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El magistrado David Maman Benchimol escuchó este martes dos relatos opuestos sobre lo ocurrido el 23 de abril de 2025 en el domicilio oficial del comisario José Ángel González, director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional hasta su dimisión el pasado 17 de febrero. Según fuentes jurídicas presentes en sus interrogatorios, la agente que ha denunciado al exmando del Cuerpo ratificó ante el juez que él la violó ese día tras presionarla para mantener relaciones sexuales, pese a sus negativas expresas; y que fue después cuando entendió la dimensión: “Cuando asimilé lo que pasó, vi el patrón de depredador”. Por su parte, González negó la acusación y la atacó por tenderle una “trampa”.
Cuando el escándalo de los cribados estalló en octubre de 2025 y se descubrió que la sanidad pública andaluza había dejado desatendidas a 2.317 mujeres que necesitaban una prueba para aclarar si sufrían cáncer de mama, solo un restringido grupo de personas sabía que todo pudo haberse evitado gracias a un documento. Se trataba de un plan, desvelado por EL PAÍS el pasado viernes y propuesto en 2023 por los radiólogos del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla —de referencia para más del 90% de las afectadas—, que alertaba de los retrasos que acumulaban las pruebas diagnósticas y proponía medidas concretas para reducirlos. “Todo fue rechazado. La respuesta fue que no había recursos ni se podían hacer contratos”, lamentan ahora fuentes del centro.
Vox se convierte en el único partido que crece en las tres elecciones celebradas desde diciembre y rompe su techo. Vox modera su ascenso y queda por debajo del 20%. Las dos frases son ciertas y las dos demuestran que el resultado del domingo en Castilla y León permite al partido de Santiago Abascal ver el vaso medio lleno o medio vacío. ¿Fue el 15-M una noche de éxito o de fracaso para Vox? ¿Qué factores determinan actualmente su rendimiento? EL PAÍS busca respuestas con cinco especialistas en ciencia política, sociología, demoscopia y extrema derecha.
Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.
“Nunca me iría con chicas jóvenes. Cuando lo veo en otros amigos míos, me parece un poco ridículo. A mí me encantan las mujeres de mi edad”, dijo Ernesto Sevilla, de 47 años, en el podcast Moderneces. Raquel Córcoles, conocida como Moderna de Pueblo y conductora del programa, tildó de “increíbles” sus declaraciones. “Me parece motivo de orgullo que hombres de referencia digan que les parece ridículo salir con chicas mucho más jóvenes, porque deslegitima un poco algo que sigue siendo habitual (y más en hombres famosos)”, reflexionó después Córcoles.
El reconocimiento por parte del rey Felipe VI de que la Conquista de América estuvo marcada por “abusos y controversias”, y la respuesta positiva de la presidenta mexicana a esas palabras, marcan un punto de inflexión en una relación que en los últimos años ha estado tensionada por la gestión de ese pasado. No es un cierre, pero sí un cambio de tono que abre una vía más constructiva para abordar una historia compartida que sigue pesando en el presente.

Antes de que rodase Sirat y de que su pelo largo y sus posados en las alfombras rojas se hiciesen memes, comí torreznos con Oliver Laxe en una tasca del Collado de Soria. Digo bien: comí yo los torreznos, pues Laxe es (o lo era entonces) vegetariano. Participábamos en un coloquio sobre su película anterior, O que arde, y mientras se proyectaba, los anfitriones nos llevaron a picar algo. Me pareció que el cineasta miraba mi plato con cierta envidia, casi rendido a la seducción del frito.
Mientras libra su guerra contra Irán, haciendo estallar a personas, edificios y los precios del petróleo, Donald Trump sigue avanzando casillas en el tablero de Latinoamérica. No solo Venezuela —invadida y, según él, dominada—, Cuba o Colombia, sino también Brasil, pero con otro tipo de arma. Según el portal de noticias UOL, con amplia repercusión en la prensa brasileña, Estados Unidos ya habría decidido clasificar a los dos mayores grupos de crimen organizado del país como organizaciones terroristas. El Primer Comando de la Capital (PCC), surgido en el sistema penitenciario de São Paulo, y el Comando Vermelho, originado en una cárcel de Río de Janeiro, entrarían así en la lógica de la “guerra contra el terror”. En este momento resulta más difícil hacer en Brasil lo que hizo en Venezuela. Pero si puede afirmar que el país no consigue controlar el terrorismo en su territorio, Estados Unidos podría justificar una mayor injerencia en las políticas públicas brasileñas e incluso una intervención.
El 26 de mayo del año 661, noche 19 del mes del ayuno sagrado o Ramadán según el calendario islámico, Abdul Rahman Bin Mulyam, un rebelde jariyí, trocó para siempre la historia del islam. Iniciado el rezo del Fayr, la primera de las cinco oraciones diarias, sacó de su cintura una daga y la clavó sobre la espalda de Ali Bin Talib, cuarto y último califa de todos los musulmanes, primo del profeta Mahoma y esposo de su hija más querida, Fatimah Bint al Zahra. La sangre tiñó de carmesí las vívidas alfombras de lana de la gran mezquita de Kufa, en el sur de lo que hoy es Irak, y la religión fundada por Mahoma se dividió en dos brazos irreconciliables: los suníes, mayoritarios en la actualidad, y los chiíes ―o seguidores de Ali― asentados principalmente en la antigua Persia y que consideran su estirpe la legítima heredera del enviado de Dios.