Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
Los filósofos llevan siglos reflexionando sobre ello: ¿Cuál es la esencia de Europa? Hace algunos días falleció Jürgen Habermas, que defendió que Europa es el lugar donde la democracia avanza gracias al diálogo. George Steiner, en La idea de Europa, cifró la singularidad del continente en sus distancias (a escala humana), en la existencia de cafés y en el peso de su historia, que a veces conduce a la melancolía; y Peter Sloterdijk considera que la civilización europea se caracteriza porque coloca el poder espiritual por encima del poder pasajero de la fuerza. No obstante, Internet no le da tantas vueltas: la esencia de Europa se encuentra condensada en el bigote de Roberto Conigliaro, una mata de pelo negro bajo unas gafas de sol setenteras donde caben las ideas de todos esos pensadores.
Las cifras de niños muertos en 2024, las últimas disponibles, por hambre extrema y otras causas derivadas de la pobreza, reveladas por Naciones Unidas, deberían por sí solas provocar un escándalo mundial y forzar la restauración inmediata de la ayuda al desarrollo por parte de todos los países que la han reducido o suprimido siguiendo el nefasto ejemplo de EE UU. Este auténtico fracaso mundial es la demostración de las consecuencias mortales que tiene la demagogia política aplicada contra los más indefensos. De acuerdo con el informe del Grupo Interinstitucional de la ONU para la Estimación de la Mortalidad en la Niñez, en 2024 unos 4,9 millones de niños menores de cinco años murieron en todo el mundo por causas perfectamente prevenibles. De ellos, casi la mitad fallecieron antes de cumplir los 28 días de vida. Hay al menos 100.000 casos anuales documentados de hambre aguda. Es decir, cada cinco minutos —poco más de lo que se tarda en leer este texto— un niño o niña menor de cinco años morirá de hambre. Para Unicef, se trata de una situación crítica para la infancia comparable a la de la Segunda Guerra Mundial.
La lectura de las conclusiones de la cumbre europea celebrada este jueves es un ejercicio deprimente. Aun teniendo en cuenta las consabidas dificultades de una entidad plural como lo es la UE, el abismo entre lo que las dramáticas circunstancias actuales del mundo requieren y el contenido de la respuesta es algo que genera un desaliento profundo. El abismo se abre tanto en el plano moral como en el práctico. La constatación moral es cristalina: como en el caso de Gaza, los Veintisiete no están en condiciones de decir lo obvio e imprescindible en la guerra de Irán: que es una acción ilegal y que no es compatible con nuestros valores. La constatación práctica también lo es: las medidas para paliar los efectos de la crisis energética serán lentas, y el imprescindible apoyo a Ucrania sigue bloqueado por el veto de Orbán. No todo son nubes en el cielo europeo, y no hay que olvidarse de los claros —como que muchos aspiran a entrar en nuestro club—. Pero las que lo pueblan son gordas y oscuras, conviene no ocultarlo.
Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.
No hay una ciencia china. La ciencia es una, y la mejor prueba es la forma en que el gigante asiático se está convirtiendo, sin pausa pero con prisa, en una potencia científica como cualquier otra.
La felicidad no es como el PIB, el salario o el paro, que pueden medirse con números y gráficos, pero ya hay índices importantes que dibujan un mapa veraz y muy inquietante de la realidad. Y que deberían despertar muchos interrogantes. Uno de ellos viene de la Universidad de Oxford, ahora lo analizamos. Otro es El Idealista, que tal vez debería pasar a llamarse El Iluso.
Cada vez que recojo a mi hijo de dos años tras las visitas con su padre, no solo abrazo su cuerpo, sino que intento rescatar su luz. Vuelve sucio, hambriento, incluso enfermo y con una mirada de desamparo que ningún niño debería conocer. Mi denuncia por violencia de género fue archivada, pero el maltrato no cesó; simplemente mutó en violencia vicaria. Hoy, mi hijo es un rehén del sistema. Mientras Servicios Sociales me recuerda que su bienestar es “mi responsabilidad”, me veo obligada a enviar maletas con comida y pañales que su progenitor se niega a proveer. Para él, el niño no es un hijo sino una herramienta de castigo contra mí. Muchos expertos advierten que la infancia es la gran olvidada. Sin embargo, las instituciones siguen priorizando el “derecho de visita” de un padre por encima de la dignidad y seguridad de un menor vulnerable. El Estado no puede seguir siendo cómplice de este maltrato invisible bajo el pretexto de una supuesta coparentalidad que, en la práctica, es negligencia protegida. ¿Cuántas miradas apagadas más necesita el sistema para reaccionar? Somos muchas las que pasamos por esto y no pedimos privilegios; solo exigimos justicia para quienes no tienen voz.

Después de pasar la mayor parte de su vida en el mundo corporativo, conviviendo con la presión de las ventas, el estrés y la ansiedad, Cristian Blanch decidió dar un giro a su vida y empezó a compartir su pasión por el yoga y la meditación a través de su cuenta de Instagram. En poco tiempo se hizo con un gran número de seguidores y pudo dejar su trabajo para dedicarse solo a su pasión: la divulgación de la meditación a través de las redes sociales. Hizo charlas, clases, vídeos, imágenes, presentaciones; en definitiva, un montón de contenido online que se convirtió en su sustento vital. “Hasta que me di cuenta de que alguien estaba usando mi imagen para estafar a otros. Recibí mensajes de personas que habían pagado por estos servicios y no recibieron nada”, cuenta Blanch, de 46 años. “Me pedían ayuda y yo me sentí completamente fuera de todo. No sabía qué era real y qué no lo era”, añade.



Tres agentes de la Ertzaintza se presentaron el pasado mes de febrero en el centro para personas de la tercera edad Bonaparte, en el barrio de Santutxu de Bilbao, para comunicar a los ancianos que no iban a poder seguir celebrando el tradicional bingo semanal. Es una de las actividades de entretenimiento que organiza este hogar de jubilados y en la que habitualmente suelen reunirse más de 100 personas que participan pagando la simbólica cantidad de 20 céntimos por cada cartón. Un salón de juego ubicado en las proximidades del centro social presentó una queja porque los mayores jugaban con dinero, dieron aviso al Departamento de Seguridad y desde ese día ya no hay bingo. Los ertzainas les advirtieron de que mantener esta actividad lúdica les podía acarrear una sanción de hasta 60.000 euros.