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Como cada vez es más difícil separar lo real de lo virtual, quise creer que había una IA desequilibrada tras la última polémica del Xokas. Influencer, para quien tenga la suerte de no conocerle, cuyos hitos mediáticos han sido congelar basura para no tener que bajarla a diario y considerar “un crack” a un amigo que se mantenía sobrio para aprovecharse de “pibas colocadas”. Pero no era IA, ha pasado. Les ilustro. Después de que la actriz Ester Expósito dijese en el podcast de La Pija y la Quinqui que no quiere dialogar con nazis, el streamer, no sabemos si dándose por aludido, respondió que no merece la pena estar con alguien como ella por su “pensamiento político”. Que “es mejor estar con un seis”. Como si hubiese una posibilidad de que sucediese, cuando solo juntar sus nombres en la misma frase provoca que se ericen los vellos. Ya no digo nada de que les ponga número a las mujeres, pero me intriga qué cifra se pondría a sí mismo.
El verano de 2010 mi madre mutó en forofa de La Roja. Digo mutó porque el fútbol, ese tostonazo que le trastocaba los horarios de la tele todos los santos miércoles y domingos, la aburría soberanamente, pero las razones de una madre son sagradas y la mía, ese año, tenía una poderosísima para comerse sus palabras. Mi hermano Raúl, su pequeño del alma, un aparejador condenado al paro sine die por la burbuja inmobiliaria, lo había empezado abriendo un bar de copas para intentar salir del hoyo, y el fútbol se había convertido en el mejor reclamo para llenarlo hasta la bola de fieles que acudían a ese templo a adorar una pantalla gigante. Mi madre, que del balón no sabría ni papa, pero de tonta no tenía una cana, entendió de inmediato las reglas del juego. Un gol propio significaba otra ronda para mojar la euforia. Uno ajeno, otra para templar la rabia. Una derrota, otra para ahogar las penas. Y una victoria, directamente, triplicar la caja. Por todo eso, para el verano del Mundial de Sudáfrica, mamá era ya más futbolera que Shakira. Iba con España, claro, pero hubiera ido con el mismísimo diablo para que su niño facturara el máximo. Como que vio la final vestida con una camiseta de La Roja, cantó el gol de Iniesta que ríete tú de Juan Carlos Rivero y no bajó a bañarse y bailar el Waka, waka a la fuente del barrio porque una cosa es sacrificarse por los hijos y otra hacer el ridículo delante las vecinas.
Qué tendrá la felicidad ajena que es tan indigesta. No hablo de envidia, o no solo. Me refiero a esa efervescente reacción química que se da en nuestros adentros cuando alguien se exhibe ya no feliz, sino razonablemente satisfecho con sus elecciones vitales. Le pasó hace poco al jugador de la Real Sociedad Mikel Oyarzabal, que —por enésima vez, me chivan por pinganillo— tuvo que aclarar que no se plantea irse a jugar a otro sitio, porque es feliz viviendo a diez minutos de su familia y de sus amigos. “Como yo creo que la vida tiene que ser es que los momentos de disfrute los compartas con las personas que quieres”, dijo. Y esto, que incluso en dialecto futbolístico no merecía pasar de una palabra de ocho letras (obviedad), por lo visto es una cosa bastante intolerable.
Una de las más importantes científicas del clima, la brasileña Luciana Gatti, sorprendió al anunciar su candidatura a diputada federal en las elecciones de octubre de este año. La lógica de Gatti, que lleva tres décadas investigando la Amazonia y el impacto de los gases que provocan el calentamiento global, generados en gran medida por la explotación ganadera en la selva, es cristalina. “La situación [climática] va hacia el caos. Tenemos que hacer algo distinto, salirnos de lo habitual. Lo que el Congreso está haciendo [al destruir las leyes que protegen la naturaleza y dificultan la demarcación de las tierras indígenas] acelerará el fin de nuestras vidas”, explicó en una entrevista a la plataforma amazónica Sumaúma. “No podemos quedarnos contemplando este Congreso del absurdo, de la ignorancia, y limitarnos a seguir en nuestro rinconcito haciendo ciencia. La tarea de todos es cambiar el Congreso”.

No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.



Cuatro alcaldías de municipios de la ribera del Guadalquivir (los sevillanos Coria del Río y Los Palacios así como los gaditanos Sanlúcar de Barrameda y Chipiona) y representantes de una decena de entidades han reclamado la paralización de todos los vertidos mineros al estuario del mayor río andaluz así como la prohibición de nuevos desembalses de aguas procedentes de la extracción de minerales hasta conocer exactamente las consecuencias de estos en el ecosistema del que dependen los mencionados pueblos y Doñana. Se amparan en la actualización de un estudio de hace un año sobre la presencia de metales pesados en peces y que, según Jesús Castillo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla, ha aumentado a “niveles récord” en los últimos meses.
De la Odisea nos separa el abismo de los siglos y nos une la humanidad común. Adaptar el poema de Homero en el siglo XXI, como ha hecho Christopher Nolan en una superproducción que se estrena este viernes, supone un viaje a Ítaca muy complejo. El desafío no tiene que ver con la exactitud histórica para reconstruir un periodo, una obra y un autor que plantean más preguntas que respuestas, ni con que la actriz negra Lupita Nyong’o encarne a Helena de Troya —algo que ha irritado a Elon Musk y a otros ultraderechistas, que ignoran profundamente todo lo que aquel poema significa—. El gran problema a la hora de adaptar la Odisea consiste en hacer tolerable el abismo cultural que nos separa de lo que el gran helenista Moses Finley llama en El mundo de Odiseo (Fondo de Cultura Económica) “la edad de los héroes” de la cultura griega, cuando fue compuesto ese poema. Los héroes homéricos forman parte indudable de nuestro substrato cultural; pero provienen de un mundo de esclavos y espadas, de sangre y brutalidad.
Es una realidad escondida. Entre el 10 y el 25% de los embarazos terminan en un aborto natural, pero casi nadie lo cuenta. Hace unos meses me ocurrió a mí. Aunque con el tiempo lo normalizas y entiendes que es algo muy frecuente, existen un dolor físico que hay que pasar, y un luto y una tristeza que muchas llevamos en silencio durante un tiempo. Por supuesto, pertenece a la intimidad de cada una, pero a mí me habría ayudado saber que era más habitual de lo que creía, que muchísimas mujeres (algunas muy muy cerca de mí) también habían pasado por eso. Te sientes más acompañada. Así que esta terraza de hoy va por vosotras. No estáis solas. Y tener un hijo después de eso no solo es perfectamente factible, si no que es lo más probable. Solo hay que volver a intentarlo, lo dice la ciencia.