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Por sorprendente que resulte en alguien que ha dedicado su carrera a escribir sobre tragedias abrumadoras, Pablo Vierci (Montevideo, Uruguay, 75 años) es optimista. Lo atribuye, entre otros, a uno de sus filósofos de cabecera, el italiano Benedetto Croce, autor de La historia como hazaña de la libertad (1942). “Siempre me repito que la historia de la humanidad es la hazaña de la libertad y la conciencia. Cada generación tiene más libertad y más conciencia. Claro que retrocedemos, por ejemplo, en la guerra. Pero, en líneas generales, siempre estamos dando un paso más”, asegura quien fue portavoz de los supervivientes del accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya en Los Andes, en el libro de testimonios La sociedad de la nieve (2008), cuya hazaña aún resuena. Desde niño, Vierci es amigo de Nando Parrado, una de las 16 personas que salieron con vida de la cordillera en diciembre de 1972, después de más de dos meses luchando contra el hambre, el frío, las heridas y hasta un alud.


La impresión inicial al visitar la exposición de Olafur Eliasson (Copenhague, 59 años) en la galería Elvira González, la quinta que protagoniza en este espacio madrileño, es la de encontrarse frente a una propuesta notablemente distinta a lo que se esperaría del reconocido artista y, al mismo tiempo, perfectamente identificable. Algo así como aterrizar en medio de una estancia nunca vista, pero atravesada por un aroma ya sentido. “Es una muestra muy diferente a la mayoría de las que hago”, concede el propio Eliasson, tras viajar a Madrid para la inauguración de la muestra a principios de marzo, en una charla con EL PAÍS en el sofá de la oficina de la galería. “Pero lo cierto es que siempre he hecho obras sobre papel, y dibujo literalmente casi cada día desde que era adolescente”.


“Tengo una relación muy conflictiva con el trabajo”, nos cuenta Laura Carreira mientras la retratamos junto a la piscina de un hotel barcelonés, con las torres de la Sagrada Familia y de la periferia industrial perfilándose en el horizonte. Y añade: “Creo que los seres humanos no hemos nacido para trabajar, sino más bien para querernos, escucharnos y hacernos compañía. Pero lo cierto es que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo trabajando, y que es eso, a fin de cuentas, lo que determina en gran medida nuestra identidad”.
Llovía sin parar el domingo 15 de marzo sobre los muros de caliza del museo de la Garrotxa (Olot, Girona). Sobre la parte central del patio del’Hospici colgaban las imágenes a gran tamaño de algunos de los muchos proyectos del estudio de arquitectura RCR, creado en 1988 por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta (RCR), compañeros de la Escuela del Vallés de Arquitectura. La institución acaba de inaugurar la exposición RCR arquitectes. Raíces y alas, comisariada por Jaume Prat, que repasa sus 38 años de trayectoria, visitable hasta el 9 de agosto. Esa es su gran obra: entrelazar cuatro décadas.
Mientras leía La sombra del padre pensé que la clave de esta honesta indagación biográfica era una confesión que Antonio Monegal escuchó durante la posguerra en el ático familiar de una casa de la burguesía de la ciudad de Barcelona. Solo la pudo oír, sin ser muy consciente de su trascendencia, cuando era un niño porque quien hablaba con un amigo era su padre, y a su padre, que lo tuvo cuando ya era mayor, a los cuarenta y muchos, lo trató poco porque falleció a los 55. Juan Monegal Vergés murió el verano de 1966, cuando el autor de este libro de motor proustiano tenía tan solo 9 años. Aquella tarde, su padre estaba sentado en el sillón de siempre, en la sala de estar, detrás la radio de madera barnizada y el mueble bar. Y lo que rememoraba, al cabo de tres décadas, era un episodio de la Guerra Civil, luchando con los sublevados en Andalucía. “Oí a mi padre narrar que en una ocasión había recibido órdenes de entrar al asalto en un pueblo, a caballo, y pasar a sable a la población civil, incluidos ancianos, mujeres y niños”. Durante el resto de su vida, dijo después, tuvo pesadillas recordando aquel día. Todos convivimos con nuestros fantasmas. Algunas veces los encerramos en el armario de la conciencia y allí se quedan. En algunas ocasiones los miramos frente a frente.

Cuando terminó el entrenamiento del Barcelona, el último antes de recibir este miércoles al Newcastle en el duelo de vuelta de los octavos de final de la Champions (18:45, Movistar; 1-1 en la ida), Joan Laporta se presentó en el campo Tito Vilanova. Según uno de los presentes, el presidente arengó a la plantilla, abrazó a cada jugador e incluso se animó a versionar el baile con el que celebró su victoria en las elecciones del pasado domingo. “Nos ha venido a visitar y le hemos dado la enhorabuena. Nos recordó que seamos nosotros mismos y que estamos a un nivel espectacular”, contó minutos después Pau Cubarsí en la sala de prensa. No era la primera vez que los jugadores de Hansi Flick mostraban su complicidad con el presidente: el día de los comicios, un grupo de futbolistas, entre ellos el central, se abrazó y cantó con Laporta tras votar. “Cada uno tiene la libertad de expresarse como desee”, subrayó el catalán.
Los silencios reinan cuando Jan Oblak, Juan Musso y el tercer guardameta, el canterano Salvi Esquivel, se quedan a solas en el Cerro del Espino con Pablo Vercellone, el preparador de porteros desde que Diego Pablo Simeone se hizo cargo del Atlético de Madrid en diciembre de 2011. Oblak habla poco, Musso menos y Esquivel, como novato, escucha, mira y calla. La lesión muscular de Oblak ha provocado que esta noche en el Tottenham Stadium (21.00, Movistar+ Liga de Campeones), el meta argentino pase su segunda gran prueba después de aprobar con nota en la vuelta de las semifinales de Copa ante el Barcelona en el Camp Nou (3-0). Musso (31 años) encajó tres goles, pero algunas de sus intervenciones impidieron que el conjunto de Hansi Flick culminara la proeza de igualar o superar el 4-0 de la ida.
Yulimar Rojas, que ya ha cumplido 30 años, es una diosa joven que salta y que vuela por encima de las dificultades y los problemas, y afirma, feroz: “Soy puro fuego”.
Egipto es un país maravilloso que hay que ver una vez en la vida. Sus yacimientos arqueológicos superan, en mi opinión, a los de cualquier otro lugar del mundo. Está habitado, además, por gente muy amable y hospitalaria. Pero, por desgracia, tanto turismo masivo ha hecho que todo el que se arrima a un turista, tenga el oficio que tenga, parezca tener como objetivo sacarle el dinero como sea. Así que, probablemente, vas a acabar quemado.
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