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Cataluña ha vivido en las últimas semanas dos grandes movilizaciones que implican a colectivos tan importantes como los docentes y los médicos. Sus reivindicaciones no son nuevas: el malestar viene de lejos y se ha ido acumulando por el deterioro sostenido que se inició con la crisis de 2008. Tanto en la enseñanza como en el sistema sanitario, la devaluación salarial se ha producido en paralelo a un empeoramiento intenso de las condiciones de trabajo por cambios sociológicos a los que no se ha hecho frente con nuevos recursos.
Italia celebra este domingo y lunes un controvertido referéndum que cambia la Constitución para reformar la magistratura y que, por primera vez en tres años y medio de mandato, amenaza con poner contra las cuerdas a Giorgia Meloni: algunos sondeos dicen que puede perderlo. Hasta ahora no había sufrido el mínimo desgaste. Que haya advertido que no piensa dimitir si vence el “no” y que no es una votación sobre el Gobierno no ha hecho más que aumentar la sensación de que es exactamente eso. Una derrota sería un revés importante para la primera ministra, a un año y medio de las elecciones, en septiembre de 2027.
La última dictadura argentina fue tan atroz que unió a los argentinos en uno de los pocos consensos que resisten la polarización: Nunca Más. Este martes, cuando se cumplen 50 años del último golpe de Estado, miles de personas saldrán a las calles para repudiar el terrorismo de Estado, exigir a los militares que digan dónde están los desaparecidos y reivindicar un proceso judicial que ha condenado a más de 1.200 represores por crímenes de lesa humanidad y sigue abierto. A contramano de la justicia, Javier Milei cuestiona la existencia de un plan sistemático para secuestrar, torturar, desaparecer, asesinar y robar bebés. Defiende, en cambio, que “durante los setenta hubo una guerra” entre el régimen militar y las organizaciones guerrilleras en la que las Fuerzas Armadas “cometieron excesos”. Su reinterpretación del pasado inquieta a quienes ven en ella una señal de la deriva autoritaria de un Gobierno de ultraderecha que criminaliza la disidencia.
El sonido de una espada chocando contra un escudo, el destello de una peluca de colores imposibles y el murmullo constante de cientos de conversaciones cruzadas: así arranca la primera edición de FanMedia Con en el Palacio de Congresos de Oviedo. “Mira, es Dani Fez, vamos a pedirle una foto”, le dice Marcos a Fernando, son dos jóvenes disfrazados de personajes del anime One Piece.
Cuando se apagan las luces y se abre el telón en el Nuevo Teatro Alcalá las brujas vuelan sobre sus escobas, los animales protagonizan coreografías imposibles y los espantapájaros viven felices y comen perdices. En musicales como Wicked el público se convence de que la magia existe, y todo gracias a la maquinaria teatral que trabaja sin descanso para desafiar las barreras del mundo real. La evolución de los equipos escenográficos, de iluminación y sonido en los teatros madrileños es una de las razones que explican por qué la capital española se ha consolidado como el tercer destino de referencia para los amantes del género, después de Broadway (Nueva York) y West End (Londres). “La tecnología nos ha ayudado a construir espectáculos cada vez más visuales”, resume David Barreñada, director de operaciones de ATG Entertainment España. Hoy la mayoría de espacios escénicos de la ciudad se han renovado, mientras que otros como el antiguo cine IMAX y el Teatro Madrid-Concha Velasco se encuentran en obras a la espera de renacer como templos del teatro musical.
No ha sido nunca Will Oldham de esos que siguen las reglas del mercado. Ni siquiera ahora que, con 56 años y casado con la artista Elsa Hansen, se ha convertido en un auténtico hombre de familia. El día de la entrevista acaba de terminar su gira europea en Madrid y solo piensa en volver a casa en su ciudad natal, Louisville (Kentucky), a ser posible con un regalo a su hija Poppy, de cinco años. La idea es comprarle un auténtico traje de flamenca, con sus zapatos y sus castañuelas.
Horas después de que el ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional José Ángel González y la inspectora que le ha denunciado por agresión sexual declararan por primera vez ante el juez que investiga el caso, el abogado de ella, Jorge Piedrafita, estaba sentado en un plató de televisión. Rodeado de periodistas, iba contestando a sus preguntas sobre lo ocurrido ese día en los juzgados, incluidos detalles de un audio sobre la presunta violación. No es una escena inusual. Casi cualquier mañana televisiva tiene su dosis de casos judiciales mediáticos con letrados entrando y saliendo de los programas. Los abogados ganan visibilidad, sus casos irrumpen en el debate público, se desmenuzan en las tertulias y sus protagonistas se convierten en personajes de una trama.
Aitor Esteban toma la palabra. El diputado del PNV se dirige a Mariano Rajoy, candidato y presidente en funciones, con estas palabras: “Si bien me quieres, Juan, tus obras me lo dirán. Refrán que me he permitido personalizar para la ocasión, adaptándolo de la siguiente manera: Si bien me quieres, Mariano, da menos leña y más grano”. Es el debate de investidura en el Congreso de los Diputados, 27 de octubre de 2016, pasan las tres y media de la tarde y la sesión se acaba de reanudar después de un receso.
María Isabel Ribot coge el teléfono, pero, tras un intercambio fallido de frases, se lo pasa a José Luis Barranco, su marido: “Oír, oye, pero no entiende”. Ella tiene 74 años y comenzó a notar que perdía audición hace “cinco o seis”. El nombre médico de la dolencia es presbiacusia, que recuerda al nombre de la vista cansada (presbicia), pero se refiere al oído. Afecta a una de cada tres personas mayores de 60 años y hasta al 75% de las de más de 80, con grados variables de discapacidad. En España hay más de 13 millones mayores de 60 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística.


Quienes nacimos en democracias y aún vivimos en ellas frivolizamos sobre la opresión y la libertad. Hay en España gente convencida de que vive en una tiranía y de que cualquier día los van a llevar al gulag por meterse con el Gobierno. Sus diatribas serían más creíbles si no las proclamasen con los dedos manchados de gambas en un restaurante con estrella Michelin, mientras piden una tercera botella de vino y celebran la publicación de su último libro, que ningún censor ha tocado y que sus lectores leen en la playa sin esconderlo. También los hay —aunque cada vez menos— convencidos de que el franquismo nunca desapareció, y lo dicen en prime time desde la televisión, sin que la emisión se interrumpa con marchas militares ni la brigada político-social se los lleve a la Puerta del Sol para interrogarlos.