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Yo también estoy enganchada a La vida secreta de las esposas mormonas. El reality de Hulu que ha destronado en visionados a las Kardashian, y que estrenó su cuarta temporada en Disney+ en España este jueves, es uno de mis refugios disociativos predilectos desde que se estrenó su primera temporada en 2024. Si soy yonqui de la vida de este grupo de madres influencers es porque combina dos de mis vicios favoritos: trata sobre la cultura mormona y se narra bajo los parámetros de la telerrealidad estadounidense —sí, también hay imperialismo en este formato: lo bordan—. Como esto no va de mis filias particulares, sino de un artefacto cultural en concreto, analicemos cómo esta serie documental sobre unas madres que supuestamente solo hacían coreografías desde casas tan aspiracionales como deprimentes se ha convertido en un fenómeno global imparable y por qué, por encima de todo, es la narración postelevisiva que mejor capta el horror gótico de nuestros tiempos.

Dos semanas después de su estallido, la guerra en Irán ha entrado en una fase en la que, de forma paralela a la respuesta militar, la estrategia de Teherán pasa por declarar la guerra a la economía global. Los misiles y drones iraníes han atacado instalaciones de gas y petróleo en Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, y han bloqueado el estrecho de Ormuz, lo que ha disparado el precio del crudo, ha provocado una sacudida en las Bolsas y tiene el potencial de desatar una crisis económica global con graves consecuencias también para los promotores del conflicto. Este sábado, Estados Unidos bombardeó instalaciones militares en la isla de Jarg, la principal terminal petrolera de Irán.
¿Sigue siendo creíble Ursula von der Leyen? El lunes causó un terremoto. Proclamó que el sistema internacional “basado en reglas” está amortizado. Y que como “ya no podemos confiar en él como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar formas creativas de abordar las crisis”.

He pasado los 80 y no siento que haya llegado la hora de despedirme de la escritura, como ha hecho mi contemporáneo, al que tanto admiro, Julian Barnes, porque cree que ya ha tocado todas sus melodías.
No habían pasado ni tres horas desde que a finales de febrero PP, Vox y Junts votaron en contra de prolongar el escudo social cuando a los juzgados de toda España comenzaron a llegar correos de abogados pidiendo que se reactivasen los desahucios paralizados desde 2020. El Decreto vigente no había logrado los apoyos políticos suficientes y desde ese día, el término “vulnerable” ya no salva a nadie de terminar en la calle.

Javier Muñoz entró el miércoles en la sala de la Audiencia Provincial de Valladolid haciendo crujir el suelo de madera y se sentó en la silla ante el tribunal. A sus sesenta años, acudía como testigo para contar cómo fue la última despedida de su padre, Mariano, fallecido el 17 de marzo de 1997. Javier es solo uno más de la lista de 5.973 presuntos perjudicados por el “fraude de los ataúdes”. El 2 de marzo arrancó el juicio del llamado “caso funeraria”, en el que se sientan en el banquillo 23 trabajadores y responsables del Grupo El Salvador, una macroempresa de servicios fúnebres con siete tanatorios en la provincia de Valladolid y un cementerio en Santovenia, a siete kilómetros de esa ciudad.

Quedamos a la una de la tarde en un bar de menú en una de esas callejuelas de detrás de la Gran Vía de Madrid donde lo mismo te encuentras a los colegas de la oficina comiendo solos con el móvil que a unos guiris tratando de descifrar lo que es el potaje de vigilia y las torrijas. Coronas llega pelín tarde, avisando cada cinco minutos por SMS, eso sí, porque no gasta WhatsApp, pero lo cortés no quita lo valiente, ni viceversa. Vestido entre motero y hippie, con unas gafas de presbicia colgando del cuello, se pone a las órdenes del fotógrafo y empieza provocando: “La entrevista está muy bien, pero tú y yo sabemos que lo que importa es la foto”. Va de farol, porque luego entra, noblote, a todos los trapos.

Javier Coronas (Barcelona, 56 años) inició su carrera como locutor y colaborador en medios de comunicación en Zaragoza, pero confiesa que, cuando empezó realmente a disfrutar de la vida, fue cuando se la jugó profesionalmente y decidió dedicarse al humor en exclusiva. De eso hace un cuarto de siglo. Desde 2008, es el presentador de Ilustres ignorantes (Movistar Plus+), la tertulia de humor por la que han pasado cientos de invitados con la única premisa y guion de sacarle punta a a todo y a todos. Sus regalos absurdos para los invitados son tan míticos como sus capotes y estocadas a sus compañeros. Desde septiembre de 2025, Raúl Cimas ocupa en la mesa el hueco dejado por la baja de Javier Cansado mientras se recupera de un cáncer.
“Más de un millón de personas han visto la charla Tedmed de Marc. Más de 7.000 millones, no”. La página de presentación de Marc Abrahams en la web de la comunidad que dirige, Improbable Research (“investigación improbable”), da pistas sobre quién es y cómo el sentido del humor gobierna su vida. Matemático aplicado por Harvard, Abrahams (Newburyport, EE UU, 70 años) fundó Wisdom Simulators, una empresa que usaba ordenadores para que la gente practicara tomando decisiones imposibles. Es decir, antes de los Ig Nobel, ya le obsesionaba la improbabilidad.

Karina Sainz Borgo (Caracas, 44 años) revolucionó el panorama literario español e internacional con la publicación de su primera novela, La hija de la española (Lumen, 2019), traducida a más de 20 idiomas; se consolidó como una novelista sólida con El tercer país (Lumen, 2021), y experimentó con La isla del doctor Schubert (Lumen, 2023). Ahora publica Nazarena (Alfaguara, 2026), una saga familiar en la que ocho hermanas viven en una casa como en una jaula, al mismo tiempo que está inmersa en la promoción de Aún es de noche en Caracas, la película de Mariana Rondón y Marité Ugás basada en La hija de la española, que se estrenó en los cines de Chile, Argentina, Bolivia, Colombia, México, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Panamá y que llegará a finales de marzo a Netflix.
