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En la vida de Miguel Campins (Alcoy, 18 de marzo de 1880-Sevilla, 16 de agosto de 1936) se entrevera una buena parte de la historia de España que sucede en las primeras décadas del siglo XX. “En esa época Campins está en todas partes”, dice Lorenzo Silva (Madrid, 59 años), “son los años en los que se gesta la Guerra Civil con los mimbres de la Guerra de África”. De eso trata su nuevo libro, Con nadie. Vida y destino del general Campins (Destino), donde novela la peripecia vital del militar.

A Ruth Asawa, la Segunda Guerra Mundial la pilló con 15 años. Vivía con sus padres, inmigrantes japoneses, en una granja en Norwalk (California, Estados Unidos), el pueblo donde había nacido. El imperio nipón acababa de atacar Pearl Harbor, la base naval más importante de EE UU en el pacífico, y con la entrada del país en la guerra, el Gobierno de Roosevelt aprobaba el internamiento forzoso de más de 100.000 estadounidenses de origen japonés en campos de concentración. Su padre quemó todo aquello que pudiera identificarlos como extranjeros, pero no los salvó. A él lo detuvieron el mismo mes; Asawa, sus hermanos y su madre fueron encarcelados poco después, primero en un antiguo hipódromo, donde durmieron en establos, y después en un “Centro de Reubicación de Guerra”, rodeado de vallas con púas de alambre.
En 1955, un joven de 17 años publicó un libro que incomodó a todo un país, Wij Zijn 17 (Tenemos 17). Su autor, el holandés Johan van der Keuken, a punto de terminar sus estudios en el Liceo Montessori de Ámsterdam, retrataba a su entorno más cercano a sus amigos, de entre 14 y 17 años. No había risas, ni juegos, ni promesas de un futuro luminoso, fumaban sin parar. Aquellos adolescentes no eran réplicas de generaciones anteriores. Reflejaban una actitud que contravenía el relato dominante que se esperaba de la juventud de una nación. Lo que escandalizó no fue solo la mirada del autor, sino el hecho de que por una vez, no estaban siendo representados desde fuera.
8 de febrero de 2020. En el pabellón de Torun, la ciudad polaca en la que nació Copérnico, suena a todo volumen Levels, la mezcla del DJ sueco Avicii. Mondo Duplantis, casi un niño de 20 años, se dispone a asombrar al mundo con lo que podría definirse como un giro copernicano en el salto con pértiga. Una persona muy rápida, de físico muy normalito, con nada de los colosos estilo Serguéi Bubka, mandíbula de acero, arquitectura de acorazado, que han dominado la especialidad, y sonriente, deja el récord del mundo en 6,17 metros. Un mes después, cuando el pertiguista sueco, tan rápido, ya ha batido el récord mundial por segunda vez, el mismo mundo se encierra en casa. El coronavirus paraliza la vida. Este fin de semana, el sábado a partir de las 18.25, Mondo Duplantis vuelve a saltar en Torun para buscar, en esta ocasión, no solo un nuevo récord, sino también su séptimo título mundial, el cuarto en pista cubierta. En los seis años que han pasado desde su primera visita ha elevado el récord mundial hasta 6,31m. Antes de viajar recuerda su experiencia de 2020 por videoconferencia a media docena de periodistas del mismo mundo asombrado siempre.
Cuando comenzó esta temporada, en la cabeza del joven Endrick Felipe Moreira de Sousa (19 años) había dos ideas claras. La primera pasaba por disfrutar de muchos minutos en su segundo curso en el Madrid, que había pagado al Palmeiras unos 48 millones de euros por su fichaje y al que se había unido en julio de 2024 tras cumplir la mayoría de edad. La segunda sería consecuencia de la anterior: ser importante en el equipo blanco le daría el billete para ir con Brasil al Mundial 2026. El delantero zurdo, sin embargo, vio cómo su participación en el Real de Xabi Alonso era tan insignificante que solo había sumado 99 minutos antes de tomar en diciembre la determinación de marcharse cedido al Olympique de Lyon. Endrick habló con su extrentrenador en el Madrid y actual seleccionador de la Canarinha, Carlo Ancelotti, y no dudó. “Me dijo: ‘Vete, desarrolla tu fútbol, quiero que estés contento’. Sus consejos me llegaron al corazón. Ha sido un gran entrenador en el Real Madrid, he seguido todos sus consejos porque me ayudó a desarrollar mi fútbol”, contó en enero en su presentación con el OL.
En una ciudad tan dual como Sevilla, lo que que ocurre en una orilla futbolística se siente con fuerza en la otra. Las siete Copas de la Liga Europa ganadas por el Sevilla son una losa importante en el desempeño europeo del Betis, un equipo que acumula excelentes temporadas de la mano de Manuel Pellegrini, pero al que le falta coronarse en el fútbol continental. Estuvo a punto de hacerlo el pasado curso en la Conference League, donde llegó a la final para caer ante el Chelsea (4-1), pero ahora necesita dar un paso crucial para remontar frente al Panathinaikos (1-0 en la ida) y colarse en los cuartos de final de la Liga Europa (21.00, Movistar LC).
Con un 2-8 en la eliminatoria contra el PSG y a cinco minutos del final, Liam Rosenior, entrenador del Chelsea, reclamó la presencia de su jugador Alejandro Garnacho en la banda y le entregó una nota de papel, se entiende que con algún tipo de instrucción táctica para el tiempo restante. Por la cara que puso el argentino mientras leía la misiva bien podría ser cualquier otra cosa: desde un ejercicio para practicar la conjugación de los verbos en latín hasta un problema matemático, una teoría poco probable, pero verosímil en alguien que desprende más aura de catedrático que de entrenador. “100% analítico, 0% pasional”, debería decir en su próxima carta de presentación que, de seguir con esta línea de juego y resultados, deberá comenzar a redactar más pronto que tarde.

Dos días antes de celebrarse la Copa del Rey de hockey patines, en Sant Sadurní d’Anoia rezuma la calma, solo trastocada por las animadas conversaciones en los bares, ahora que ya hay colgado algún cartel por el pueblo que anuncia el evento. Saben los lugareños que desde este jueves hasta el domingo las calles serán una fiesta, todas las aficiones hermanadas hasta que la bola empiece a rodar. Un festejo que, sin embargo, en la casa de los Aragonés no se celebra todavía, ya que Jordi y Rosa no quieren que haya un perdedor, al menos en el primer envite del torneo, donde se enfrenta el Noia con el Barcelona. Resulta que sus hijos Xavi y Sergi juegan a cada lado de la pista, uno de rojo y el otro de azulgrana. “El Barça es mucho Barça, pero el año pasado ya les ganamos y sabemos que podemos volver a hacerlo”, reflexiona Xavi, con una sonrisa picarona; “pero tampoco me cebé mucho porque él me ha ganado muchas veces y no hizo sangre”. Replica Sergi: “Esta vez no vas a ganar. Llevamos ya un tiempo concentrados y pensando en este encuentro porque no queremos que se repita la historia”. Ambos están sentados alrededor de la mesa familiar y ya han acordado que esta conversación con EL PAÍS será la última sobre el tema hasta que no acabe el duelo, que ahora es momento de distanciarse para pensar hacia dentro.

La falta de personal es uno de los mayores quebraderos de cabeza de la hostelería en España. Es un fenómeno que comenzó con la pandemia y que ha seguido imparable. Según datos de Comisiones Obreras, a principios de 2023 habrían abandonado el sector unas 70.000 personas. Los hosteleros siguen teniendo dificultades para encontrar camareros —uno de los perfiles más demandados— y personal de cocina. Los cocineros, al frente de negocios con reconocimiento, admiten que la situación es dramática y ofrecen su visión sobre el problema.
A mitad de la segunda temporada de Jury Duty, a su protagonista, alucinado por los inesperados giros de los acontecimientos, solo se le ocurre decir que “la situación es tan sincera que nadie podría haberla escrito en una serie de televisión”. Es verdad que su diálogo no estaba guionizado, pero lo que Anthony Norman no sabía es que todo lo que le rodeaba sí estaba cuidadosamente planeado. Todos a su alrededor eran actores, e incluso sus decisiones personales estaban previstas. Él pensaba que era un empleado temporal de una empresa de salsa picante, pero estaba viviendo una ficción.