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El primer encuentro oficial de Hansi Flick como entrenador del Barcelona, en agosto de 2024 en Mestalla, simbolizó el inicio de una nueva era que, condicionada por las dificultades económicas del club y del fair play financiero, se agarraría a La Masia como salvavidas, pero también como éxito. Aquel partido materializó el reencuentro en el once inicial de tres futbolistas criados juntos en la cantera azulgrana. Era la generación de 2007, comandada por Lamine Yamal desde la banda, Pau Cubarsí en el eje de la defensa y Marc Bernal en el centro del campo. Nacieron dos décadas después de la hornada de 1987, un irrepetible cadete invencible que pasó a la historia de la mano de Cesc Fàbregas, Gerard Piqué o Leo Messi. Aquellos tres futbolistas, años después, se reunieron en el primer equipo. Un símbolo de que La Masia, emblema azulgrana y semilla de éxitos sostenidos que culminaron con la imagen del podio del Balón de Oro de 2011, siempre reaparece. Incluso Tito Vilanova llegó a alinear, el 25 de noviembre de 2012, un once íntegramente formado por canteranos. Y hoy, La Masia es también el éxito del Barça en la Liga: esta temporada, alrededor del 50% de los minutos del Barça pertenecieron a jugadores formados en la cantera. Nueve futbolistas del primer equipo proceden de ella y reúnen un valor de mercado de 610 millones de euros, según el portal especializado Transfermarkt. Y entre ellos, la generación de 2007.
La noticia de la muerte es un trastorno violento y brusco al principio, y muy lento después. Uno siempre recuerda lo que dejó de hacer tras colgar el teléfono o recibir el abrazo, porque morirse es también el privilegio de parar el tiempo a los que se quedan. Hansi Flick, en cambio, se rebeló este domingo contra el reloj en uno de esos momentos tan extraños en los que el final de otro nos recuerda lo vivos que estamos. “Man muss die Feste feiern, wie sie fallen [Las fiestas hay que celebrarlas cuando llegan]”, dice el dicho alemán.
Todo baila en la cabeza de los ciclistas del Giro, que vuelan a Calabria desde Sofía la noche del domingo, y se preparan para ascender por la península hasta las montañas de la frontera y la guerra con Austria en un viaje de 20 días. Es día de descanso. Pocos duermen bien, y ni los orfidales les ahorran las pesadillas a muchos, conmocionados aún por el bum catacrac, crujido de huesos astillados y dientes, rostro ensangrentado, modelo para eccehomo, de Adam Yates, quejidos, de la caída sangrienta de la segunda etapa, llegando a Veliko Tarnovo durante la excursión búlgara. Para Thomas Silva, de 24 años, el día de la pesadilla de todos fue el de su anhelo cumplido, duerme profundo y solo le desvelan sueños que son rosa lindos, como la maglia que viste.

Como demuestra el profesor y escritor Jordi Rincón en las páginas de La sabiduría de los clásicos, los filósofos del mundo antiguo nos dejaron reflexiones brillantes que, curiosamente y por extraño que pueda parecer, siguen más vigentes que nunca tres milenios después, en la era de internet, los smartphones y las redes sociales. Al fin y al cabo, los desarrollos tecnológicos han cambiado el mundo, pero nosotros, los seres humanos, seguimos siendo los mismos.











En los últimos meses, la sociedad española ha hecho frente a una serie de episodios vinculados con la salud pública con amplia cobertura mediática. Episodios cuyo nexo común es el papel fundamental de la ética en la gestión de las políticas de salud pública.
El siglo XXI para las universidades europeas vino de la mano de la Declaración de Bolonia y de su promesa de un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Bajo el marco legal del Acuerdo General de Comercio de Servicios de 1995 de la Organización Mundial del Comercio, y el propósito político de la Unión Europea contenido en la “Quinta Libertad”: la libre circulación de conocimientos, las sociedades europeas empezaron a cambiar su mirada sobre la universidad. Un proceso tan exitoso como impreciso en sus términos.
Elijo el unamuniano título sin saber contra qué voy a escribir. Y pronto compruebo que no lanzarme de inmediato a buscar contra qué despotricar me sume en un beatífico estado flotante, de agradable y sencilla calma, como si hubiera vuelto a la vida que vivía antes de que “el horror–el horror” del mundo me empujara a la escritura.

Hace unos meses firmé un contrato mercantil que me proporcionó más alegría de la habitual, que ya es bastante. ¿El motivo? Una cláusula me comprometía a no usar IA en la escritura del guion que se me encargaba. Mi abogado —y el de tantos guionistas—, el experto en propiedad intelectual Tomás Rosón, añadió al documento una obligación equivalente para mis pagadores: la productora no alimentaría ningún tipo de IA con mi trabajo. Aceptaron sin inmutarse. Me alegró mucho, por lo que supone de contraintuitivo sobre el sistema, esclavo de la productividad, y porque se trata de una compañía hacedora de series de éxito, no son debutantes idealistas.
Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.

Son muchas las vidas que ha tenido Safo desde la Antigüedad hasta nuestros días. Si según Christine de Pizan, en La ciudad de las damas, a la muerte de Platón encontraron bajo su almohada unos poemas de Safo, seguro que Lawrence Alma-Tadema se inspiró en la lírica de Alceo cuando pintó a la bella Safo con cabellos ceñidos de violetas y dulce sonrisa. Aristóteles alabó su don de palabra y Ovidio nos recuerda que ella misma se lamentaba de no ser bella, de baja estatura y de piel morena. Muchos han visto en ella a la verdadera reveladora del amor en Occidente, “esa pequeña bestia dulce y amarga”; otros se han valido de su figura en la reivindicación de la igualdad de género. Quizás es ahí donde hallamos más usos y abusos de la poetisa de Lesbos, para unos una tríbada impúdica amante de mujeres que debería arder toda la eternidad en el infierno, para otros la sacerdotisa de un culto que propagaba la revolucionaria y justa idea de que ni se nacía mujer ni se llegaba a serlo si una no quería. Ambos extremos nada tienen que ver con la realidad.
