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Pocos escritores latinoamericanos han tenido que huir del poder que en algún momento transformaron. Sergio Ramírez escribe hoy lejos de Nicaragua, con la distancia forzada del exilio y la cercanía obstinada de quien se niega a dejar de mirar a su país. En esa tensión —entre pertenencia y expulsión, entre memoria y presente— se mueve parte de su gran figura. Ramírez no es solo un novelista reconocido ni un expolítico reconvertido en intelectual: es, sobre todo, el testimonio incómodo de lo que ocurre cuando una revolución envejece y algunos de sus protagonistas se niegan a envejecer con ella.
Los dos grandes hitos de la carrera del periodista estadounidense Martin Marty Baron tienen que ver, cada uno a su manera, con la luz. Está Spotlight (el foco), el equipo de investigación que destapó los abusos sexuales de la archidiócesis de Boston cuando Baron era director del Globe, el gran diario de la ciudad. Y está también el eslogan “La democracia muere en la oscuridad”. Lo colocó hace nueve años —y se imprime aún cada día— bajo la mancheta de The Washington Post, periódico que el galardonado con el Premio Ortega y Gasset este año dirigió con brillantez entre 2013 y 2021.
El primer recuerdo que guardo de mi llegada a este mundo es el del sonido denso y profundo de un bombardeo unido al de una plegaria que salía de la oscuridad de aquel refugio antiaéreo implorando piedad al Dios de los Ejércitos. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos, Señor, de todo mal, rezaba una voz dolorida de mujer. Era hacia el final de la Guerra Civil. Tenía yo poco más de dos años e imagino que en algún bulbo del cerebro esos sonidos de las bombas y las plegarias quedaron para siempre unidos con el rumor del oleaje del mar y del sol radiante de una incipiente primavera, sensaciones que llevo siempre aparejadas. Puede que este hecho haya dañado mi subconsciente, de forma que ahora cuando contemplo las imágenes de tanta crueldad y miseria en los telediarios me parece todo tan natural como inexorable. Desde entonces pienso que van siempre unidos la muerte y la vida, el bien y el mal, la naturaleza y la historia, el heroísmo y la villanía, los hombres matándose y los pájaros cantando, los niños muriendo y las flores perfumando el aire, las ratas felices saliendo de las alcantarillas a tomar el sol entre los escombros y la brisa moviendo los álamos, el mundo a punto de partirse en cuatro pedazos y los amantes besándose, la gente llenando los bares y los profetas son saber nada del mañana. Pero en medio de tanta confusión nadie ha podido impedir que llegara la primavera a este hemisferio donde un ser diabólico de orejas puntiagudas ha enamorado al errático amo del imperio que se divierte soltando hierros por todas partes. Se equivoca quien piense que hasta aquí nunca llegarán los misiles; de hecho, aunque caigan muy lejos, los misiles estallan en el cerebro de cada ciudadano con esa carga de odio y miedo que destruye los pilares en que se sustentaban los viejos ideales y certezas, de modo que si alguien quiere estar a salvo deberá buscarse su propio refugio antiaéreo. Por mi parte me voy a refugiar bajo la primavera recién llegada.
Cataluña ha vivido en las últimas semanas dos grandes movilizaciones que implican a colectivos tan importantes como los docentes y los médicos. Sus reivindicaciones no son nuevas: el malestar viene de lejos y se ha ido acumulando por el deterioro sostenido que se inició con la crisis de 2008. Tanto en la enseñanza como en el sistema sanitario, la devaluación salarial se ha producido en paralelo a un empeoramiento intenso de las condiciones de trabajo por cambios sociológicos a los que no se ha hecho frente con nuevos recursos.
Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, Donald Trump convocó a los iraníes a rebelarse contra los ayatolás. Sin éxito. Así que inutilizó a Jameneí I (y parte de su corte), un remedo del modelo venezolano.
Esta guerra que iba a durar dos o tres días entra ahora en su cuarta semana. Arrancó con un ritmo impropio de una guerra corta. Como en Ucrania, una vez quedó claro que el primer y formidable golpe no obtenía la caída del régimen, empezó la escalada o ascenso a los extremos que caracteriza a toda guerra clásica. Cuando se llega a tal subasta violenta, la contienda se prolonga e intensifica hasta que uno de los bandos empieza a agotar su voluntad de combate y se propone alcanzar un alto el fuego.




La elección de algunas palabras en los textos del periódico ha suscitado dudas entre varios lectores, que consideran que se trata de errores; cuando no son fortuitas, sino que responden a criterios periodísticos. Como bromeaba esta semana un redactor, una tilde puede abrir una guerra civil en el seno de una sección, y por eso el Libro de Estilo incluye un diccionario de más de 400 páginas que zanja los debates entre los periodistas. En el manual se establece también la obligación genérica de “llamar a las cosas por su nombre, sin caer en los eufemismos impuestos por determinados grupos”.
Antes de que al pintor Lorenzo Aguirre lo sacaran de su celda para ajusticiarlo a garrote vil una mañana de octubre de 1942; antes de que el artista intentase calmar a su verdugo diciéndole “tranquilo, usted no es responsable: es su trabajo”; antes de que la maquinaria represora del franquismo asesinara en la cárcel madrileña de Porlier a este escenógrafo, cartelista, ilustrador, letrista, paisajista y caricaturista comprometido con la República que había escapado de España por la Guerra Civil y que luego regresó desde Francia por la ocupación nazi; antes de que su cuerpo cayese inerte al suelo y luego el régimen ordenase el borrado de su entrada en la Enciclopedia Espasa-Calpe para que nunca nadie volviese a oír el nombre de Lorenzo Victoriano Aguirre Sánchez, aquel hombre de 57 años condenado a muerte, acusado de auxilio a la rebelión, perseguido por comunista y masón... Antes de todo eso, aquel hombre calvo y de temperamento alegre se dispuso a despedirse de sus tres hijas en la frialdad de una celda. De su esposa, Paquita, ya lo había hecho por carta.

El PSOE ha disfrutado esta semana de una tregua con la que casi nadie contaba. Las elecciones en Castilla y León han aliviado la racha de malos resultados en Extremadura y Aragón. Aunque no le dé para gobernar, los dos escaños ganados y el leve repunte de votos han sido un respiro para los socialistas antes de las elecciones de Andalucía, la gran prueba de fuego para Ferraz y La Moncloa que puede condicionar el resto de la legislatura. Todo el partido, desde la cúpula a los militantes de base, contiene el aliento a la espera de que el presidente autonómico, Juan Manuel Moreno, convoque los comicios. El objetivo del barón del PP es revalidar la mayoría absoluta en la Junta, donde ya lleva siete años y medio. El de la vicepresidenta María Jesús Montero, aunque no se reconozca en público, es que la pierda y que dependa de Vox. Pero el miedo que los socialistas no se quitan de encima es que la todavía número dos del Gobierno y del PSOE baje de los 30 escaños que obtuvo Juan Espadas en 2022, la peor marca en su antiguo bastión y a años luz de las décadas de poderío en las que la todopoderosa federación andaluza duplicaba ese número de diputados.




Horas después de que el ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional José Ángel González y la inspectora que le ha denunciado por agresión sexual declararan por primera vez ante el juez que investiga el caso, el abogado de ella, Jorge Piedrafita, estaba sentado en un plató de televisión. Rodeado de periodistas, iba contestando a sus preguntas sobre lo ocurrido ese día en los juzgados, incluidos detalles de un audio sobre la presunta violación. No es una escena inusual. Casi cualquier mañana televisiva tiene su dosis de casos judiciales mediáticos con letrados entrando y saliendo de los programas. Los abogados ganan visibilidad, sus casos irrumpen en el debate público, se desmenuzan en las tertulias y sus protagonistas se convierten en personajes de una trama.