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Para un lector imaginativo no existen barreras, todo le está permitido. Puede romper la ley de la gravedad y toda clase de cadenas morales que le impidan ser libre, porque leer es como volar, es como navegar con el viento a favor. Las páginas de un libro abierto son las alas de un ave listas para llevarlo en su vuelo por selvas, desiertos, cordilleras de vuelta al paraíso y también a la Luna, a Marte, sin abandonar el sofá. El lomo de un libro es la quilla, y las tapas abiertas son los costados de un barco que puede convertir al lector en explorador de mares nunca antes navegados, en capitán de piratas, en ballenero, en náufrago en una isla desierta, que, siempre acaba siendo la isla del tesoro. Con esa navegación o con ese vuelo puede remontar las aguas del curso del tiempo y volver a las dulces praderas de la inocencia, pero en ese retorno hacia el pasado cualquier lector puede detenerse en aquellos días que uno recuerda como los más felices de su vida. Te preguntas cómo eran aquellos días. Por mi parte, los llevo muy asociados al placer de la lectura, que para la gente de mi generación fue a menudo un placer pecaminoso, pero a su vez nada tan excitante como que un librero amigo te abriera la trastienda donde se hallaban a tu merced los libros prohibidos por la censura. En cierto modo, la dictadura tenía una ventaja, puesto que bajo su férrea moral eclesiástica cualquier placer se convertía en un arma de combate por la libertad. Qué maravillosos pecados aquellos que consistían en sentirse rebelde bañándose desnudo a la luz de la luna, navegando en aquel velero con los amigos bajo el sonido del viento en las velas y la voz de Melina Mercouri en alta mar. Para cometer pecados tan maravillosos como aquellos había que ser joven y tener la carne muy apretada. La lectura es un don apacible que te permite volver al paraíso a cualquier edad. Pero el lector puede que ahora encuentre allí bajo el árbol de la ciencia la serpiente que le tentará con la otra manzana de la inteligencia artificial.
Rodrigo Rato y Carlos Cuerpo comparten desde el viernes el honor de haber llegado a ser vicepresidente económico de su país, el máximo nivel para un economista. Pero muy pocas cosas más. Son de generaciones distintas, de ideologías diferentes, y sobre todo de extracciones familiares casi opuestas. Cuerpo es nieto de un hombre que no pudo ir a la escuela porque se vio obligado con nueve años a trabajar en la mina de wolframio de su pueblo, Valle de la Serena, en Extremadura. Por el contrario Rato, cuyo segundo apellido es Figaredo, es nieto por parte materna de uno de los más conocidos propietarios de minas de carbón asturianos, miembro de la misma familia del actual diputado de Vox, José María Figaredo. En la cuenca minera asturiana aún se recuerdan los durísimos conflictos de los trabajadores de Minas Figaredo con la familia propietaria, que desde mediados del siglo XIX explotaba esas concesiones en condiciones durísimas para los mineros. Un vicepresidente es nieto de minero, el otro de dueño de minas.
A las elecciones andaluzas del 17 de mayo están llamados a votar 6,8 millones de ciudadanos, dos millones y medio más de la suma total de los censos electorales de Extremadura, Aragón y Castilla y León, donde el PP ha ganado los tres comicios autonómicos recientes. No hay test electoral más potente, ni medidor más fiable que Andalucía para evaluar la salud electoral de las formaciones políticas en España, principalmente PSOE y PP.

Serigne Mbayé sabe cómo quema el asfalto contra el pecho. Y a sus 51 años, este hombre de Kayar, Senegal, exdiputado de Podemos en la Asamblea de Madrid, secretario de Antirracismo del partido y activista por los derechos de los inmigrantes, lleva grabado un mantra: “Si te resistes, te irá peor”. La clave, explica, para esquivar el golpe seco en las costillas y la cara, es conservar un pedazo de dignidad, iniciar si es posible algún tipo de diálogo: “¿Por qué me detiene, agente?“. Por dentro, solo siente rabia. Intenta que no lo tumben. Respira, cede. Dobla algunas articulaciones. Yace en el suelo. Manos a la espalda, esposas, rodilla en el omóplato. Una vecina graba justo este momento, en el que Mbayé fue detenido en la puerta de su casa la tarde del jueves. Todavía nadie le ha respondido a esa pregunta, critica: “Me quedé tirado boca abajo, como muerto”.


La familia de Marta Sanz y Luis Fernández, con sus hijos, parecía la de un matrimonio castellano bien avenido. Ella, segoviana de 50 años y madre de familia numerosa, fue azafata de congresos antes que profesora de Educación Física, se metió a política con Ciudadanos (Cs) pero acabó con el PP, que la impuso en 2022 como concejal en la localidad pucelana de Arroyo de la Encomienda (23.000 habitantes), donde mantiene hoy su cargo. Él, padre de la misma familia numerosa de 54 años, ingresó en la Policía Nacional en 1998 y, tras desarrollar parte de su carrera en las Islas Canarias, acabó en 2015 de Jefe del Grupo III de la Brigada Provincial de Policía Judicial de Valladolid, persiguiendo el tráfico de drogas. La prometedora pareja tenía su residencia habitual en la capital pucelana, y vacacional en Las Palmas de Gran Canaria y en Cuellar (Segovia). La vida parecía sonreír a toda la familia hasta que el pasado 4 de diciembre detuvieron a Luisfer como le conocían en su entorno, junto a un grupo de seis narcotraficantes de poca monta y de prostitutas. Le acusaban de ser el cabecilla de una red de narcotráfico y trata de mujeres asentada en Valladolid.











Inés Soria (Zaragoza, 51 años), magistrada y asesora del Departamento de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno vasco y exmiembro de la Sala de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, garantiza que los presos etarras acogidos al tratamiento penitenciario en las cárceles vascas e inmersos en el proceso de reinserción reconocen el daño causado a las víctimas y salen de modo distinto al que entraron. Es el caso de Garikoitz Aspiazu, “Txeroki”, y Soledad Iparraguirre “Anboto”, exjefes de ETA, cuya salida durante la semana, con pernocta en la cárcel, para actividades laborales, ha levantado un escándalo social y político.
Si todo va bien, en apenas cuatro días se encenderán los motores del cohete espacial más potente de la historia. En la parte superior de la lanzadera —más alta que una torre de 30 pisos— dentro de la nave Orion, estarán sentadas las cuatro primeras personas que viajarán a la Luna en más de 50 años. Entre ellos, la especialista de misión Christina Koch y el piloto Victor Glover, que serán la primera mujer y el primer negro que viajen hasta el satélite. Y también el comandante Reid Wiseman y el especialista canadiense Jeremy Hansen, primera persona no estadounidense en realizar este periplo espacial.

Noelia Castillo Ramos recibió la eutanasia el jueves en la habitación del que ha sido su hogar en los últimos tiempos: Sant Camil, una residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes, 40 kilómetros al sur de Barcelona. Ese santo, Camilo, es el patrón de los enfermos, pero también de los médicos, que han estado en la diana de grupos ultras poco menos que como responsables de la muerte de la joven parapléjica a los 25 años. El señalamiento de los profesionales vinculados al caso es solo una de las consecuencias que deja la traumática eutanasia de Noelia, que ha tenido que batallar contra su padre y superar hasta cinco filtros judiciales antes de ver cumplido, casi dos años después, su derecho.

Este sábado se cumplió un mes desde que Estados Unidos e Israel comenzaran a bombardear Irán, y todavía se desconocen tanto las causas como los objetivos por los que Donald Trump y Benjamín Netanyahu ordenaron un ataque preventivo que no respondía a ninguna amenaza verosímil, que viola el derecho internacional y que ha embarcado a todo el planeta en una inestabilidad cuyos perjuicios ya son tangibles. Si atendemos a las explicaciones del propio Trump, resulta imposible conocer el motivo concreto por el que ha comenzado este conflicto. Los bombardeos se iniciaron el pasado 28 de febrero cuando, apenas 48 horas antes, Irán y EE UU estaban negociando cara a cara en Ginebra para evitar un contencioso armado, y, según el mediador en el proceso, el ministro de Exteriores de Omán, todo iba camino de una solución.
Nadie puede saber quién va a ganar esta guerra, ni siquiera si finalmente habrá ganadores. Son mayoría los expertos que dan a China por vencedora estratégica de un conflicto que fácilmente puede dañar a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales los demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desplazando los recursos militares asignados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.


