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Mahmoud Khalil es un hombre con una losa. La amenaza de expulsión de Estados Unidos le impide hacer planes. El mes que viene puede estar en su casa en Nueva York, con su mujer y su hijo, o en cualquier otro sitio del mundo. “Tengo sobre mí todo el peso de la Administración de Donald Trump, intentando deportarme como sea”, afirma. Su caso ha trascendido hasta erigirse en un emblema de la lucha no solo por la causa palestina sino por la libertad de expresión en Estados Unidos. “Vinieron a por mí e irán contra cualquiera que disienta”, dice rotundo en una entrevista con EL PAÍS.

Para hablar del nuevo director ejecutivo y presidente de Heineken es interesante fijarse en el espacio negativo, en lo que no es. Rafael Oliveira (Río de Janeiro, Brasil, 51 años) no es neerlandés, no viene del mundo del lúpulo o del alcohol y no ha subido a la planta más alta de la segunda cervecera más grande del mundo por la escalera interior. Rafael Oliveira es un forastero, el primero en dirigirla en sus más de 150 años de historia después de que las plegarias de más de un accionista hayan sido escuchadas.

Los parroquianos del bar La Campana comentaban antes de la partida de dominó que tenía que hacer ya un año de lo que le pasó a Domingo. Domingo Tomás fue protagonista involuntario de unos sucesos por los que su pueblo, Torre Pacheco, abrió telediarios nacionales y portadas de prensa extranjera. La razón es que recibió una paliza por parte de tres hombres de origen magrebí a las afueras del municipio cuando salió el 9 de julio de 2025 a su caminata matutina. Su cara ensangrentada se convirtió en la bandera de la ultraderecha para promover una cacería contra el migrante. Aunque los violentos sucesos desencadenados llegaron a prometer más sangre que la vertida finalmente, sí dejaron heridas que todavía no han cerrado en este municipio de unos 40.000 habitantes del Campo de Cartagena, levantado con la fuerza lumbar y el sudor de miles de magrebíes que vinieron en los 90 a cosechar estas tierras.



Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.


España era, hasta finales de la década pasada, una excepción entre muchos de sus vecinos europeos porque, al culminar el proceso de Transición, no quedaba rastro de la extrema derecha en el Parlamento. Pero, desde que Vox irrumpió en la Cámara autonómica de Andalucía en 2018 y luego en el Congreso, la representación institucional de la corriente nacionalpopulista no ha parado de crecer, sincronizada con la derechización más o menos intensa de casi todas las principales democracias del mundo e impulsada por los tecnoligarcas y la segunda presidencia autoritaria de Donald Trump. Y aunque este giro reaccionario no haya llegado aún al centro de mando de muchos gobiernos, lo indiscutible, y preocupante, es que sus marcos conceptuales calan en la cotidianidad por medio de una batalla cultural que coloca a la defensiva a un progresismo que acaba pareciendo entre anticuado y acartonado. No es solo una cuestión de votos, principios o persuasión electoral; es un proceso, ensayado con éxito desde hace décadas en Estados Unidos, que mediante la manipulación del lenguaje delimita el terreno de juego y determina la manera de pensar y ver el mundo. El propósito esencial de la extrema derecha es normalizar el discurso que sostiene que la modernidad ilustrada está en decadencia para imponer, envuelta en una idea tergiversada del sentido común, una agenda de valores y políticas regresivas presentadas a la opinión pública como una forma de transgresión.
En persona, Javier Negre tiene dos versiones. O no te mira a los ojos y responde con monosílabos o te dedica toda su atención y energía. Si le interesas, puede hablarte durante horas como si hubieran pulsado un botón en su nuca y por su boca brotara un torrente de palabras. Este reportaje le interesa. A sus 41 años, este malagueño, antiguo periodista de El Mundo y hoy responsable de una constelación de medios acusados de difundir bulos y demagogia de ultraderecha, es tachado por muchos de farsante. Él quiere demostrar lo contrario. Quiere probar que, en el Washington de Donald Trump, lo toman en serio.






El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, de 50 años, experto en analizar la humanidad como un todo, sus constantes y, sobre todo, sus peligros, espera a EL PAÍS a mediodía en un coqueto y silencioso hotel escondido en el bonito barrio lisboeta de Lapa. El famoso autor de Sapiens, Homo Deus o Nexus, todos publicados por Debate en España, que ha vendido más de 50 millones de ejemplares, acaba de pedir un té, viste una camisa estampada y alegre y está sentado en una galería luminosa que da al majestuoso estuario del Tajo. Al fondo, el azul restallante del río que es casi ya el mar. La atmósfera es bellísima y en calma. Nada parece amenazar la quietud de esta mañana. Y sin embargo…


España y Francia jugarán una semifinal que muchos consideran una final anticipada. Es también lo que piensa el modelo estadístico con el que llevamos semanas haciendo predicciones en EL PAÍS: son los dos mejores equipos del torneo, un pasito por delante de Argentina y un escalón por encima de Inglaterra.

El periodista danés Rasmus Svaneborg se levantó esta semana en la cumbre de la OTAN, tomó el micrófono y le lanzó a Mark Rutte una pregunta que parecía fuera de lugar. No era sobre el 5% del gasto militar, ni sobre Ucrania. Le preguntó si eso de sentarse ahí, en silencio, mientras Trump hablaba de conquistar Groenlandia y despreciaba a aliados como España no afectaba al respeto que Rutte tiene por sí mismo. La pregunta parecía una disonancia, pero no por ella misma sino por el espacio donde se hizo. La cumbre está hecha para que solo parezca serio hablar de gasto, de capacidades, de disuasión. Cualquier palabra ajena a esa fría contabilidad (y “autorrespeto”, desde luego, lo es) queda marcada de antemano como ingenua. Devolverla al espacio público, en pleno lenguaje diplomático, es el gesto del que, como decía Havel, “vive en la verdad”, el que rompe el hechizo del cuarto donde todos han acordado no ver lo que todos ven. Al pronunciarla en voz alta, Svaneborg dijo lo que la gramática oficial prohíbe decir: que nos están humillando, y que el silencio de los nuestros es una forma de consentimiento.