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Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.
No hay una ciencia china. La ciencia es una, y la mejor prueba es la forma en que el gigante asiático se está convirtiendo, sin pausa pero con prisa, en una potencia científica como cualquier otra.
El 24 de marzo se cumplen 50 años del comienzo de la dictadura militar en la Argentina. Quisiera decir algunas cosas. Breves. Obvias. Desde 1976 y hasta 1983, cuando retornó la democracia, en más de 600 centros de detención clandestinos se torturó, vejó y asesinó a miles de personas, en su mayoría militantes de organizaciones de lucha armada, pero no solo. Unos 300 bebés, hijos de las secuestradas que parieron en cautiverio, fueron apropiados por los represores y entregados a militares o civiles que los criaron como propios. Solo 140 de esos niños conocen hoy, ya adultos, su identidad, con consecuencias no siempre felices (saber es mejor que no saber, pero saber es difícil), y 160 continúan en la oscuridad. Desde el juicio a las juntas de 1985, con algunos retrocesos como las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, habíamos consensuado que aquello no fue una guerra sino terrorismo de Estado: de un Estado que decidió aniquilar a sus ciudadanos. Quisiera decir que habíamos estado de acuerdo en que las Fuerzas Armadas no cometieron errores ni excesos, sino que asesinaron, torturaron e incurrieron en delitos “comunes” ―violaciones o robo de bienes―, que difícilmente puedan justificarse aduciendo que se los cometía en nombre de la lucha contra el comunismo, etcétera. Quisiera decir que hay represores condenados, pero que ninguno ha dado información: no han revelado dónde están los restos de los desaparecidos, ni en manos de quiénes están aquellos bebés ―hoy hombres y mujeres― apropiados. Quisiera decir que nadie va a torturar a esos señores para que entreguen datos porque tuvieron y tendrán algo que les negaron a quienes desaparecieron, violaron y asesinaron: un juicio justo. ¿Por qué es importante recordar? Porque ese silencio dice: “No nos arrepentimos”. Porque ese silencio dice: “Hicimos lo correcto”. Porque ese silencio dice: “Aquí estamos y lo volveríamos a hacer”.
Los filósofos llevan siglos reflexionando sobre ello: ¿Cuál es la esencia de Europa? Hace algunos días falleció Jürgen Habermas, que defendió que Europa es el lugar donde la democracia avanza gracias al diálogo. George Steiner, en La idea de Europa, cifró la singularidad del continente en sus distancias (a escala humana), en la existencia de cafés y en el peso de su historia, que a veces conduce a la melancolía; y Peter Sloterdijk considera que la civilización europea se caracteriza porque coloca el poder espiritual por encima del poder pasajero de la fuerza. No obstante, Internet no le da tantas vueltas: la esencia de Europa se encuentra condensada en el bigote de Roberto Conigliaro, una mata de pelo negro bajo unas gafas de sol setenteras donde caben las ideas de todos esos pensadores.
La nueva serie de Star Trek está protagonizada por jóvenes. No hay demasiadas batallas espaciales ni planetas por descubrir. Hay, en cambio, romance adolescente e incomprensión vital. Justo 60 años después de su primer episodio, quizás este no sea el Star Trek de tus padres (ni de tus abuelos). Pero eso no hace a la decimotercera serie de su historia peor.
Los vecinos de Hortaleza viven la floración de los almendros de la Huerta de Mena con alegría, por poder contemplar la explosión de color de los árboles rosáceos una vez más, pero con el desánimo de saber que podría ser la última primavera de la finca. La apariencia actual de los terrenos desaparecerá si el Ayuntamiento de Madrid termina de aprobar el plan especial que presentaron en 2021 las propietarias de los terrenos, la congregación religiosa de las Madres Adoratrices, y la promotora francesa Therus Investment SL, y que ya fue admitido a trámite el 3 de octubre de 2024. El proyecto contempla urbanizar la finca centenaria y otras tres parcelas adyacentes que son propiedad del Consistorio, una idea que choca con el deseo de la asociación Salvar Hortaleza de proteger un conjunto que abarca 36.000 metros cuadrados. La entidad, que presentó el año pasado una campaña de apoyos orientada a proteger la fisonomía de los terrenos que superó las 6.000 firmas, volverá a impulsar este jueves una asamblea ciudadana bajo el lema “Salvemos la Huerta de Mena” para escenificar su oposición al proyecto.

La inclasificable Carmen de Mairena murió el 22 de marzo de 2020, en plena pandemia. Tenía 86 años. Las restricciones por culpa de aquella primera ola de covid provocaron que al velatorio de la popular tonadillera solo pudieran acudir sus sobrinos, una hermana y el joven cupletista Adrián Amaya (nombre artístico de Adrià García Pau). El cuerpo de Mairena fue incinerado, solo pudo ser velado por media docena de personas durante 30 minutos. Estaba prohibido celebrar funerales. Las restricciones sanitarias impidieron que la poca farándula barcelonesa y los vecinos de medio Raval -o mejor, medio barrio Chino- pudieran despedirse de uno de sus iconos. Seis años más tarde, este domingo, el Ayuntamiento de Barcelona colocará una placa recordando a la popular Mairena. Se rinde, así, memoria a una de las artistas trans que abrió camino al resto del colectivo en España y que se convirtió, a menudo en contra de su voluntad, en un muñeco roto fruto de las burlas y de caricaturizaciones injustas.
Hay una breve filmografía sobre bibliotecas y librerías. Los cines Verdi, por ejemplo, en los festejos de su centenario han propuesto un ciclo de films basados en estos gabinetes. El recordado Frederick Wiseman, cuyos documentales son radiografías, hizo uno (Ex libris, 2017) sobre la biblioteca de Nueva York y su servicio público. Y hace poco Filmin ha estrenado The librarians (Kim A. Snyder, 2025), un espeluznante documental sobre la censura en las bibliotecas norteamericanas y la batalla de sus archiveras, acosadas y amenazadas por resguardar libros sobre el darwinismo o la libertad de orientación sexual

Va deixar dit Salvador Espriu que “hem viscut per salvar-vos els mots, per retornar-vos el nom de cada cosa”. Aquesta és la funció primera atribuïda als poetes. Encara que cap escriptor de cap gènere no pot ser aliè a això de mantenir el nom de cada cosa, és el poeta el vigilant de la flama viva del llenguatge. El poeta és el més exigent dels escriptors, i el lector de poesia, el més exigent dels lectors. En un temps d’inteŀligència artificial —un oxímoron—, de correccions automàtiques, de plantilles de composició que substitueixen la imaginació; en un temps de censura i d’autocensura, en què el newspeak que va anunciar Orwell es desplega en tots els àmbits; en un temps de pèrdua de llibertat en què s’imposa la conformitat i el silenci, recau en el poeta la responsabilitat del nen innocent que, en el conte d’Andersen, va exclamar que el rei anava nu, tot deixant en evidència els adults que per conveniència feien veure que no ho veien. A ell li correspon la funció de desemmascarar el llenguatge políticament correcte i moralment incorrecte. No tots els poetes ho aconsegueixen —perquè, com diu Kavafis, “és alta, molt alta, l’escala de la poesia”— però tots ho intenten; tots porten, en el centre del seu impuls creatiu, l’afany d’un lloc i d’un temps on el nom de cada cosa no hagi estat tergiversat. Les deu novetats d’aquesta temporada, llibres inèdits o reeditats, originals o traduïts, cadascú amb la seva estètica i en el seu temps, responen a aquesta exigència.









