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Los pasajeros del crucero MV Hondius van regresando a sus países de origen, donde les esperan semanas de cuarentena. Pero tanto el tiempo como la forma de aislamiento dependen en función del país. La Organización Mundial de la Salud recomienda 42 días de seguimiento y cuarentena domiciliaria o en alguna instalación sanitaria, algo que está sujeto a distintas interpretaciones: países como Canadá han establecido en principio 21 días de aislamiento que serán posteriormente evaluados; Países Bajos los permite en casa con paseos al aire libre, mientras Grecia impone 45 días en un hospital con condiciones especiales.
Entre la prensa que se amontonaba con cámaras de mil tamaños y chalecos amarillos en el muelle para cubrir el minuto a minuto del puerto de Granadilla, había periodistas internacionales preguntando por sus compatriotas: alemanes, holandeses, australianos... Pero la nacionalidad más numerosa del crucero polar MV Hondius no tiene quién pregunte por ellos: son los 38 de Filipinas. Ninguno es viajero, pajarero o explorador, ya que todos forman parte de la tripulación del buque. De ellos, 24 son camareros o trabajadores de hostelería y 14 son personal de cubierta y máquinas y, por lo tanto, necesarios para la navegación del buque en su rumbo hacia Países Bajos.

La única incongruencia del despacho de Paco Guarido, alcalde de Zamora por Izquierda Unida (IU) y de 68 años, es que hay un Astérix y un Obélix en un estante pese a que a él le aburre el tópico de “aldea gala de la izquierda”. Lo demás, coherente, empezando por el politono de La Internacional de su teléfono. Hay una bufanda de Palestina, un viejo transistor, máscaras zamoranas y un señor canoso, campechano, con ropa cómoda. “Le dais demasiada importancia al personaje, yo soy uno más del grupo”, regaña amablemente ante su tirón, carne de titular: alcalde comunista en una ciudad conservadora que mantiene el sueldo de conserje escolar y a quien los vecinos paran por la calle. Guarido encara su último año de mandato, no de militancia, pues ha decidido apartarse y que este domingo se eligiera en asamblea al nuevo candidato de IU, el concejal Pablo Novo. “La gente valora que somos honrados y trabajadores”, aprecia, prometiendo “barrer la sede” si hace falta “y mirar obras como los jubiletas”.

Parece que fue hace un siglo cuando Pedro Sánchez quiso iniciar su mandato presidencial con la acogida a un barco cargado de náufragos. El resto de países, con la Italia de Salvini entonces a la cabeza del giro autoritario, se negaban a aceptar el desembarco del Aquarius con sus emigrantes extenuados y hambrientos. El Gobierno español se marcó un guiño de humanidad. En un mundo cargado de gestos brutales contra los pobres y desfavorecidos cabe aplaudir cada guiño de humanidad porque nos va el prestigio de especie en ello. Esta última semana fue noticia otro barco marcado por el desprecio generalizado. El MV Hondius rozaba Cabo Verde cuando se desató la alarma por el contagio de hantavirus entre su pasaje. El pánico condujo de nuevo a una precipitada reacción de desprecio por los valores humanos. En lugar de idear la fórmula más razonable para rescatar a los pasajeros comenzó una carrera desalmada por quitárselos de encima. Daba un poco de pena oír, como si eso fuera lo capital, que entre los atrapados en el barco había 14 de nacionalidad española. La acogida del Gobierno nos salvó de entregarnos a la profunda debacle moral. Ya Groucho Marx preguntó hace un siglo: ¿que si somos personas o roedores? Tire un trozo de queso al suelo y se lo demostraremos.
Un bizcocho de más de 100 años, perteneciente a la expedición del capitán Robert Falcon Scott, fue hallado en 2017 en la Antártida en excelente estado. Tuvieron que morir el propio Scott, Evans, Wilson, Bowers y Oates para que nos enterásemos de que el budín es comida de supervivencia. La sintonía podría ser Héroes de la Antártida, de Mecano, pero también Con las manos en la masa, de Vainica Doble. Las catástrofes no avisan; por eso nos pillan sucumbiendo a vicios inconfesables. Tuvieron que morir 14,9 millones de personas para que viésemos que los andamiajes de nuestra economía los sostienen las personas peor pagadas y que, llegado el colapso, lo único que nos preocupa es tener un arsenal de cerveza y papel para limpiarnos el trasero. Han tenido que fallecer dos personas entradas en años a causa de un virus despiadado para que el vulgo se entere de que existen “buques de expedición” a los que se suben turistas con muchísima pasta que pagan para que les hagan sentir que son biólogos (sin renunciar a menús con langosta y buenos postres). Los pingüinos no dan crédito cuando les ven llegar. El ya célebre MV Hondius era este tipo de embarcación. En lugar de una piscina con animadores bailando Georgie Dann, tiene una sala de conferencias científicas que se imparten en varios idiomas. Lo que nos lleva a descubrir un nuevo oficio: conferenciante de crucero. Los dos muertos por hantavirus eran un hombre y una mujer casados. Primero falleció él. Le metieron en una nevera quince días. En ese tiempo, su mujer estuvo recluida en su camarote hecha polvo, pero como la ciencia solo era una coartada para ver la Antártida, los expedicionarios no se alarmaron: “La señora estaba tan afectada que pensamos en la idea romántica de se murió de pena”, dijo uno. Lo que me lleva a recordar las palabras de otro: “Esto, para la gente que tiene cierta sensibilidad con los animales, es el mejor viaje posible, te permite ver un mundo sin humanos”. Ni personas.
El viernes 1 de mayo, festivo, la Guardia Civil puso en marcha un complejo dispositivo para asaltar un buque mercante que, según la información recibida, podía transportar en sus bodegas un gigantesco alijo de cocaína. En esa tarde, plácida para muchos, ocho guardias civiles uniformados de oscuro, con cascos y chalecos antibalas, desembarcaron del buque Duque de Ahumada del instituto armado a bordo de una lancha que les llevó hasta el barco que supuestamente llevaba la droga. Fue una hora de travesía en la que el oleaje zarandeaba la lancha, según registró en un vídeo otra embarcación auxiliar que participaba en el operativo. Hasta que, por fin, se colocaron en el costado del barco sospechoso, bautizado Arconian. El carguero, con el casco pintado de verde y rojo, y de una longitud similar a la de un campo de fútbol, navegaba frente a las costas de Dajla, a antigua Villa Cisneros, en el Sáhara Occidental, y a 200 millas náuticas (370 kilómetros) al sur de las islas Canarias.

A la vera de la autovía A-2, en las inmediaciones de Madrid, se levantan los almacenes de las ventas online que llegan de inmediato a la puerta del consumidor. Es la milla de oro del transporte, cerca del aeropuerto de Barajas, pero este bum tan lucrativo esconde una cara B de aparcamientos ilegales para camiones que han proliferado en unos terrenos agrícolas protegidos, cinco kilómetros al sur, en un paraje natural a escasos metros del río Henares.



No es común ver por la calle, en cualquier barrio y en cualquier momento, accesorios de un diseñador nacional. De hecho, es algo casi impensable. Pero esas mochilas de tela de colores con un aspa como logo son de Daniel Chong. Es ecuatoriano, pero desde que acabó la carrera en Argentina vive en España y provee a nada menos que 200 puntos de venta en todo el mundo desde su taller de Lavapiés, en el que trabajan doce personas. Lo suyo es una especie de milagro porque, además, como él mismo remarca, “si hubiera empezado la marca con una inyección económica no habría llegado a hacer el producto que hago”. La historia, obviamente, es mucho más larga, pero puedo resumirse así: la madre de Chong emigró a Pamplona y comenzó a regentar un taller de arreglos; él, que durante su carrera de Comunicación en Argentina hacía bolsos con retales y una máquina de coser “casi de juguete” para sacar algo para sus gastos, se vino a vivir con su madre cuando se licenció, y la cosa fue a más. “Utilizaba las máquinas de mi madre y sus retales e iba por las tiendas de Pamplona colocando las mochilas, empezaron a agotarse y vi un filón”. Se mudó a Madrid, se trajo a su madre, la cosa fue todavía a más y lo que eran retales terminaron siendo metros y metros de tela de varios proveedores. “Antes las mochilas eran únicas, y salían más caras. Ahora puedo hacer decenas del mismo modelo”, explica, Después encontró una fábrica en Elche, “Maricruz y Ramón iban a cerrar porque ya se han llevado todo a China. Estuve con ellos formándolos para la confección de los bolsos. Eran tres o cuatro y ahora son 16”.
Los ávaros eran un pueblo que procedía de las estepas asiáticas, sucesores de los hunos, y que se establecieron en el este de Europa a partir del siglo VI. De ellos, no había ningún rastro en la península Ibérica hasta que María Teresa Ximénez de Embún, del Museo Arqueológico de Alicante, y su equipo comenzaron a excavar el yacimiento de Cabezo del Molino, en Rojales (Alicante). En una elevación de solo 31 metros sobre el nivel del mar y adyacente al río Segura, localizaron una necrópolis con 46 tumbas y 87 individuos en su interior. Cinco de los varones enterrados allí podrían ser, casi con total seguridad, jinetes ávaros, poblaciones esteparias que, en teoría, nunca cruzaron los Pirineos. Por tanto, “¿qué hacían allí esos restos, en Alicante, a pocos kilómetros de Murcia?”, se preguntaron estupefactos los arqueólogos.


Eva Baltasar (Barcelona, 1978) recibe en su casa de Cardedeu, a unos 40 kilómetros de Barcelona, en esa frontera difusa donde el área metropolitana se convierte en bosque. Acaba de publicar Peces (Random House, en castellano; Club Editor, en catalán), una novela sobre una relación tóxica entre una escritora y una vendedora ambulante de pescado. Desde el éxito inesperado de Permafrost, monólogo interior de una mujer aislada y suicida que ahora se representa en versión teatral en el Espai Texas de Barcelona, Baltasar se ha convertido en una de las voces más influyentes y leídas de la literatura catalana. Habla despacio, piensa mientras responde y corrige sus frases sobre la marcha. “Soy muy voluble”, dice. “Lo que pensaba en enero quizá ahora ya no lo pienso”, decía a finales de abril. A saber qué opinará a mediados de mayo.
