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En el Norte Global la caza dejó hace tiempo de ser una actividad de subsistencia para convertirse en una práctica de ocio, pero esa transformación no ha sido así en todo el mundo. En amplias zonas del planeta, la caza sigue siendo una actividad vinculada a la supervivencia. Particularmente en África Central conviven la caza deportiva de alto coste en reservas privadas con prácticas ilegales vinculadas al comercio de especies, y con otras formas tradicionales de caza que garantizan el consumo de carne en enormes extensiones donde la ganadería no existe, no es económicamente viable o no es suficiente para abastecer a las poblaciones.

Solo 24 personas han visto la cara oculta de la Luna con sus propios ojos en toda la historia de la humanidad. Todos ellos eran hombres, estadounidenses y blancos: los tripulantes de las nueve misiones Apolo que, entre 1968 y 1972, viajaron al entorno lunar. Solo cinco de ellos siguen vivos, y ya tienen más de 90 años. Ahora, cuatro astronautas más —entre ellos, una mujer, un hombre negro y un canadiense— podrán sumarse a ese selecto club si la misión Artemis 2 culmina con éxito su viaje espacial de casi 10 días. Su despegue está previsto para la tarde de este miércoles 1 de abril desde la costa de Florida (EE UU), pero podría aplazarse por cualquier pequeña anomalía detectada durante la cuenta atrás o si empeora la previsión meteorológica.
Lori Glaze es física, experta en vulcanología planetaria, y administradora asociada en funciones de la agencia espacial de Estados Unidos, NASA. La responsable atiende a EL PAÍS en el Centro Espacial Kennedy, a pocos metros del icónico hangar donde se construyen y reparan sus cohetes. A la derecha, a unos cinco kilómetros de distancia, apunta hacia el cielo el SLS, el cohete más potente de la historia, que tiene previsto despegar el miércoles con los cuatro astronautas de la misión Artemis 2, el primer viaje tripulado a la Luna en más de 50 años.
Los que pudieron verlo lo tomaron como una señal de buen augurio. A la caída de la tarde comenzó a chispear en el Centro Espacial Kennedy de la NASA, y un espectacular arcoíris apareció en el cielo mientras en el horizonte se levantaba imponente el cohete SLS, que debe despegar este miércoles con cuatro astronautas para llevarlos a la Luna. La cuenta atrás había comenzado poco antes, y todo parece listo para el encendido de motores, previsto para las 18:24 hora local.

El mundo no está hoy mejor preparado para una pandemia que antes de la covid-19. Al contrario, el riesgo es mayor. Con esta advertencia, Richard Hatchett, director ejecutivo de la Coalición para las Innovaciones en Preparación ante Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), resume el momento actual de la salud global. El epidemiólogo estadounidense acaba de pasar por Madrid para presentar la nueva estrategia de esta alianza internacional, creada en 2017 para acelerar el desarrollo de vacunas frente a amenazas infecciosas emergentes. Su organización impulsa, entre otros objetivos, la llamada misión de los 100 días: reducir a poco más de tres meses el desarrollo de vacunas frente a un nuevo patógeno.


Los días mayores de la Semana Santa han traído estabilidad a toda la Península. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) ha informado de que este miércoles continuarán las fuertes rachas de viento, con temperaturas acordes a la época del año. El portavoz de la Agencia, Rubén del Campo, ha señalado que habrá lluvias localizadas en el extremo norte, chubascos en Baleares y una cota de nieve en zonas de montaña, que se ha elevado a los 1.300 y 1.500 metros.
Este lunes el Gobierno, el Defensor del Pueblo y la Iglesia católica en España firmamos un histórico protocolo para activar un sistema de reparación a quienes siendo menores o personas con discapacidad sufrieron abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica y ya no pueden acudir a los tribunales de justicia. Este acuerdo ha culminado un proceso de negociación de dos años en el que el Gobierno ha apostado por el diálogo y el entendimiento, desde la firmeza en la defensa de las víctimas, para dar una respuesta eficaz a una realidad que había permanecido ignorada durante décadas.

Es imposible calcular cuántas películas o novelas existen sobre casas encantadas. El concepto sigue dando de sí: es tan simple, tan maleable y tan rico que el público, probablemente, no se cansará nunca. En Danza Macabra, el clásico ensayo de Stephen King sobre el miedo, narra una anécdota estupenda sobre cuando fue a ver Terror en Amityville (1979), uno de los ejemplos más famosos y taquilleros del género: mucha gente gritaba en el cine ante la visión de aquella casa que espantaba a una familia porque se oían voces, los cristales se rompían y un líquido viscoso surgía de los grifos y las paredes, pero una mujer detrás de él gemía de forma más pausada, íntima y trágica y en un momento dado susurró: “Imagínate las facturas”.



En su texto Escribir es dejar de ser escritor, Enrique Vila-Matas cuenta que eligió su profesión porque quería ser libre y no deseaba ir a ninguna oficina cada mañana. Cuando tomó aquella decisión, lo hizo sin saber que acabaría viviendo “como un topo en unas galerías interiores trabajando día y noche”. En entrevistas y memorias, muchos novelistas confiesan que, vocación aparte, lo que más deseaban cuando empezaron a escribir era esquivar el frío de la calle, quedándose en casa durante esas mañanas laborables que concentran los desplazamientos y las rutinas de la mayoría de los empleados. Poco después, se dieron cuenta de que “decir autor disciplinado es una redundancia”, como suele señalar Juan José Millás, porque la literatura exige muchas horas de concentración cada día.
Nunca olvidaré mi primer ataque de ansiedad en un avión. Llegué corriendo al aeropuerto, a punto de perder el vuelo. Logré embarcar y, aún agitada, me senté. Después del despegue, miré por la ventanilla y una sensación de pánico me invadió: mi corazón se aceleró, me faltaba el aire, temblaba y sentí que estaba perdiendo el control. Sabía que era una crisis de ansiedad. Intenté distraerme con el celular, caminé por el pasillo…, la angustia seguía ahí. Con el paso de los minutos cedió, pero dejó sembrada la duda de si iba a regresar. Como periodista de viajes, vuelo dos o tres veces al mes, y pensé: si desarrollo miedo a subirme a un avión, sería como un panadero que le teme a su propio horno.