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Una escena poco habitual se vio este 11 de marzo en Chile, el día que el ultraconservador José Antonio Kast asumió la presidencia. Un camión de mudanza llegó al mediodía a La Moneda con camas, sillones y muebles del nuevo mandatario y su esposa, la abogada Pía Adriasola. Y es que por primera vez desde mediados del siglo pasado, un jefe de Estado decidió trasladarse a vivir al palacio presidencial durante su mandato. “Desde esta noche, junto a la Pía, nuestra primera dama, el palacio de La Moneda será nuestro hogar”, afirmó Kast en su primer discurso presidencial a la ciudadanía desde el balcón del Salón Toesca. Lo que busca, según ha dicho, es dar una señal de austeridad en tiempos de déficit fiscal. También de un trabajo intenso para implementar su Gobierno de emergencia, centrado en la seguridad, migración irregular y economía.
Rousseau eligió el lago Lemán, en Suiza, para contar en uno de sus libros que su sociedad ideal era Esparta: pequeña, severa, autosuficiente, patriótica e insolentemente no cosmopolita y no comercial. Mary Shelley se encerró en una villa junto a ese lago para idear en una noche mítica Frankenstein, sobre las consecuencias de la falta de límites en la ciencia. Nabokov pasaba largas temporadas en un hotelito en esta zona, discreto y elegante, y aquí escribió Ada o el ardor, deslumbrante novela sobre la pasión. A orillas del Lemán está también la sede de la Organización Mundial de Comercio (OMC), una de las instituciones multilaterales más castigadas por una sacudida del orden global que es una mezcla de Rousseau, Shelley y Nabokov: un mundo en el que crece el populismo ultra y prima la ley de la selva, en el que tecnologías como la inteligencia artificial son tanto una oportunidad como una amenaza, y en el que las pasiones neoimperialistas de Estados Unidos son capaces de empezar una guerra que envuelve en una espesa niebla de incertidumbre los escenarios de futuro. La nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala (Ogwashi-Ukwu, 71 años), directora general de la OMC, recibe en Ginebra a EL PAÍS y otros diarios europeos agrupados en la alianza LENA, y hace un repaso por esta era que ella prefiere denominar “de la disrupción” más que del desorden. En casi una hora de conversación, Okonjo-Iweala se las ingenia para no pronunciar la palabra “Trump” en una habitación bañada por una luz afónica, con las montañas suizas aún nevadas y el famoso lago tras los ventanales.
Vuelve el peligro alemán. ¿El de los años treinta? Quizá uno parecido al de la Gran Recesión, el designio que denostó el añorado Ulrich Beck en “Una Europa alemana” (Paidós, Barcelona, 2012). ¿Se acuerdan? Se refería a cuando “las crisis invitan a la acumulación de poder”: en aquel momento económico-financiero, aunque “en ciertas circunstancias pueden provocar su caída”.
Al anochecer de un miércoles reciente, mientras una fría lluvia caía afuera, los pasillos de un centro recreativo parroquial en Queens comenzaron a llenarse lentamente. Uno a uno, estudiantes de todas las edades fueron llegando. Caminaban de un lado a otro por el pasillo de baldosas verdes, estrechando la mano de cada persona ya sentada, mientras desde las aulas vecinas se filtraban los sonidos de violines afinándose y el rasgueo rítmico de guitarras. Una niña corrió hacia su ensayo, con un estuche de violín tan grande como ella misma. Los padres que bordeaban el pasillo –muchos de los cuales son estudiantes también– se acomodaron para esperar sus propias clases.
El humor bien entendido empieza por uno mismo: quien no es capaz de reírse de sí mismo no tiene derecho a reírse de nada. Por eso hay pocas cosas tan saludables como la autoironía, una bendición cada vez más difícil de encontrar en un mundo donde, gracias a las redes sociales, tantos parecen consagrados a practicar a tiempo completo el arte del “mecachis-qué-guapo-soy”; y lo asombroso no es solo que a sus practicantes no les avergüence esa exhibición asidua de supuestas bondades propias, ese alarde impúdico de los propios logros o los éxitos supuestos o reales: lo asombroso es que no hunda en el descrédito a quien lo practica. Porque, además de impúdica, esa perpetua alabanza de uno mismo es envilecedora, degradante. La virtud es como los fantasmas: en cuanto sale a la luz, se disuelve; la virtud es secreta o no es: si yo les cuento que esta mañana le he dado 300 euros a un mendigo, ese acto de generosidad deja de ser al instante un acto de generosidad y se convierte en una cuña publicitaria: “Admiren ustedes mi bondad”. A menudo es difícil sustraerse a la impresión de que esa es la pesadilla que estamos construyendo con las redes sociales: un mundo infestado de hombres-anuncio, de mercachifles de sí mismos, de narcisistas insaciables. También en este sentido Trump es un emblema de nuestro tiempo: el ególatra entregado al autobombo y alérgico al humor y la ironía (no digamos a la autoironía, que es lo opuesto al autobombo), la personificación de l’esprit du sérieux que La Rochefoucauld definió con estas palabras insuperables: “La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”.
Es martes por la mañana en el madrileño polígono de Suanzes donde se encuentra la redacción de EL PAÍS. Danny Ocean está en el aparcamiento junto a una furgoneta negra. A su alrededor, un séquito de hombres que le seguirá allá donde vaya. El cantante estuvo la noche anterior cenando jamón con su novia, la modelo dominicana Mar Bonnelly, y hoy tiene el gesto, el habla y el andar laxo. Dice que el peor día de jet lag es siempre el tercero. Tiene poca energía para responder preguntas, elegir ropa, hacerse fotos. Es un artista internacional. Ocean se quita las gafas de sol y aparecen unos ojos oscuros, de un marrón prácticamente negro, como si el iris y la pupila estuviesen fusionados, como si fueran los ojos de un extraterrestre. “Primero, la entrevista; luego, las fotos”, dice con firmeza.

Los reclusos de la prisión de Puerto Vallarta fueron los primeros en alertar al exterior. Por medio de mensajes de audio, lo advirtieron desde el sábado 21 de febrero: algo se estaba preparando dentro del penal, “se iban a presentar sucesos de violencia”, tenían miedo y temían perder la vida, pedían ayuda. Avisaron a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, que, asegura, notificó a su vez a las autoridades. Nada pasó. Un día después, la joya turística se despertó envuelta en humo. El Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) había tomado la ciudad en represalia por el operativo del Ejército contra su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. En la prisión se aprovechó el caos y se desató el motín. Un trabajador del penal cuenta que duró casi 12 horas. El saldo: 23 reos fugados y un vigilante, Rafael Hernández, asesinado. Tres semanas después, 17 de estos presos, muchos condenados por homicidio y por desaparición forzada, siguen libres.
Algunos iluminados proclamaban a finales del siglo XX que la economía iba a crecer de forma sostenida e indefinida, sin altibajos, gracias a los aumentos de la productividad derivados de la revolución tecnológica en marcha que había traído internet a nuestros hogares. Era el fin de los ciclos económicos, decían pensadores relevantes, en línea con el fin de la historia que sentenció Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín. El pronóstico de una economía a salvo de crisis se demostró ilusorio bien pronto. El año 2000 vivió un batacazo de los valores tecnológicos, la llamada crisis puntocom: el Nasdaq inició en marzo un desplome que se prolongó dos años y destruyó un 78% de su valor. En esos dos años ocurrieron los atentados del 11-S y se confirmó que EE UU había entrado en recesión entre marzo y noviembre de 2001. Empezó la “guerra contra el terror” de George Bush y nunca acabó, se formó el trío de las Azores para atacar Irak, el terrorismo islamista golpeó a Europa. Hay extraños paralelismos con el hoy, cuando coinciden el temor a la sobrevaloración de los valores tecnológicos y un incendio catastrófico en Oriente Próximo. Hasta vuelve a sonar el “no a la guerra”.
Atardeceres de luz dorada, piscinas rodeadas de palmeras frondosas, barrios enteros de chalets cuidados y cortinas en las ventanas detrás de las que se ocultan los destellos de alegría doméstica pero también las miserias familiares más secretas… El mundo entero no es más que un lienzo gigante pintado por un artista en un estudio hollywoodense. Existe porque alguien lo convirtió en un escenario de película primero.
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