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No fue una revolución, una gran crisis como la de 2021, sino más bien un cambio quirúrgico. Sale María Jesús Montero, que tenía dos cargos, vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, y la sustituye en el primero uno que ya estaba, Carlos Cuerpo, y otro que era secretario de Estado, la segunda fila del Ejecutivo: Arcadi España, nuevo ministro de Hacienda. Ni fichajes, ni experimentos, ni relevos en los ministerios más quemados. Pero sí una clara renovación de la imagen —Cuerpo y España son caras bastante nuevas— y un mensaje de fondo: Sánchez no se ve como un político de salida, quiere seguir hasta 2027 y dar la batalla para mantenerse en La Moncloa y por eso propone nombres poco conocidos pero con futuro, y con perfil económico en plena guerra de Irán, frente a la otra gran opción para la vicepresidencia primera, Félix Bolaños, que habría lanzado un mensaje político muy diferente, más político y menos novedoso. Sánchez opta por Cuerpo y no por Bolaños para poner todo el foco en la economía y apostar por la calma del ministro de Economía para forzar al PP a hablar de este asunto en el que el Gobierno se mueve mucho más cómodo.


El gran contingente de barcos de guerra y aviones que Donald Trump ordenó enviar a Oriente Próximo en las semanas previas a la guerra contra Irán apuntaba a que el presidente de Estados Unidos tenía en mente una ofensiva aérea. Los refuerzos de miles de soldados que ahora se encuentran de camino o acaban de ser movilizados preludian una nueva fase: el despliegue de tropas en suelo iraní. Mientras que el mandatario republicano presiona a Teherán para que acepte un acuerdo de inmediato, la Casa Blanca promete, en caso contrario, “desatar un infierno”.

El intenso olor a explosivo se clava en la nariz mientras las botas de los militares remueven la tierra donde hace 24 horas funcionaba la clínica de la base militar del ejército iraquí de Hannabiya, reducida a escombros y cráteres este miércoles tras el impacto de dos misiles. El oficial Abdalá estaba a las nueve de la mañana con varios compañeros en la clínica cuando oyó un fuerte estruendo, seguido de otro. Lo siguiente que recuerda es estar atrapado debajo de un muro de hormigón que había vencido con el impacto. Los compañeros vinieron a socorrerlo cuando “el avión dio media vuelta en el aire, bajó altura y comenzó a disparar ráfagas de ametralladora”, rememora el soldado en una cama del hospital de Faluya donde han ido a parar parte de los 23 heridos. Este ataque, que provocó siete víctimas mortales, es el peor que sufren las tropas iraquíes desde que el pasado 28 de febrero Estados Unidos e Israel comenzaran la guerra contra Irán.

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. O tan solo sonreír. O ambas cosas. Altas capacidades lo consigue. Y con frecuencia me provoca un rictus en la boca, siento vergüenza ante la actitud de la mayoría de los personajes. A unos los desprecio por trepas y patéticos. Y es cruel la descripción de los dueños del tinglado. No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol. Solo me merecen respeto los niños y la amarga lucidez y el pragmatismo de una señora colombiana, cuyo marido, presunto traficante, fue asesinado en la puerta del colegio de su hijo. Lo que veo y escucho posee acidez necesaria y brillante mala hostia, un patetismo en las falsas relaciones de los personajes que puede desatarte el rubor. Incluso al extremo de plantearte con cierto miedo eso de “yo no quiero ser como ellos, tan artificiales y falsos”.
Dirección: Víctor García León.
Intérpretes: Marian Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Pilar Castro, Natalia Reyes, Bea Segura.
Género: comedia. España, 2026.
Duración: 101 minutos.
Estreno: 27 de marzo.
Cuando los Rolling Stones entraron en los estudios Pathé Marconi, en las afuera de París, para grabar su decimoctavo álbum en abril de 1985, las tensiones entre sus componentes habían llegado a su momento más sensible. Tanto que se podría decir que, en aquel momento, no existían virtualmente como banda.

La Semana Santa de Sevilla lleva años trascendiendo de lo meramente religioso, ritual y festivo -principales vertientes de esta fiesta en la capital andaluza- para convertirse en un evento masificado gracias, en buena medida, al efecto tractor del turismo. La afluencia de visitantes, que disparan las reservas de hoteles y alojamientos, satura los espacios públicos de la ciudad hasta el punto de hacer casi imposible disfrutar de los pasos. Una bulla, como se denomina aquí a la aglomeración de personas en la calle estos días, que contrasta con la comodidad con la que contemplan la sucesión de cofradías quienes tienen una silla o un palco en la carrera oficial -el recorrido obligatorio donde confluyen las hermandades para llegar a la Catedral y que no es de acceso público- o pueden asumir el coste de un balcón. En ambos casos se puede hablar de privilegio y lujo por lo difícil que es hacerse con un asiento y por el precio que hay que pagar por acceder a ellos -hasta 1.016,77 euros el abono de un palco y 9.000 un balcón-, una circunstancia que, cada año, enciende la polémica sobre la mercantilización de la Semana Santa y la barrera que separa a quienes tienen rentas más altas o contactos del ciudadano de a pie.


El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla.

Qué fácil era ser cosmopolita cuando no venían nómadas digitales a subir el alquiler. Una de las cosas que más valoro de vivir en una gran ciudad es poder compartirla con personas procedentes de otros países, con otras tradiciones culturales y otras formas de ver el mundo. Como Madrid, en Barcelona hay poca gente que sea de Barcelona de toda la vida, quien no tiene un abuelo en el resto de Cataluña lo tiene en algún otro rincón de la Península y en los últimos tiempos en otro país, otro continente. Deambular por las calles sin rumbo y escuchar distintas lenguas es uno de los placeres gratuitos que me da mi ciudad.
Europa salió de la Gran Recesión con políticas de austeridad, rescates públicos al sistema financiero y políticas monetarias heterodoxas: un mejunje intragable que acabó provocando la erosión del poder adquisitivo de las clases medias, y que explica buena parte del malestar y del reflujo reaccionario de los últimos tiempos, con la marea de la ultraderecha al alza. Desde ahí se han sucedido las crisis. Una tras otra: el Brexit, la pandemia, los efectos nocivos del trumpismo y los conflictos bélicos en el vecindario Norte (Ucrania) y Este (Gaza e Irán). Se suponía que los estabilizadores automáticos eran los héroes anónimos de la política económica moderna, y el seguro de desempleo es la gran estrella en ese apartado, pero eso vale para tiempos normales: estos son tiempos extraordinarios. La sucesión de líos de las dos últimas décadas ha obligado a los Gobiernos europeos a especializarse en la última moda, los paquetes de estímulo anticrisis. Hay ya mucha experiencia en ese ámbito. Y literatura académica en cantidades industriales. Irán y sus efectos geoeconómicos traen la última hornada de planes: España ha sido uno de los países ha actuado con más rapidez y mayor potencia de fuego. Media docena de economistas consultados apuntan las ventajas y un reguero de inconvenientes asociados a ese decreto que salió el jueves del Congreso en medio del ruido y la furia habituales de la política española