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Hay frases que no se diluyen con los años. Roberto Ríos (Bilbao, 54 años) recuerda una sin elevar la voz, casi con la serenidad de quien ha terminado de comprender el contexto más que el gesto: “Ponte de acuerdo con el Athletic, que te he vendido”. No hubo negociación posible. Ni margen. Ni transición. Solo una decisión tomada en un despacho que cambió el rumbo de su carrera y simbolizó una época del fútbol español. Aquella operación —2.000 millones de pesetas, unos 12 millones de euros— convirtió su traspaso del Betis al Athletic en el más caro del momento. Pero, sobre todo, dejó al descubierto un modelo: el jugador como pieza, no como sujeto.
Robert Lewandowski, enmascarado por una fractura ósea en el ojo, rompió el miércoles ante el Newcastle su sequía goleadora de semanas con un doblete. El polaco no pasaba por su mejor momento; tampoco Ferran Torres, quien no anota desde enero. Pero Lewandowski, ganando peso como titular, apareció en una noche decisiva para firmar dos registros históricos: superó a Messi en número de rivales goleados en Europa —41 frente a 40— y se convirtió en el jugador más veterano en marcar en una eliminatoria de Champions, con 37 años y 209 días. Una edad que recuerda que este verano, el 30 de junio, termina contrato. Y el Barça, mientras él se reencuentra y Ferran se busca, rastrea un nueve en el mercado. “Ferran ha entrenado muy bien, está a un nivel diferente, con más confianza. Está trabajando mucho para volver a su mejor versión”, desarrolló Hansi Flick en la rueda de prensa previa al encuentro ante el Rayo Vallecano este domingo en el Camp Nou (14.00, Dazn), el último antes del parón de selecciones.
Antes de que al pintor Lorenzo Aguirre lo sacaran de su celda para ajusticiarlo a garrote vil una mañana de octubre de 1942; antes de que el artista intentase calmar a su verdugo diciéndole “tranquilo, usted no es responsable: es su trabajo”; antes de que la maquinaria represora del franquismo asesinara en la cárcel madrileña de Porlier a este escenógrafo, cartelista, ilustrador, letrista, paisajista y caricaturista comprometido con la República que había escapado de España por la Guerra Civil y que luego regresó desde Francia por la ocupación nazi; antes de que su cuerpo cayese inerte al suelo y luego el régimen ordenase el borrado de su entrada en la Enciclopedia Espasa-Calpe para que nunca nadie volviese a oír el nombre de Lorenzo Victoriano Aguirre Sánchez, aquel hombre de 57 años condenado a muerte, acusado de auxilio a la rebelión, perseguido por comunista y masón... Antes de todo eso, aquel hombre calvo y de temperamento alegre se dispuso a despedirse de sus tres hijas en la frialdad de una celda. De su esposa, Paquita, ya lo había hecho por carta.
El sonido de una espada chocando contra un escudo, el destello de una peluca de colores imposibles y el murmullo constante de cientos de conversaciones cruzadas: así arranca la primera edición de FanMedia Con en el Palacio de Congresos de Oviedo. “Mira, es Dani Fez, vamos a pedirle una foto”, le dice Marcos a Fernando, son dos jóvenes disfrazados de personajes del anime One Piece.
Cuando se apagan las luces y se abre el telón en el Nuevo Teatro Alcalá las brujas vuelan sobre sus escobas, los animales protagonizan coreografías imposibles y los espantapájaros viven felices y comen perdices. En musicales como Wicked el público se convence de que la magia existe, y todo gracias a la maquinaria teatral que trabaja sin descanso para desafiar las barreras del mundo real. La evolución de los equipos escenográficos, de iluminación y sonido en los teatros madrileños es una de las razones que explican por qué la capital española se ha consolidado como el tercer destino de referencia para los amantes del género, después de Broadway (Nueva York) y West End (Londres). “La tecnología nos ha ayudado a construir espectáculos cada vez más visuales”, resume David Barreñada, director de operaciones de ATG Entertainment España. Hoy la mayoría de espacios escénicos de la ciudad se han renovado, mientras que otros como el antiguo cine IMAX y el Teatro Madrid-Concha Velasco se encuentran en obras a la espera de renacer como templos del teatro musical.

El PSOE ha disfrutado esta semana de una tregua con la que casi nadie contaba. Las elecciones en Castilla y León han aliviado la racha de malos resultados en Extremadura y Aragón. Aunque no le dé para gobernar, los dos escaños ganados y el leve repunte de votos han sido un respiro para los socialistas antes de las elecciones de Andalucía, la gran prueba de fuego para Ferraz y La Moncloa que puede condicionar el resto de la legislatura. Todo el partido, desde la cúpula a los militantes de base, contiene el aliento a la espera de que el presidente autonómico, Juan Manuel Moreno, convoque los comicios. El objetivo del barón del PP es revalidar la mayoría absoluta en la Junta, donde ya lleva siete años y medio. El de la vicepresidenta María Jesús Montero, aunque no se reconozca en público, es que la pierda y que dependa de Vox. Pero el miedo que los socialistas no se quitan de encima es que la todavía número dos del Gobierno y del PSOE baje de los 30 escaños que obtuvo Juan Espadas en 2022, la peor marca en su antiguo bastión y a años luz de las décadas de poderío en las que la todopoderosa federación andaluza duplicaba ese número de diputados.




Quienes nacimos en democracias y aún vivimos en ellas frivolizamos sobre la opresión y la libertad. Hay en España gente convencida de que vive en una tiranía y de que cualquier día los van a llevar al gulag por meterse con el Gobierno. Sus diatribas serían más creíbles si no las proclamasen con los dedos manchados de gambas en un restaurante con estrella Michelin, mientras piden una tercera botella de vino y celebran la publicación de su último libro, que ningún censor ha tocado y que sus lectores leen en la playa sin esconderlo. También los hay —aunque cada vez menos— convencidos de que el franquismo nunca desapareció, y lo dicen en prime time desde la televisión, sin que la emisión se interrumpa con marchas militares ni la brigada político-social se los lleve a la Puerta del Sol para interrogarlos.
Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.

Ya hace tiempo que en los palacios del poder se sabe que la fiscal superior de Madrid no traga al fiscal general del Estado, así que esa mañana temprano, cuando Álvaro García Ortiz la llama por teléfono hasta seis veces seguidas y le envía un torrente de mensajes de texto, Almudena Lastra no le responde, sino que termina de arreglarse y a eso de las 8.30 sale de su domicilio y se dirige en coche al despacho. La noche anterior, cuando su jefe de prensa le advierte, muy nervioso, de que García Ortiz anda removiendo Roma con Santiago para tratar de desmentir una noticia falsa que ha puesto en circulación el diario El Mundo, Lastra le responde: “Tranquilo, Íñigo, apaga el teléfono y vete a dormir”.

Tenía razón Mark Carney, entonces presidente de La Vieja Dama (el Banco de Inglaterra) y actual primer ministro de Canadá, cuando echó una sonora bronca a los dirigentes de las grandes aseguradoras por no tener en cuenta el riesgo que corrían si se producía una nueva guerra en el Golfo y quedaban implicados países como Qatar o los Emiratos. Se está viendo ahora: “Si el tránsito por [el estrecho de] Ormuz no pasa a ser de un riesgo normal”, asegura un analista muy respetado en la Casa Blanca, “el sistema económico global pasará de una simple subida de precios a un complicado sistema de racionamiento de combustible y, finalmente, se usará una logística supervisada por la fuerza militar”. En inglés, con cuatro palabras lo resumes: será tan malo que llevará a mayor inflación y menor crecimiento. ¿Por qué? Hasta el momento nadie sabe explicar bien cómo se ha podido llegar a la situación actual. Es, dicen algunos analistas, una guerra sin un porqué.