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Donald Trump siempre ha dicho muchas cosas. Su verborrea le hizo pasar de empresario a estrella de la telerrealidad, y de ahí a la Casa Blanca en dos ocasiones. En las últimas cuatro décadas, al mundo nunca le ha faltado la oportunidad de saber la opinión de Donald Trump acerca de absolutamente todo. El problema es que de la palabra del presidente de Estados Unidos se espera una prudencia y una precisión acordes con el inmenso poder que conlleva lo que dice. Todos los jefes de Estado comprenden esta responsabilidad. Trump nunca se ha preocupado por darle ese peso a sus afirmaciones, y nunca en sus años en el poder eso ha quedado tan en evidencia como con sus declaraciones sobre la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán.

Los jóvenes son cada vez menos feministas. En España, entre los menores de 30 años, más de la mitad de los hombres y casi cuatro de cada diez mujeres creen que el feminismo se utiliza como herramienta política de manipulación. La tendencia es global: según una encuesta de Ipsos realizada en más de 30 países, la mayoría de los centennials cree que la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres ha ido demasiado lejos. Quizá sea la paradoja que afecta a las revoluciones eficaces: cuando sus demandas se institucionalizan, el conflicto que las impulsaba pierde fuelle. No se extinguen por fracaso, sino por victoria. Para muchos jóvenes, las batallas del feminismo pertenecen a un pasado difícil de concebir —que en España la violación dentro del matrimonio no empezara a perseguirse penalmente hasta 1989 les resulta algo tan moralmente remoto como el trabajo infantil— aunque apenas hayan pasado una o dos generaciones. Y lo mismo les pasa con sus textos clásicos. Leer a Betty Friedan defendiendo en The Feminine Mystique (1963) que el matrimonio debe ser una elección y no el destino inevitable de las mujeres, les produce una sensación de anacronismo similar a la que generan los textos abolicionistas del siglo XIX: necesarios en su momento, pero superados.
El Parlamento Europeo acaba de aprobar el reglamento de retornos. Nombre corto de apariencia neutra, pese a jugar con una palabra llena de ecos cinematográficos y literarios. Retorno. ¿Cómo escuchar esta palabra y no dejarse llevar por la épica, la nostalgia, la evocación de personajes heroicos desafiando al destino para recuperar lo robado con pérfidas artimañas? Historias de venganzas justas o de amores más fuertes que las vueltas que da la vida para depositarte de nuevo, generosa, en un lugar del que en realidad jamás te has ido.
El ITCM (Instituto Transnacional de Conceptos Maniqueos) calcula que solo en España el último año se usó el término “sentido común” en prensa escrita 345.678 veces, lo que representa el 60% del total europeo y el 10% del mundo, donde curiosamente Estados Unidos ha estado a la cola, porque allí ya no necesitan darle vueltas a lo prudente en términos colectivos. Un tiro en la cara por parte de un señor vestido como un oficial de las SS o una invocación al rezo de un presidente que dice tener línea directa con Dios están reemplazando al debate público como método para determinar qué políticas son las mejores para el bien común. En otras regiones del mundo occidental, sin embargo, donde todavía personajes como Torrente Presidente son ficción y se mantienen vivos los rescoldos del fuego democrático con el fuelle de la redistribución de la riqueza y las nociones de educación y sanidad pública universales, algunos reaccionarios han logrado convertir precisamente el término “sentido común” en su caballo de Troya. Apelando a él desatan pánicos morales que acaban haciendo que los más mayores del lugar se líen y confundan lo que se ha hecho siempre con lo que es justo y ayuda a la gente que lo necesita. Por ejemplo, el otro día el director de cine Santiago Segura apeló al “sentido común” para decir que la actriz Bibiana Fernández es una mujer “porque se lo ha ganado”, pero no así las personas trans que han conseguido estar a gusto con su identidad de género gracias a la ley que se aprobó en 2023. A él le parece que su afirmación es no solo progresista sino de cajón y auguró que mientras la izquierda de este país no se pliegue a su definición de cordura, estaremos todos abocados a un loco panorama en el que los hombres piden ponerse nombre de mujer para entrar en los baños de señoras a delinquir. El ITCM ya ha advertido en varias ocasiones que solo hay una muletilla que obligue más a la precaución que el sentido común de marras: flaco favor. Si la lee, póngase a cubierto
En mayo de 1967 fui deportada de España por haber organizado un comité de estudiantes estadounidenses contra la guerra de Vietnam. Hace unos días encontré una carta que escribí a mi madre en abril de ese año para tranquilizarla ante los bulos publicados por la prensa en EE UU y las amenazas de ese Gobierno hacia ella y hacia mí. Le expliqué que “mis acciones políticas aquí son las que serían en California: protestar contra una guerra ridícula, inútil y trágica. Yo también estoy orgullosa y agradecida por los derechos y privilegios que tenemos, pero no veo la utilidad de ondear la bandera ciegamente, ignorando lo malo de nuestra política exterior, cuando, a través de nuestras instituciones democráticas, podemos hacer algo. Es el público estadounidense, apático y mal informado, el que permite que unos cuantos políticos, banqueros y líderes industriales y militares libren una guerra como esta, que no beneficia a nadie más que a ellos. Tú, como contribuyente, debes pagarla, y los pobres vietnamitas tampoco nos quieren. Ya me dirás a quién estamos ayudando”. Estas mismas palabras de una joven estadounidense de 20 años son tristemente válidas a día de hoy ante el ataque de Trump a Irán.
Uno de los capítulos más memorables de Sexo en Nueva York es ese en el que Jack Berger, pareja de Carrie Bradshaw durante algunos episodios de la temporada sexta de la serie, deja a la escritora y columnista mediante un post it en el que pone: “Lo siento. No puedo. No me odies”. Han pasado 23 años de ese episodio, pero lamentablemente, la cobardía de algunos sigue vigente. Lo que sí han cambiado son los medios para romper y en la era digital, cada vez son más quienes optan por hacerlo por WhatsApp. Es el caso de Carlos Pollán, candidato de Vox a la presidencia de la Junta de Castilla y León, que tras ocho años de relación, dejó a su novia, la estilista y consultora de moda Cristina Escudero, mediante el popular sistema de mensajería. Por su parte Esther Doña, viuda de Carlos Falcó, contó en su paso por el programa de Antena 3 Y ahora Sonsoles qué ponía en el WhatsApp con el que el juez Santiago Pedraz la dejó. “Nuestra relación es imposible, hablamos algún día, cuídate y besos”. Auch.
El que acaba de presentar en Madrid ha sido su cuarto desfile en lo que va de año. Antes ha pasado por Nueva York, Sevilla y Chile. Y en los próximos meses lo hará por México, Colombia y Canarias. “Estoy haciendo una media de 74 desfiles anuales”, dice Ágatha Ruiz de la Prada (Madrid, 65 años), reclinándose en una silla de colores que, por supuesto, ha diseñado ella misma. Sentada en su taller de la calle de Villanueva —mientras al fondo las costureras terminan las piezas del desfile y en el piso de arriba, donde está la tienda, la cola para probar el café que acaba de lanzar con Juan Valdez no deja de crecer—, no hay un atisbo de urgencia en su voz. “Es una salvajada”, concede, a sabiendas de que no tiene ninguna intención de bajar las revoluciones.
En los últimos años, distintos organismos y profesionales han advertido del riesgo de balonmanización que pesa sobre el fútbol femenino en España. El Barcelona va a levantar esta temporada su decimosexto título seguido en la Liga Asobal. Los azulgranas no pierden una competición nacional desde la Copa del Rey de 2013. Esa hegemonía tan absolutista recuerda a lo que se ve desde el principio de esta década en la Liga F, la Copa de la Reina y la Supercopa, donde el Barça de Alexia Putellas y Aitana Bonmatí manda con puño de hierro, sin apenas oposición. El equipo dirigido por Pere Romeu tumbó el domingo por vigésima tercera vez al Madrid y dejó el torneo liguero visto para sentencia. Son ya 13 puntos los que saca el líder a su perseguidor con seis jornadas todavía por disputarse, una distancia irrecuperable que pone de nuevo en el foco la falta de competitividad de un campeonato que el Barcelona alzará en breve por séptima ocasión consecutiva.
Para llegar al palacio del Gobierno de Bagdad —donde el primer ministro iraquí, Mohammed Shiaa al Sudani, recibe este lunes a EL PAÍS— hay que adentrarse en la llamada zona verde, un pedazo de la capital amurallado por bloques de hormigón que da a la orilla occidental del Tigris y alberga sedes diplomáticas y gubernamentales, incluida la Embajada estadounidense, objetivo frecuente de ataques de milicias proiraníes.