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En las jornadas posteriores al ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán del pasado 28 de febrero, Donald Trump cambió al menos una docena de veces de argumentos para justificar una operación militar que evitó llamar por su nombre (“guerra”, palabra que aún se resiste a emplear). Sobre su duración también lanzó mensajes contradictorios: la cosa estaría resuelta en “un par de días”, primero, y en no más de “cuatro o cinco semanas”, después.

Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
“Temí por mi integridad al ser trasladado de madrugada hasta Casablanca por personas armadas no identificadas”, aseguraba en la noche del miércoles por teléfono Ali Lmrabet, periodista marroquí crítico con el sistema, tras ser liberado. Fue arrestado el domingo a su llegada al aeropuerto de Tánger desde Barcelona, donde reside desde hace más de dos décadas junto con su familia española. Habla con la calma de quien espera una próxima jubilación, al término de una larga y sobresaltada carrera profesional, sin perder en ningún instante su habitual buen humor rifeño. Desde la casa de un amigo en la capital económica del país magrebí se expresa en un fluido castellano con acento catalán y algunos ecos de pronunciación francesa, heredados de una educación universitaria en París.
La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.
La canción legendaria de la historia reciente de Portugal es un homenaje al tradicional cante alentejano. Hablamos de Grândola, Vila Morena, el conmovedor himno de Zeca Afonso, compuesto tras convivir con campesinos y grupos corales de la comunidad de Grândola, melodía que apuntaló la Revolución de los Claveles y el aura del 25 de abril. Patrimonio inmaterial de la humanidad desde hace 14 años, el cante alentejano vive una segunda juventud y su preservación, a juzgar por el interés con el que lo defienden viejas y nuevas generaciones, está en buenas manos. Además de las estrellas que lo reivindican, como Buba Espinho o Luís Trigacheiro, la tradición resiste en numerosos grupos corales de aficionados y, por supuesto, en los profesores que lo enseñan en las escuelas de Alentejo.
La Audiencia Provincial de Badajoz no ha rehuido el debate público y ha recogido en su sentencia dos de las conductas que han marcado la causa por la que David Sánchez, el hermano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha sido condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa. Los magistrados hablan abiertamente de “nepotismo” y “absentismo”, dos prácticas que tachan de “éticamente censurables” pero que aclaran que no siempre merecen reproche legal. De hecho, la segunda ni siquiera es delito, subrayan.
El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.

Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.

Nadie discute que Brunete es un pueblo. Estamos en el oeste de la región de Madrid, a 30 kilómetros de la Puerta del Sol, donde esa palabra, pueblo, molesta en otros municipios vecinos más grandes, pero la gente de Brunete la usa, unos con orgullo y otros con resignación. Aquí viven 11.287 personas. No hay centro comercial, ni cines, ni discotecas y el Mercadona cerró hace cinco años para reubicarse en el municipio colindante de Villanueva de la Cañada, más poblado y más rico. Fue un golpe para los brunetenses. El alcalde trató por todos los medios de parar aquella huida e incluso pidió una reunión en Valencia con Juan Roig, el presidente de esos supermercados, pero fue en vano.



Tienen algo más de 100 metros cuadrados cada una. Y, repartidos entre dos plantas, tres dormitorios, una cocina equipada y un pequeño patio. El valor comercial es de alrededor de 180.000 euros, pero la promotora inmobiliaria malagueña Arkipromo sortea dos casas con estas características a cambio de papeletas de 10 euros. Los inmuebles se encuentran ya construidos y listos para vivir en el casco urbano Cuevas del Becerro (Málaga, 1.617 habitantes), municipio a 20 minutos de Ronda y una hora de la capital malagueña, donde el precio de la vivienda se encuentra en su máximo histórico. La rifa, abierta desde este miércoles y hasta el próximo 1 de octubre, ha empezado con más de un millar de participaciones vendidas en sus primeras horas, según fuentes de la compañía. Habrá un total de 200.000 boletos, que solo podrán ser adquiridos por personas físicas mayores de edad residentes en España.