la producción agrícola de América Latina y el Caribe, una región clave para la seguridad alimentaria mundial.
El Ministerio de Trabajo lanzó en diciembre de 2025 una amenaza sin claroscuros a Uber Eats: si seguía repartiendo comida con trabajadores autónomos en enero, activaría la vía penal contra sus dirigentes, como ya hizo con Glovo. La compañía no cambió de modelo en enero, pero sí anunció que lo haría “lo antes posible”, promesa que sirvió a Trabajo para levantar esa amenaza. Este miércoles se cumplen seis meses desde que la compañía anunció que cambiaría su esquema laboral, pero según denuncian los sindicatos y reconoce la propia empresa siguen empleando autónomos, en contra de lo que establece la ley rider y la sentencia del Supremo de 2020.
Transcurrida una primera mitad de año plagada de sobresaltos geopolíticos, tensiones energéticas y temores inflacionistas, los gestores aceleran el ajuste de sus carteras para afrontar un verano que se prevé volátil. Pese a las exigentes valoraciones de muchos índices, las Bolsas han recuperado vuelo tras los episodios de mayor tensión y los parqués han seguido marcando máximos, lo que fuerza a los inversores a replantearse dónde están las oportunidades para la segunda mitad del año. Y en esa búsqueda hay una idea que toma fuerza: Europa vuelve a ganar protagonismo.
El cineasta Christopher Nolan (Londres, 55 años) ha completado su travesía artística: ha sido el Odiseo de su carrera fílmica y ha logrado por fin adaptar La odisea, que se estrena el próximo viernes en España, un proyecto para el que, en realidad, se ha preparado toda su vida. Y por eso en su biografía y en su cine hay numerosas huellas que desvelan este camino.



Pocas veces he visto llorar a un niño como a Edu. Éramos varios en el parque, cada uno con su Game Boy y todos con el mismo juego cargado: Pokémon, versión roja o azul. Lloraba tanto, tantísimo, porque acababa de perder un Blastoise en el máximo nivel, el 100. Nadie hizo ni un amago de reírse de su desgracia. Su dolor daba escalofríos. Imaginábamos que nos pasase lo mismo, perder a la estrella de nuestro cinturón Pokémon tras tantas horas de entrenamiento, y nos temblaban las piernas. Todos adorábamos a nuestros Jolteon, Lapras o Alakazam. Y que esa pasión no se limitase a la pequeña pantalla de nuestra consola, que tomara cuerpo en una serie de televisión, sí nos hacía muy felices.
“Sentimos la ausencia de muchas voces palestinas, escritores y escritoras, que han sido masacradas durante estos tres años”, comenzó el poeta palestino Mohamad Bitari antes de recitar dos textos, en árabe y castellano, sobre su madre —nuestras madres— y su abuela —nuestras abuelas—. Es decir: sobre la memoria. Bitari nació en el campo de refugiados de Yarnouk, en Siria, porque su familia huyó de Nazaret durante la Nakba, en 1948, cuando se fundó el Estado de Israel. Estudió Filología Hispánica en Damasco y se exilió a Barcelona tras la persecución del gobierno sirio por sus trabajos periodísticos críticos con el gobierno de Bachar el-Asad. Ahora escribe, traduce, tiene una editorial, Éter Edicions. Es una muestra de la cultura palestina, la que sucede en Palestina o allí donde moran los palestinos fuera de su tierra, por todo el mundo.

Con la estupenda Guerra y lluvia, el escritor bosniocroata Velibor Čolić (Modrića, Bosnia-Herzogovina, 1964) culmina la trilogía del refugiado que incluye sus anteriores Manual de exilio y El libro de las despedidas, sin olvido, por supuesto, de Los bosnios, su primer y turbador librito que publicó en Europa, abrigado por la crítica, y en el que mostró la sevicia de la guerra de Bosnia (1992-1995) a través de pequeños textos escritos como esquirlas y restos de metralla.

Nicolas Gabard (Nantes, 57 años) llega con cinco minutos de antelación a la entrevista, pero camina con paso ligero, como si llegara tarde. Lleva un traje de lana fina, color cámel, y una camisa de popelina de un vivaz azul cielo. Saluda, confesando que se había olvidado de la entrevista, y se disculpa por su apariencia. Va impecable.