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La policía investiga cómo la dirección particular de Rita Maestre, portavoz de Más Madrid en el Ayuntamiento de la capital, fue a parar a un chat público en el que se difunden contactos de prostitución. Este un ejemplo más de como las plataformas de comunicación por internet (en este caso, Telegram) están siendo usada para acosar a mujeres, especialmente mujeres en posiciones de poder, a las que se quiere intimidar para que abandonen estos espacios. Las autoridades están actuando —ahí está la detención de dos hombres por acosar y amenazar por redes a la líder de Podemos, Ione Belarra—, pero la realidad es que, por diseño, los algoritmos de las redes sociales dan más relevancia a los contenidos que fomentan la ira en los usuarios. Sobre esa base se construye un andamiaje de monetización del odio magnificado por las plataformas tecnológicas, con efectos venenosos para el Estado democrático de derecho.

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.
Figuras como Trump, Putin, Netanyahu o los líderes del régimen iraní magnetizan, inevitablemente, la atención mediática. Sus abyectas acciones políticas la exigen. No, por supuesto sus responsabilidades no son iguales, pero, sí, son todos matones. Y ante las agresiones de los matones, es esencial prestar atención a la acción de quienes intentan formar la resistencia que puede proteger a las víctimas. De esto último, de aquellos que militan con vigor y coraje en el lado correcto, se ocupará esta columna.
Querido amigo: Celebro que hayas salido del coma y aprovecho para ponerte al día. Ya sabes que nunca haré como el protagonista de Good Bye, Lenin!, que recreó el Berlín del muro y el comunismo para que su madre no se disgustara al despertar. Ganas me daban, pero esto es lo que hay.
En la fachada del Museo de Arte Antiguo, uno de los edificios icónicos en la Isla de los Museos de Berlín, hay una instalación de Maurizio Nannucci que dice: “Todo arte fue contemporáneo”. Una provocación que es verdad para casi cualquier artista, con la excepción de Anab Jain y Jon Ardern, fundadores de Superflux. Su proyecto opera estrictamente fuera de la contemporaneidad para producir recuerdos, reliquias, artefactos y espacios de un futuro que aún no ha sucedido, con la esperanza de que la experiencia nos haga cambiar de dirección. Una habilidad excepcional, y necesaria para corregir una inconveniente paradoja: el mundo que experimentamos es el resultado de las decisiones que tomamos hace décadas, y nos cuesta prevenir las consecuencias de nuestros actos que existen sólo en nuestra imaginación.
Los cánones de belleza y hasta los trucos cosméticos no son solo cosa de la era TikTok. Qué hace a alguien bello, y por qué una persona es considerada fea son cuestiones que han preocupado a lo largo de la historia del arte y que vivieron un momento crucial entre finales del siglo XV y el XVI, cuando artistas como Boticelli, Tintoretto, Da Vinci o Cranach el Viejo establecieron algunos estándares que perduran hasta nuestros días. El Palacio de Bellas Artes (Bozar) de Bruselas dedica su última exposición, Bellezza e Brutezza, el ideal, lo real y la caricatura en el Renacimiento, abierta hasta el 14 de junio, a explorar esta etapa clave en la historia y el arte.



Las aguas del embalse del Giribaile, en el centro de la provincia de Jaén, han vuelto a engullir al puente de Ariza, construido a mediados del siglo XVI y considerado la más importante obra de ingeniería civil del insigne arquitecto del Renacimiento Andrés de Vandelvira. Este pantano, uno de los más grandes de la cuenca del Guadalquivir y que esta semana ha alcanzado el 75% de su capacidad, se ha convertido hoy, a consecuencia de las intensas precipitaciones de los dos últimos meses, en una gran marisma a la que han vuelto las aves migratorias, pero de donde ha desaparecido el que ha sido su principal elemento iconográfico desde que, en 1998, entró en uso el embalse. Y todo entre la desidia de las instituciones, incapaces de ejecutar el proyecto fraguado hace muchos para trasladar el puente a otro lugar que lo ponga a salvo de las aguas.

“Nunca se acaba el peligro, no hace más que cambiar de forma. Tendremos que luchar de nuevo, y acaso después otra vez, antes de que se haya terminado”. Así se expresaba en las páginas finales de Odessa el coronel de los servicios secretos israelíes que habían logrado conjurar el peligro de los cohetes letales tipo V2 puestos a disposición de Nasser por la secreta organización nazi. La famosa novela de Frederick Forsyth (la más popular del autor después de su Chacal), publicada en 1972, transcurría en 1963, y ha hecho falta medio siglo para que la observación de aquel coronel israelí —“tendremos que luchar de nuevo”— se haga realidad. Como dice en la secuela, La venganza de Odessa (Plaza & Janés, 2026), el protagonista de la novela original, Peter Miller, el hombre que destapó la existencia de la maligna organización y que vuelve a aparecer, con 93 años, para ayudar a su nieto en una investigación similar a la que hizo él: “Era obvio que Odessa volvería. Lo cierto es que nunca se fue. No del todo”. O como reza la publicidad del libro: “Los nazis nunca fueron derrotados, solo esperan su momento”.
