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“Sentimos la ausencia de muchas voces palestinas, escritores y escritoras, que han sido masacradas durante estos tres años”, comenzó el poeta palestino Mohamad Bitari antes de recitar dos textos, en árabe y castellano, sobre su madre —nuestras madres— y su abuela —nuestras abuelas—. Es decir: sobre la memoria. Bitari nació en el campo de refugiados de Yarnouk, en Siria, porque su familia huyó de Nazaret durante la Nakba, en 1948, cuando se fundó el Estado de Israel. Estudió Filología Hispánica en Damasco y se exilió a Barcelona tras la persecución del gobierno sirio por sus trabajos periodísticos críticos con el gobierno de Bachar el-Asad. Ahora escribe, traduce, tiene una editorial, Éter Edicions. Es una muestra de la cultura palestina, la que sucede en Palestina o allí donde moran los palestinos fuera de su tierra, por todo el mundo.

Con la estupenda Guerra y lluvia, el escritor bosniocroata Velibor Čolić (Modrića, Bosnia-Herzogovina, 1964) culmina la trilogía del refugiado que incluye sus anteriores Manual de exilio y El libro de las despedidas, sin olvido, por supuesto, de Los bosnios, su primer y turbador librito que publicó en Europa, abrigado por la crítica, y en el que mostró la sevicia de la guerra de Bosnia (1992-1995) a través de pequeños textos escritos como esquirlas y restos de metralla.

Nicolas Gabard (Nantes, 57 años) llega con cinco minutos de antelación a la entrevista, pero camina con paso ligero, como si llegara tarde. Lleva un traje de lana fina, color cámel, y una camisa de popelina de un vivaz azul cielo. Saluda, confesando que se había olvidado de la entrevista, y se disculpa por su apariencia. Va impecable.
El deseo sexual es ese impulso difícil de medir, de cuantificar, de diagnosticar o de almacenar para su posterior uso. Es transversal y, aunque nunca desaparece, se refugia en lugares oscuros e insospechados. No es difícil recuperarlo, pero requiere de una cierta dedicación, o de un cambio de perspectiva, para divisarlo de nuevo, esperando su turno para actuar. Cuatro personas cuentan su peculiar manera de reencontrarse con esta pulsión de vida.
Con la llegada del verano, la temporada de vacaciones por excelencia, muchas personas visitarán pueblos o segundas residencias o se irán hacia la costa o las islas españolas; otros viajarán por Europa; y habrá quienes tengan billetes de vuelos de larga distancia. En 2024, casi 1.100 millones de pasajeros viajaron en avión en la Unión Europea; casi uno de cada tres lo hizo en rutas de 2.000 kilómetros o más, según Eurostat. Durante estos trayectos de duración extensa puede haber personas que no presten la suficiente atención a la salud y a la comodidad. La situación de inmovilidad en el asiento del avión durante un periodo prolongado de tiempo puede suponer desde síntomas más sutiles como pesadez en las piernas hasta otros más graves como una trombosis, en lo que se conoce como el síndrome de la clase turista.
Los hoteles only adults suelen presentarse como una propuesta orientada al descanso, la tranquilidad o el bienestar. Para muchas personas, representan simplemente una opción más dentro de la oferta turística. Sin embargo, el crecimiento y la normalización de estos espacios merecen una reflexión que va más allá de la libertad empresarial o de las preferencias de consumo. Nos obligan a preguntarnos qué nos indica este fenómeno sobre cómo nos relacionamos con la infancia. La cuestión no es si los adultos tienen derecho a descansar. Por supuesto que lo tienen. Tampoco se trata de negar que existan contextos en los que determinadas experiencias estén específicamente diseñadas para un público adulto. El debate relevante es otro: ¿por qué la presencia de niños y niñas parece generar incomodidad en determinados espacios compartidos?

Puede que, en un quinto piso sin aislamiento en Vallecas, un barrio popular al sur de Madrid, el termómetro supere los 30 grados. La ventana está abierta, pero no entra ni una brisa de aire fresco. El edificio de cemento sigue irradiando el calor acumulado durante el día. A kilómetros de allí, en barrios próximos a grandes zonas verdes como Aravaca o el entorno de Retiro, la noche es distinta. Los árboles del parque amortiguan el calor, las fachadas reflejan parte de la radiación y los vecinos duermen con relativa normalidad. La temperatura interior puede ser de hasta ocho grados menos. Allí, el verano sigue siendo incómodo, pero en el otro barrio se transforma en una amenaza. No es solo una sensación desagradable en el cuerpo.
La sangre que circula por las arterias lleva oxígeno, nutrientes y mucha información sobre nuestro estilo de vida. Ahí, en el caudal que avanza por esas tuberías e irriga el corazón, deja huella el sedentarismo, nuestra alimentación más o menos saludable y también, según un artículo reciente, la contaminación a la que estamos expuestos. Una investigación publicada este miércoles en la revista European Heart Journal ha detectado más microplásticos en la sangre de pacientes con infartos que en personas sanas o con una cardiopatía isquémica crónica. En fumadores y personas más expuestas a la contaminación del aire también se observó una mayor presencia de estos materiales microscópicos.
En lo más profundo de Boiro, en la falda que forma la península de Cabo de Cruz con vistas a la ría de Arousa, hay un leñero que no se parece a ningún otro en el pueblo. Tampoco en la comarca del Barbanza, ni casi seguro en la provincia de A Coruña. Es el centro de operaciones de Triángulo de Amor Bizarro, la banda gallega que, tras más de 20 años de historia, se ha erigido como una de las formaciones más interesantes y referenciales de la música independiente española. “Aquí se guardaba la leña, pero nosotros, poco a poco y a medida que nos lo podíamos permitir, fuimos remodelándolo hasta convertirlo en lo que es ahora”, explica Rodrigo Caamaño, guitarrista y cantante de Triángulo de Amor Bizarro. El músico señala orgulloso esta parte de la casa que comparte con Isa Cea, bajista y cantante del grupo. Bajo el techo del leñero, descansa una coqueta estancia que sirve de estudio de grabación y local de ensayo. Para entrar, es necesario abrir una puerta grande y ancha, hecha por uno de los artesanos de toda la vida de Boiro, el de las carpinterías Arca, ya jubilado. “Se parece a la de un barco. Cuando se lo propusimos, el carpintero nos dijo que nunca había hecho una puerta para un estudio de grabación. Improvisó y la hizo al estilo de las embarcaciones que se ven por aquí. Con este aire y esta madera así de gorda”, dice Caamaño mientras abarca el grosor con la mano. A lo que apunta con una sonrisa el baterista Rafael Mallo: “Cuando el carpintero trabajaba en ella, decía a los paisanos que le preguntaban: ‘Esta puerta es para la casa de los músicos’”.