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Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.

Ya hace tiempo que en los palacios del poder se sabe que la fiscal superior de Madrid no traga al fiscal general del Estado, así que esa mañana temprano, cuando Álvaro García Ortiz la llama por teléfono hasta seis veces seguidas y le envía un torrente de mensajes de texto, Almudena Lastra no le responde, sino que termina de arreglarse y a eso de las 8.30 sale de su domicilio y se dirige en coche al despacho. La noche anterior, cuando su jefe de prensa le advierte, muy nervioso, de que García Ortiz anda removiendo Roma con Santiago para tratar de desmentir una noticia falsa que ha puesto en circulación el diario El Mundo, Lastra le responde: “Tranquilo, Íñigo, apaga el teléfono y vete a dormir”.

De todos los escenarios posibles abiertos cuando el pasado 28 de febrero Donald Trump y Benjamín Netanyahu ordenaron atacar Irán —sin excusa alguna de legítima defensa o mandato internacional, sin autorización del Congreso de EE UU y sin informar a la OTAN—, la guerra se encuentra en uno de los más nefastos.
La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundhati Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.
En la recta final de marzo no es mala cosa elevar la mirada al deambular por las calles, porque de los poyetes de las ventanas y entre los barrotes de los balcones asoma mucha belleza. Como la de varias plantas suculentas que no se detuvieron en el invierno y prosiguieron la marcha para crear tejidos nuevos, hojas lustrosas e incluso flores. En este grupo hay un género muy amplio, con gran cantidad de especies: los sedos.


Tenía razón Mark Carney, entonces presidente de La Vieja Dama (el Banco de Inglaterra) y actual primer ministro de Canadá, cuando echó una sonora bronca a los dirigentes de las grandes aseguradoras por no tener en cuenta el riesgo que corrían si se producía una nueva guerra en el Golfo y quedaban implicados países como Qatar o los Emiratos. Se está viendo ahora: “Si el tránsito por [el estrecho de] Ormuz no pasa a ser de un riesgo normal”, asegura un analista muy respetado en la Casa Blanca, “el sistema económico global pasará de una simple subida de precios a un complicado sistema de racionamiento de combustible y, finalmente, se usará una logística supervisada por la fuerza militar”. En inglés, con cuatro palabras lo resumes: será tan malo que llevará a mayor inflación y menor crecimiento. ¿Por qué? Hasta el momento nadie sabe explicar bien cómo se ha podido llegar a la situación actual. Es, dicen algunos analistas, una guerra sin un porqué.
La guionista Gaba Agudo Adriani buscaba con el GPS la casa de una amiga en Caracas cuando acabó frente a una calle cerrada por uniformados y controles. Tardó varios segundos en entender no solo que allí vive Delcy Rodríguez, sino quién es ahora Delcy Rodríguez. Ese instante de desconcierto resume bien una sensación común ante el nuevo momento del país. Después de años atrapada en la espera del cambio, Venezuela ha entrado en una nueva etapa sin que sus ciudadanos terminen de saber dónde están parados. La realidad se movió de golpe, pero sigue envuelta en una mezcla de optimismo e incertidumbre. Algo cambió: lo difícil es definir cuánto, hacia dónde y por cuánto tiempo. Aunque sí parece irreversible.

El Palau de la Virreina està massa ben proporcionat per comparar-lo amb el castell del vampir tortuós on Mark Fisher denunciava que s’havia reclòs la cultura política de l’esquerra contemporània, que et xucla les ganes de viure a força de culpa i linxament moral. Però pujo la doble escalinata d’aquesta joia de l’arquitectura civil catalana, a la part alta de la Rambla de Barcelona, i penso que el fantasma de Fisher podria flotar molt a gust entre aquests murs, ell que deia que el present està embruixat pels futurs que se’ns van prometre però mai van arribar. Sigui com sigui, el seu esperit és prou poderós per fer que passin coses un divendres primaveral a les set de la tarda: no queda ni una cadira lliure a la sala d’actes de la Virreina per assistir a la sessió de Desig postcapitalista, un cicle de conferències que homenatja el curs homònim que Fisher no va poder acabar perquè es va suïcidar. Entre el públic reconec acadèmics, polítics, poetes i podcàsters, la majoria és jove i milita en una estètica vagament desafecta que em transporta als anys en què vaig estudiar a la Facultat de Filosofia de la UB, al Raval. A mitja conferència, la politòloga Alícia Valdés diu: “Totes coneixem la frase que es diu que és de Jameson, que també es diu que és de Fisher, que després es diu que és de Žižek, la de “és més fàcil imaginar…”, uix ara tindré un lapsus… bé, ja ho sabeu, la frase”.
El bufete americano Baker McKenzie estudia un recorte de su plantilla de hasta el 10% de su fuerza laboral. La noticia fue adelantada hace un mes por el portal británico de información legal RollOnFriday, y más tarde recogida por la agencia Bloomberg y por medios como Law.com. Pero los candidatos a recibir la temida carta de despido no son abogados, sino los trabajadores de apoyo documental y administrativo. De acuerdo con estas informaciones, el ajuste podría implicar la salida de entre 600 y 1.000 profesionales, sobre todo localizados en las oficinas de Londres y Belfast, pero con efectos también en sedes extranjeras.
En 2022, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid declaró procedente el despido de una trabajadora de una empresa de gestión de litigios, sustituida por un sistema automatizado capaz de conseguir en 11 días tareas que antes requerían 287 jornadas. En este caso, el tribunal consideró que sí concurría una causa organizativa de peso. En cambio, en 2019, un juez de Las Palmas declaró improcedente el despido de una administrativa porque la compañía solo alegó “mejora de eficiencia” por automatización. El fallo subrayó que las empresas deben acreditar necesidades reales, no caben excusas vagas, para justificar el despido.