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¿Quién no ha tenido alguna vez la maravillosa sensación de que la vida nos pone en las manos el libro apropiado cuando buscábamos otro distinto? A mí volvió a sucederme el mes pasado en Buenos Aires, cuando buscaba una novela de Clarice Lispector y encontré El Tercer Reich de los sueños, de Charlotte Beradt, un proyecto tan asombroso que al principio pensé que era pura ficción, realizado por una periodista alemana durante los años de la consolidación del nazismo (1933-39).
La lectura de las conclusiones de la cumbre europea celebrada este jueves es un ejercicio deprimente. Aun teniendo en cuenta las consabidas dificultades de una entidad plural como lo es la UE, el abismo entre lo que las dramáticas circunstancias actuales del mundo requieren y el contenido de la respuesta es algo que genera un desaliento profundo. El abismo se abre tanto en el plano moral como en el práctico. La constatación moral es cristalina: como en el caso de Gaza, los Veintisiete no están en condiciones de decir lo obvio e imprescindible en la guerra de Irán: que es una acción ilegal y que no es compatible con nuestros valores. La constatación práctica también lo es: las medidas para paliar los efectos de la crisis energética serán lentas, y el imprescindible apoyo a Ucrania sigue bloqueado por el veto de Orbán. No todo son nubes en el cielo europeo, y no hay que olvidarse de los claros —como que muchos aspiran a entrar en nuestro club—. Pero las que lo pueblan son gordas y oscuras, conviene no ocultarlo.
Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.
No hay una ciencia china. La ciencia es una, y la mejor prueba es la forma en que el gigante asiático se está convirtiendo, sin pausa pero con prisa, en una potencia científica como cualquier otra.
La felicidad no es como el PIB, el salario o el paro, que pueden medirse con números y gráficos, pero ya hay índices importantes que dibujan un mapa veraz y muy inquietante de la realidad. Y que deberían despertar muchos interrogantes. Uno de ellos viene de la Universidad de Oxford, ahora lo analizamos. Otro es El Idealista, que tal vez debería pasar a llamarse El Iluso.

Después de pasar la mayor parte de su vida en el mundo corporativo, conviviendo con la presión de las ventas, el estrés y la ansiedad, Cristian Blanch decidió dar un giro a su vida y empezó a compartir su pasión por el yoga y la meditación a través de su cuenta de Instagram. En poco tiempo se hizo con un gran número de seguidores y pudo dejar su trabajo para dedicarse solo a su pasión: la divulgación de la meditación a través de las redes sociales. Hizo charlas, clases, vídeos, imágenes, presentaciones; en definitiva, un montón de contenido online que se convirtió en su sustento vital. “Hasta que me di cuenta de que alguien estaba usando mi imagen para estafar a otros. Recibí mensajes de personas que habían pagado por estos servicios y no recibieron nada”, cuenta Blanch, de 46 años. “Me pedían ayuda y yo me sentí completamente fuera de todo. No sabía qué era real y qué no lo era”, añade.



Por el suelo del paraje natural del Hondo (Elche), en el humedal La Raja, de 141 hectáreas, asoman todavía cartuchos de cuando se abatía a las aves. La caza se prohibió hace apenas dos años, tras la compra del terreno por el Ministerio para la Transición Ecológica y por dos organizaciones conservacionistas: SEO/BirdLife y Anse. Sin escopetas apuntando, varias parejas de cerceta pardilla (Marmaronetta angustirostris), la anátida más amenazada de Europa ―conocida como el pato triste por la mirada que le confiere el antifaz oscuro que rodea sus ojos―, nadaban este martes en las lagunas regeneradas de la Raja. A pocos metros, flamencos, moritos, malvasías o fochas también disfrutan de la paz lograda.
Tres agentes de la Ertzaintza se presentaron el pasado mes de febrero en el centro para personas de la tercera edad Bonaparte, en el barrio de Santutxu de Bilbao, para comunicar a los ancianos que no iban a poder seguir celebrando el tradicional bingo semanal. Es una de las actividades de entretenimiento que organiza este hogar de jubilados y en la que habitualmente suelen reunirse más de 100 personas que participan pagando la simbólica cantidad de 20 céntimos por cada cartón. Un salón de juego ubicado en las proximidades del centro social presentó una queja porque los mayores jugaban con dinero, dieron aviso al Departamento de Seguridad y desde ese día ya no hay bingo. Los ertzainas les advirtieron de que mantener esta actividad lúdica les podía acarrear una sanción de hasta 60.000 euros.
La inclasificable Carmen de Mairena murió el 22 de marzo de 2020, en plena pandemia. Tenía 86 años. Las restricciones por culpa de aquella primera ola de covid provocaron que al velatorio de la popular tonadillera solo pudieran acudir sus sobrinos, una hermana y el joven cupletista Adrián Amaya (nombre artístico de Adrià García Pau). El cuerpo de Mairena fue incinerado, solo pudo ser velado por media docena de personas durante 30 minutos. Estaba prohibido celebrar funerales. Las restricciones sanitarias impidieron que la poca farándula barcelonesa y los vecinos de medio Raval -o mejor, medio barrio Chino- pudieran despedirse de uno de sus iconos. Seis años más tarde, este domingo, el Ayuntamiento de Barcelona colocará una placa recordando a la popular Mairena. Se rinde, así, memoria a una de las artistas trans que abrió camino al resto del colectivo en España y que se convirtió, a menudo en contra de su voluntad, en un muñeco roto fruto de las burlas y de caricaturizaciones injustas.