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José Manuel Restrepo despacha temporalmente desde el centro de negocios de un exclusivo hotel en la zona financiera de Bogotá. Economista, exministro y ahora vicepresidente electo, el bogotano que se acerca a cumplir 56 años es un vocero fundamental del entrante Gobierno de Colombia, el que lidera Abelardo de la Espriella. Participa en la conformación del equipo de gobierno, se encarga de parte de las relaciones internacionales de un presidente volcado a ello, activa sus vínculos con gremios, académicos o medios. En plena crisis por el anuncio del saliente presidente Gustavo Petro de desconocer la victoria del ultra en las presidenciales y la suspensión de las reuniones de empalme, exuda serenidad mientras charla con EL PAÍS en uno de los momentos que tenía destinados a los encuentros con el Ejecutivo saliente.

Ernesto Sanabria, secretario de Prensa del Gobierno del presidente Nayib Bukele, representa uno de los casos más llamativos del surgimiento en El Salvador de un nuevo club de millonarios que ha prosperado bajo el paraguas del controvertido mandatario, quien llegó al poder presentándose como un mesías antipolítica que prometía dignificar a los pobres. Sanabria, cuyo patrimonio pasó de 269.884 dólares en 2019 —cuando Bukele asumió el poder— a más de dos millones en 2026, protagoniza la bonanza que ha caído como maná dentro del círculo cercano de colaboradores, leales y familiares del bukelismo.


El 28 de mayo finalizó mi etapa como periodista en Ucrania. Mi madre opina que me he vuelto “eslavo”. Con eso quiere decir que me he vuelto menos efusivo. Hay amigos que aseguran que me he “asalvajado”. Para ellos esto significa que lo relativizo todo, desde las convenciones sociales a la protección del Amazonas. Desde que cerré mis cuatro años y tres meses en Ucrania estoy descomprimiendo, reduciendo presión, adaptándome a la vida en paz.


Un padre carismático y autoritario, un monarca feudal a quien el destino negó un heredero varón. Tres hijas: Gonerilda, Regania y Cordelia. Rencores, traiciones y el asesinato, solo político en este caso, del gran progenitor a manos de la pequeña, la más querida. La historia del patriarca de la familia Le Pen en Francia es la de todo un Rey Lear contemporáneo. Aunque ellas fueran, en realidad, Marie Caroline, Yann y Marine. Y él, Jean-Marie, fundador del Frente Nacional en 1972.

Un libro impactante que se ha convertido en un fenómeno editorial en Italia ha terminado de destapar un polémico mecanismo legal en el que, según las ONG, se han visto atrapadas más de 3.300 personas, entre ellas menores, en la última década. Esas personas han sido condenadas a duras penas de cárcel, incluso de 30 años, acusadas de favorecer la inmigración ilegal en el Mediterráneo solo porque les tocó llevar el timón de la patera con la que viajaron, a menudo por ser los únicos que sabían hacerlo o simplemente por parecer que tenían alguna responsabilidad a bordo.

La historia tiene todos los ingredientes de un thriller de espionaje: una bomba colocada en la puerta de un edificio de lujo, la huida por media Europa del principal sospechoso, que resultó ser una mujer cuyo cadáver apareció después enterrado en un bosque de Kiev, y la supuesta implicación de agentes de la inteligencia ucrania en su ejecución.
Mahmoud Khalil es un hombre con una losa. La amenaza de expulsión de Estados Unidos le impide hacer planes. El mes que viene puede estar en su casa en Nueva York, con su mujer y su hijo, o en cualquier otro sitio del mundo. “Tengo sobre mí todo el peso de la Administración de Donald Trump, intentando deportarme como sea”, afirma. Su caso ha trascendido hasta erigirse en un emblema de la lucha no solo por la causa palestina sino por la libertad de expresión en Estados Unidos. “Vinieron a por mí e irán contra cualquiera que disienta”, dice rotundo en una entrevista con EL PAÍS.

Para hablar del nuevo director ejecutivo y presidente de Heineken es interesante fijarse en el espacio negativo, en lo que no es. Rafael Oliveira (Río de Janeiro, Brasil, 51 años) no es neerlandés, no viene del mundo del lúpulo o del alcohol y no ha subido a la planta más alta de la segunda cervecera más grande del mundo por la escalera interior. Rafael Oliveira es un forastero, el primero en dirigirla en sus más de 150 años de historia después de que las plegarias de más de un accionista hayan sido escuchadas.

Los parroquianos del bar La Campana comentaban antes de la partida de dominó que tenía que hacer ya un año de lo que le pasó a Domingo. Domingo Tomás fue protagonista involuntario de unos sucesos por los que su pueblo, Torre Pacheco, abrió telediarios nacionales y portadas de prensa extranjera. La razón es que recibió una paliza por parte de tres hombres de origen magrebí a las afueras del municipio cuando salió el 9 de julio de 2025 a su caminata matutina. Su cara ensangrentada se convirtió en la bandera de la ultraderecha para promover una cacería contra el migrante. Aunque los violentos sucesos desencadenados llegaron a prometer más sangre que la vertida finalmente, sí dejaron heridas que todavía no han cerrado en este municipio de unos 40.000 habitantes del Campo de Cartagena, levantado con la fuerza lumbar y el sudor de miles de magrebíes que vinieron en los 90 a cosechar estas tierras.



Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.
