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La tensión se vive de manera permanente en una de las posiciones de la Brigada 93 del ejército ucranio en los alrededores de Druzkivka, cerca de Kramatorsk (región oriental de Donetsk). Acecha la presencia constante de drones rusos en el cielo. Los soldados que ocupan una pequeña cavidad subterránea dominada por el fango apremian a ponerse a cubierto y a reducir al máximo la presencia en el exterior. Unas pantallas conectadas a una antena a ras de tierra sirven para localizar aparatos enemigos. Después, desde otras posiciones, tratarán de derribar las unidades encargadas de ello. Kostas, uniformado de 41 años, señala en una de esas pantallas las imágenes hackeadas de un avión no tripulado ruso. Pura guerra electrónica. La mayoría de estos militares vive bajo una permanente amenaza, pero no ha visto en toda la contienda a un soldado del Kremlin cara a cara.

Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.

La economista y docente argentina Mercedes D’Alessandro (Posadas, 48 años) es hija del movimiento Ni Una Menos. La ola feminista que surgió contra los feminicidios en 2015 en Buenos Aires y se expandió por gran parte de América Latina la animó a mirar sus trabajos sobre pobreza y desigualdad con otros ojos y nuevas preguntas. Una de ellas fue sobre un pilar invisible de la economía: el del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. “Eso que llaman amor es trabajo no pago” pasó de consigna en las calles a objeto de estudio en la Dirección de Economía, Igualdad y Género del Ministerio de Economía, que encabezó entre finales de 2019 y 2022. De cuantificarse, representaría casi el 16% del PIB argentino, el sector con mayor peso, por delante de la industria y el comercio. Su equipo también dio a conocer la magnitud de la brecha de género en este campo: las mujeres dedican un promedio de 6,4 horas al día, y los hombres, 3,4 horas. Y el coste de criar a un hijo en el país: cerca de medio millón de pesos por mes (casi 300 euros), entre bienes y cuidados.
Ricardo Castillo (Santiago de Chile, 1978) lleva 20 años viviendo en Suiza. El directivo estudió en Lyon y Ginebra, y ha trabajado para los gigantes bancarios del país helvético (UBS, y Credit Suisse, ya absorbido por el primero), además de para JP Morgan y RCF Capital. Desde el año pasado, es el jefe de inversiones de Mirabaud Wealth Management, una banca privada suiza fundada en 1819, que administra un patrimonio de sus clientes por un valor cercano a los 40.000 millones de euros.
Todo artista sabe que escoger el camino de la creación puede llevarte a morir pobre y en el anonimato, pero también es cierto que cuando talento, arte y dinero confluyen, la historia nos regala tesoros únicos. En Roma esa confluencia se dio con frecuencia, pero hubo momentos álgidos, como el siglo XVII, que vio nacer el barroco de la mano, entre otros, del extraordinario escultor Gian Lorenzo Bernini, quien debe su éxito no solo a su genio creativo, sino también al ego y al dinero del papa Urbano VIII.

Maestras, abogadas y escritoras, procedentes de una clase ilustrada en la mayor parte de los casos, pero no en todos, defensoras en carne propia del papel que las mujeres estaban llamadas a jugar en una España que trataba de tomar el paso al siglo XX y modernizarse. Algunos de los nombres de esas nueve pioneras, que fueron representantes políticas en los años treinta en las Cortes, han pasado a la historia, pero los de otras han quedado relegados; su historia, en cualquier caso, no ha perdido vigencia.
En 1921, Álvaro de Albornoz escribe en El temperamento español: “A menudo, en el vasto cementerio nacional, que llenaron las epidemias y las pestes, ya desterradas de todo el globo por los progresos de la cultura, no hubo sobre tanto duelo, al borde de las fosas abiertas, sobre los montones de cadáveres, más piadoso responso que la mueca burlona de un pícaro”. Don Álvaro cae aquí en esa tendencia a la exageración que suele ser un notable obstáculo para nuestras buenas causas. Exageramos nuestros vicios y nuestras virtudes y con frecuencia lo hacemos a la vez. Con cuánta facilidad pasamos del “este país es una mierda” al “como en España, en ningún sitio”. Unamuno —exagerando— sostenía que el español medio no existe, porque “en España tenemos solo extremos”.
Nadie ha dejado de leer poesía y por supuesto nadie ha dejado de escribirla tampoco en el siglo XXI. A quienes siguen de cerca esta manía feliz les parece de hecho que el género está vivísimo y animado como pocas veces. Proliferan pequeñas editoriales más allá de Visor, Hiperión, Tusquets o la extinta DVD (con La Bella Varsovia, La Uña Rota, Cántico o Ultramarinos) y existe una miríada de premios que sirven para detectar voces y avisos, a veces hasta alcanzar el Premio Nacional de Joven Poesía Miguel Hernández, creado en 2010, y no mal indicador de valiosas novedades (la última premiada, de 2025, es una estupenda, vivaz e irónica Elisa Fernández Guzmán).


En el póquer, una mano de dobles parejas se aprecia por su valor equilibrado y su importancia estratégica. En el juego de la canción popular, la apuesta de dobles parejas que forman ocasionalmente Roberto Fonseca y Vincent Segal, y Refree y Maria Mazzotta da intensidad y emoción a una notable partida musical. No busquen en Nuit parisienne à la Havana al Fonseca percusivo que extrae de la cubanía toda su vibración y la lleva a esa zona liminal en la que se encuentra con otras manifestaciones rotundas de la negritud. Tampoco piensen en el cello de Segal como un instrumento de querencias africanas, en la línea de sus grabaciones con Ballaké Sissoko, por ejemplo. Fonseca y Segal dejan clara la intención de este álbum ya en el título: es una noche parisina en La Habana, no una velada habanera en París. Sí, en Soul Kiss el piano, arropado por el clasicismo del cello, construye una mezcla de danzón, bolero y tango, y una sutil atmósfera cubana se respira en la pieza que titula el álbum, enredada con acentos de un club de jazz y unas cuerdas nostálgicas.

