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Los reclusos de la prisión de Puerto Vallarta fueron los primeros en alertar al exterior. Por medio de mensajes de audio, lo advirtieron desde el sábado 21 de febrero: algo se estaba preparando dentro del penal, “se iban a presentar sucesos de violencia”, tenían miedo y temían perder la vida, pedían ayuda. Avisaron a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, que, asegura, notificó a su vez a las autoridades. Nada pasó. Un día después, la joya turística se despertó envuelta en humo. El Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) había tomado la ciudad en represalia por el operativo del Ejército contra su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. En la prisión se aprovechó el caos y se desató el motín. Un trabajador del penal cuenta que duró casi 12 horas. El saldo: 23 reos fugados y un vigilante, Rafael Hernández, asesinado. Tres semanas después, 17 de estos presos, muchos condenados por homicidio y por desaparición forzada, siguen libres.
Algunos iluminados proclamaban a finales del siglo XX que la economía iba a crecer de forma sostenida e indefinida, sin altibajos, gracias a los aumentos de la productividad derivados de la revolución tecnológica en marcha que había traído internet a nuestros hogares. Era el fin de los ciclos económicos, decían pensadores relevantes, en línea con el fin de la historia que sentenció Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín. El pronóstico de una economía a salvo de crisis se demostró ilusorio bien pronto. El año 2000 vivió un batacazo de los valores tecnológicos, la llamada crisis puntocom: el Nasdaq inició en marzo un desplome que se prolongó dos años y destruyó un 78% de su valor. En esos dos años ocurrieron los atentados del 11-S y se confirmó que EE UU había entrado en recesión entre marzo y noviembre de 2001. Empezó la “guerra contra el terror” de George Bush y nunca acabó, se formó el trío de las Azores para atacar Irak, el terrorismo islamista golpeó a Europa. Hay extraños paralelismos con el hoy, cuando coinciden el temor a la sobrevaloración de los valores tecnológicos y un incendio catastrófico en Oriente Próximo. Hasta vuelve a sonar el “no a la guerra”.
Atardeceres de luz dorada, piscinas rodeadas de palmeras frondosas, barrios enteros de chalets cuidados y cortinas en las ventanas detrás de las que se ocultan los destellos de alegría doméstica pero también las miserias familiares más secretas… El mundo entero no es más que un lienzo gigante pintado por un artista en un estudio hollywoodense. Existe porque alguien lo convirtió en un escenario de película primero.
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Las elecciones de este domingo en Castilla y León tendrán una lectura interna en el espacio de la ultraderecha: servirán de plebiscito sobre el liderazgo de Santiago Abascal. Y no solo porque, como en Extremadura y Aragón, el presidente de Vox haya sido el protagonista indiscutible de su campaña electoral, relegando a un segundo plano al candidato, sino también porque la campaña ha estado marcada por la purga de algunas de las figuras más conocidas del partido, como el todavía portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith, o su exlíder en Murcia, José Ángel Antelo.
Con apagones constantes, al borde del colapso y con un régimen abrazado a la retórica de la resistencia. Así es como Cuba ha recibido la confirmación de que las autoridades del régimen están negociando con Estados Unidos. El país, drenado por la pobreza de años y la visible escasez de combustible que ha ido paralizando la vida día tras día, apenas acaba de recuperarse del corte masivo de electricidad de la semana pasada, cuando seis millones de las 8,9 personas que viven en la isla quedaron incomunicadas, y por momentos sin gas, radio ni televisión. Una Cuba de calles vacías de coches y de hogueras de quemar la basura acumulada esperaba un cambio. Este viernes el presidente, Miguel Díaz-Canel, tuvo que admitir lo que los cubanos ya sabían, que la “madeja de adversidad” que atraviesan es insostenible.
Lisandra Ferro, una habanera de 43 años, despertó este viernes en medio del enésimo apagón con su corazón latiendo de forma intensa. Se sentía ansiosa desde la noche anterior, cuando supo que a la mañana siguiente el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez daría una conferencia de prensa a las 7.30 de la mañana, tras varias semanas de una escasez de combustible que ha puesto en jaque a la isla y a quienes viven en ella. Quería escuchar algo que la sacara del estupor en el que llevaba todo este tiempo, con dos hijos pequeños, sometida a apagones de más de 15 horas diarias y obligada a cambiar de trabajo dos veces en un mes. Para colmo, apenas abrió los ojos, la mujer vio una notificación en su móvil que la puso más nerviosa. “Dicen que el domingo comienza la Hora cero [el fin total del combustible]. Acapara agua y alimentos imperecederos. Cuídense”, le lanzó por WhatsApp, a modo de vaticinio, una amiga desde Madrid. Así que Lisandra saltó de la cama, despertó a los niños, los alistó —pan con mayonesa y agua con azúcar de desayuno— y les dijo: “Hoy llegarán un poco más tarde a la escuela”. Y juntos se sentaron, puntuales, frente a una radio para escuchar qué tenía que decir el presidente a los cubanos, en medio de la debacle de los últimos 43 días.

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).

La polémica se mueve en los salones exclusivos de Madrid. Estos días, en los móviles de algunas de las personalidades latinas más ricas e influyentes de Madrid, los mensajes van y vienen. Cunden la sorpresa y la indignación. El motivo no es otro que unas polémicas palabras pronunciadas por Iñigo Onieva, marido de Tamara Falcó. Recogidas por el periódico El Mundo con motivo de la apertura del club privado Vega, viene a decir que su espacio, supuesto refugio del aristócrata español de toda la vida, “no queremos que se convierta en el club de los latinoamericanos”. Es decir, Onieva prefiere que no haya tantos latinos en su club.

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.