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Durante la crisis financiera que sacudió a Nueva York en 1977, surgió una desviación artística, descarnada y de vida breve, sin posibilidades de trascender el underground, que fue hasta donde el punk no consiguió llegar. “La No Wave fue algo brutal”, resume Adele Bertei, una de las promotoras de aquel caos orquestado por músicos, cineastas y artistas plásticos. “Habíamos leído El teatro y su doble, de Artaud, un libro que ya hablaba de instrumentos electrónicos que harían sonidos punzantes antes de que las guitarras eléctricas proliferaran. Fue algo muy teatral también”. Recién llegada a la ciudad, Bertei había encontrado su lugar en una escena que actuaba como relevo de Los Ramones y Talking Heads. Tocó teclados con The Contortions, actuó en varias películas underground y acabó fundando The Bloods, la primera banda íntegramente formada por lesbianas que proclamaban su condición cuando lo habitual era mantenerla oculta.
El caso Hartung (Netflix) es una serie como tantas otras, y eso es bueno y malo. En los seis capítulos de su primera temporada adaptaba el best-seller de Soren Sveistrup, creador de The Killing, otro del club de los guionistas que escriben sus libros para luego adaptarlos. En la serie, dos policías daneses investigan la muerte de una mujer a la que han amputado un miembro. En la escena del crimen, un muñeco hecho con castañas, clásico juguete popular, con las huellas de la hija de la ministra de asuntos sociales, una niña desaparecida meses antes. La dieron por muerta, pero…
Mientras en los despachos del Madrid se delibera si José Mourinho es la apuesta —y quién sabe si la última carta— para hacer funcionar una plantilla que consideran de calidad, la expectación crece por ver cómo reaccionará el Bernabéu el próximo jueves en el partido contra el Oviedo (21.30, DAZN) después de la rendición final en el Camp Nou. Habrá que ver si para este choque se encuentra disponible Kylian Mbappé, que se ha convertido en este desenlace de curso en un elemento de distorsión por sus ausencias, la última vía de fuga en una entidad que vive sus peores días en lustros. Ni siquiera Álvaro Arbeloa ocultó al concluir el clásico que desconoce si el delantero volverá a jugar esta temporada.
El primer encuentro oficial de Hansi Flick como entrenador del Barcelona, en agosto de 2024 en Mestalla, simbolizó el inicio de una nueva era que, condicionada por las dificultades económicas del club y del fair play financiero, se agarraría a La Masia como salvavidas, pero también como éxito. Aquel partido materializó el reencuentro en el once inicial de tres futbolistas criados juntos en la cantera azulgrana. Era la generación de 2007, comandada por Lamine Yamal desde la banda, Pau Cubarsí en el eje de la defensa y Marc Bernal en el centro del campo. Nacieron dos décadas después de la hornada de 1987, un irrepetible cadete invencible que pasó a la historia de la mano de Cesc Fàbregas, Gerard Piqué o Leo Messi. Aquellos tres futbolistas, años después, se reunieron en el primer equipo. Un símbolo de que La Masia, emblema azulgrana y semilla de éxitos sostenidos que culminaron con la imagen del podio del Balón de Oro de 2011, siempre reaparece. Incluso Tito Vilanova llegó a alinear, el 25 de noviembre de 2012, un once íntegramente formado por canteranos. Y hoy, La Masia es también el éxito del Barça en la Liga: esta temporada, alrededor del 50% de los minutos del Barça pertenecieron a jugadores formados en la cantera. Nueve futbolistas del primer equipo proceden de ella y reúnen un valor de mercado de 610 millones de euros, según el portal especializado Transfermarkt. Y entre ellos, la generación de 2007.
La noticia de la muerte es un trastorno violento y brusco al principio, y muy lento después. Uno siempre recuerda lo que dejó de hacer tras colgar el teléfono o recibir el abrazo, porque morirse es también el privilegio de parar el tiempo a los que se quedan. Hansi Flick, en cambio, se rebeló este domingo contra el reloj en uno de esos momentos tan extraños en los que el final de otro nos recuerda lo vivos que estamos. “Man muss die Feste feiern, wie sie fallen [Las fiestas hay que celebrarlas cuando llegan]”, dice el dicho alemán.
Todo baila en la cabeza de los ciclistas del Giro, que vuelan a Calabria desde Sofía la noche del domingo, y se preparan para ascender por la península hasta las montañas de la frontera y la guerra con Austria en un viaje de 20 días. Es día de descanso. Pocos duermen bien, y ni los orfidales les ahorran las pesadillas a muchos, conmocionados aún por el bum catacrac, crujido de huesos astillados y dientes, rostro ensangrentado, modelo para eccehomo, de Adam Yates, quejidos, de la caída sangrienta de la segunda etapa, llegando a Veliko Tarnovo durante la excursión búlgara. Para Thomas Silva, de 24 años, el día de la pesadilla de todos fue el de su anhelo cumplido, duerme profundo y solo le desvelan sueños que son rosa lindos, como la maglia que viste.

Como demuestra el profesor y escritor Jordi Rincón en las páginas de La sabiduría de los clásicos, los filósofos del mundo antiguo nos dejaron reflexiones brillantes que, curiosamente y por extraño que pueda parecer, siguen más vigentes que nunca tres milenios después, en la era de internet, los smartphones y las redes sociales. Al fin y al cabo, los desarrollos tecnológicos han cambiado el mundo, pero nosotros, los seres humanos, seguimos siendo los mismos.











En los últimos meses, la sociedad española ha hecho frente a una serie de episodios vinculados con la salud pública con amplia cobertura mediática. Episodios cuyo nexo común es el papel fundamental de la ética en la gestión de las políticas de salud pública.
El siglo XXI para las universidades europeas vino de la mano de la Declaración de Bolonia y de su promesa de un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Bajo el marco legal del Acuerdo General de Comercio de Servicios de 1995 de la Organización Mundial del Comercio, y el propósito político de la Unión Europea contenido en la “Quinta Libertad”: la libre circulación de conocimientos, las sociedades europeas empezaron a cambiar su mirada sobre la universidad. Un proceso tan exitoso como impreciso en sus términos.
Elijo el unamuniano título sin saber contra qué voy a escribir. Y pronto compruebo que no lanzarme de inmediato a buscar contra qué despotricar me sume en un beatífico estado flotante, de agradable y sencilla calma, como si hubiera vuelto a la vida que vivía antes de que “el horror–el horror” del mundo me empujara a la escritura.