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Vi el otro día algo que me chocó de una forma un tanto absurda. Sobre el parqué del Kaseya Center de Miami, Luka Doncic, estrella de Los Angeles Lakers, y Carlos Alcaraz, número uno del tenis mundial, compartían impresiones mientras miraban al suelo y se tocaban el hombro con esas palmaditas que solo se le da a alguien con quien no tienes suficiente confianza. “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”; son algunas de las frases a las que recurrieron para romper el hielo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. El brevísimo encuentro, en cualquier caso, precedió a una foto de los dos juntos, y cómo no, unas horas más tarde, a la difusión de la misma en las redes sociales de los protagonistas. Lo que de verdad me dejó pensando, no obstante, no fue el encuentro entre dos estrellas del deporte mundial, sino el efecto del irremediable paso del tiempo.
El PP empezó la semana pasada con la dopamina por las nubes. Los populares habían logrado que Vox no llegase al 20% esperado en Castilla y León tras una campaña en la que Alberto Núñez Feijóo se había implicado mucho. Pero también después de que los ultras tumbasen por dos veces la investidura de María Guardiola en Extremadura mientras tampoco avanzaban en un acuerdo en Aragón. El empuje de las urnas del 15 de marzo parecía presagiar que las negociaciones se acelerarían, creían en el PP. Pero, transcurridos ocho días, la formación de Santiago Abascal sigue haciendo esperar a los populares, a quienes además acusan de azuzar la rebelión de sus purgados. En Génova no entran al trapo de las incriminaciones, miden sus palabras con el fin de sellar los pactos y les reclaman que no alarguen más la agonía. “Pedimos a Vox que se vuelvan a sentar”, demandan fuentes de la cúpula del PP.

Había una canción en la infancia de Mar Álvarez que “no pronosticaba nada bueno”. Jugaba con sus amigas a completar las frases del tema: “Un lunes antes de almorzar / una niña fue a jugar / pero no pudo jugar / porque tenía que…" “¡Planchar!”, decían en el patio del colegio. Y repetían el verso con cada uno de los días de la semana y la última palabra “siempre era planchar, coser, barrer, cocinar, lavar, tender…”, cuenta ahora Álvarez, con “un pie en los 50 años”. Recuerda que en aquel coro se miraron las unas a las otras y se dieron cuenta del mal augurio para ellas. Y no fueron las únicas. Más tarde, en la década de los 90, algunas jóvenes en Estados Unidos, hartas de la misoginia, buscaron empoderar a las mujeres a través de la cultura popular.
¿Qué condicionantes territoriales y orográficos tenían de partida las ciudades de Madrid y Barcelona? ¿Cómo han evolucionado demográficamente o económicamente? ¿Qué retos afrontan para superar las desigualdades o la crisis de la vivienda? ¿Se tomaron decisiones políticas erróneas en el pasado que todavía arrastran en cuestiones como la densidad urbana? Son asuntos que plantea Barcelona/Madrid, por un diálogo crítico, un libro que acaba de publicar la histórica Universidad Federico II de Nápoles, y que firman el geógrafo barcelonés Oriol Nel.lo y el arquitecto madrileño Agustín Hernández Aja.
Cuando era pequeña era costumbre aplaudir al terminar las películas. En lo físico aplaudíamos a la pantalla, pero en lo emocional se aplaudía una historia. A finales de los noventa los aplausos empezaron a desaparecer, quizás porque también lo hicieron las grandes salas, sustituidas por multicines. Tal vez el público empezó a ser consciente de que aplaudir a una pantalla no tenía mucho sentido; quizás fue que la gente dejó de ir al cine como había dejado de leer o de ir a salas de espectáculo.
Y, de pronto, la revolución. La semana pasada, Nvidia volvió a sacarse de la manga una de esas tecnologías que, sobre el papel, prometen cambiarlo todo y, en la práctica, dejan un reguero de dudas difícil de ignorar. Se llama DLSS 5 y es la nueva evolución de la tecnología de reescalado de vídeos digitales de la empresa (Deep Learning Super Sampling). El caso es que significa un cambio importante respecto a versiones anteriores: mientras que DLSS 2, 3 o 4 se centraban en mejorar el rendimiento generando más resolución (o más frames) en un vídeo, DLSS 5 introduce algo mucho más ambicioso y peliagudo: el uso de inteligencia artificial para crear partes de la imagen en tiempo real. Es decir, no solo mejora lo que el juego ya ha renderizado, sino que añade detalles como iluminación, materiales o incluso pequeños elementos visuales mediante IA. El resultado es un cambio profundo que se puede ver a simple vista.
Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.
Mariam terminó sus estudios de comadrona en 2021, cuando los talibanes retomaron el poder en Afganistán, pero ni siquiera pudo recoger su diploma. “No permitieron que las estudiantes recibiéramos el título en un acto de graduación. Nos dejaron fuera de la foto. Hasta hoy”, explica a este periódico. Mariam, que prefiere usar un nombre falso para esta entrevista, tampoco ha podido ejercer ni un solo día debido a los edictos emitidos por las autoridades de facto y aunque en su país haya una acuciante necesidad de matronas.
La doctora en Filosofía Kate Manne (Australia, 1983), cuyo trabajo se centra en filosofía moral, social y feminista, ha querido desde niña ser más delgada. Confiesa que llegó un momento en el que entendió que lo que odiaba no era tanto su cuerpo, sino la forma en la que le hacía sentir vulnerable: ser menospreciada, ridiculizada y denigrada. “Sabía mejor que nadie que la respuesta al acoso y al abuso no es cambiar a las víctimas, sino dirigirse a quienes tengan la culpa y, en última instancia, cambiar el sistema”, escribe en Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia (Capitán Swing, 2026).
En el momento álgido de la pasada noche de los Oscar, Paul Thomas Anderson (Los Ángeles, 55 años) subió al escenario para recoger la estatuilla a mejor director por Una batalla tras otra, la gran ganadora de la gala con seis premios. En su discurso de agradecimiento mencionó a Maya Rudolph (Gainesville, 53 años), su pareja desde hace casi 25 años. “Cualquier escritor sabe que o bien pides perdón o bien tu agradecimiento especial va dirigido a tu familia y a las personas con las que compartes techo, que soportan lo que significa vivir con un escritor”, dijo. “A Maya”, concluyó. Esa noche, la actriz, conocida en Estados Unidos sobre todo por sus años como cómica en Saturday Night Live, también se subió al escenario durante la ceremonia, en su caso para presentar el premio a mejor banda sonora original. Lo hizo junto al reparto de La boda de mi mejor amiga, película que protagonizó en 2011 y que este año celebra su 15º aniversario —un cómico momento que los fans no han desaprovechado para pedir una secuela del filme—. Este título sigue siendo uno de los más recordados de la intérprete, que pausó su carrera durante una época para poder dedicar más tiempo a su familia.