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Segurament, l’única coincidència entre les matemàtiques i el medi artístic és que tots dos creen models. Però mentre les primeres conceben sistemes estables, els poetes, artistes i historiadors prefereixen un ordre contingent, avalat per una determinada qualitat estètica. Va haver-hi un temps en què l’anomenat “model Macba” va significar alguna cosa semblant a la matemàtica musical o als escacs: una combinatòria —millor, una dialèctica— de formats, actituds i temps; propostes que només obeïen a un interès conseqüent, a una configuració mental, possiblement amb errors, però una simfonia al cap i a la fi.
Las apariciones de Barbra Streisand (Nueva York, 83 años) en los Oscar nunca pasan inadvertidas. La primera vez que asistió a la ceremonia, en 1969, ganó el premio a mejor actriz por su papel en Una chica divertida. Fue ex aequo. Lo tuvo que compartir con la legendaria Katharine Hepburn, protagonista de El león en invierno. En 1974, volvió a ser nominada a mejor actriz por Tal como éramos, pero perdió frente a Glenda Jackson. Tuvo mejor suerte en 1977, cuando se llevó la estatuilla dorada a mejor canción original por Evergreen, tema principal de Ha nacido una estrella. Fue la primera vez que una mujer ganó un premio de la Academia por composición.

Los cánones de belleza y hasta los trucos cosméticos no son solo cosa de la era TikTok. Qué hace a alguien bello, y por qué una persona es considerada fea son cuestiones que han preocupado a lo largo de la historia del arte y que vivieron un momento crucial entre finales del siglo XV y el XVI, cuando artistas como Boticelli, Tintoretto, Da Vinci o Cranach el Viejo establecieron algunos estándares que perduran hasta nuestros días. El Palacio de Bellas Artes (Bozar) de Bruselas dedica su última exposición, Bellezza e Brutezza, el ideal, lo real y la caricatura en el Renacimiento, abierta hasta el 14 de junio, a explorar esta etapa clave en la historia y el arte.



Las aguas del embalse del Giribaile, en el centro de la provincia de Jaén, han vuelto a engullir al puente de Ariza, construido a mediados del siglo XVI y considerado la más importante obra de ingeniería civil del insigne arquitecto del Renacimiento Andrés de Vandelvira. Este pantano, uno de los más grandes de la cuenca del Guadalquivir y que esta semana ha alcanzado el 75% de su capacidad, se ha convertido hoy, a consecuencia de las intensas precipitaciones de los dos últimos meses, en una gran marisma a la que han vuelto las aves migratorias, pero de donde ha desaparecido el que ha sido su principal elemento iconográfico desde que, en 1998, entró en uso el embalse. Y todo entre la desidia de las instituciones, incapaces de ejecutar el proyecto fraguado hace muchos para trasladar el puente a otro lugar que lo ponga a salvo de las aguas.

“Nunca se acaba el peligro, no hace más que cambiar de forma. Tendremos que luchar de nuevo, y acaso después otra vez, antes de que se haya terminado”. Así se expresaba en las páginas finales de Odessa el coronel de los servicios secretos israelíes que habían logrado conjurar el peligro de los cohetes letales tipo V2 puestos a disposición de Nasser por la secreta organización nazi. La famosa novela de Frederick Forsyth (la más popular del autor después de su Chacal), publicada en 1972, transcurría en 1963, y ha hecho falta medio siglo para que la observación de aquel coronel israelí —“tendremos que luchar de nuevo”— se haga realidad. Como dice en la secuela, La venganza de Odessa (Plaza & Janés, 2026), el protagonista de la novela original, Peter Miller, el hombre que destapó la existencia de la maligna organización y que vuelve a aparecer, con 93 años, para ayudar a su nieto en una investigación similar a la que hizo él: “Era obvio que Odessa volvería. Lo cierto es que nunca se fue. No del todo”. O como reza la publicidad del libro: “Los nazis nunca fueron derrotados, solo esperan su momento”.

Son las diez de la mañana en Nueva York. Rufus Wainwright comparece puntual a la videollamada para esta entrevista, pero deja la cámara desconectada. “Aquí todavía es temprano y aún no estoy visible”, dice su voz desde la zona oscura de la pantalla donde aparece su nombre. Está inmerso en una breve residencia en el café del hotel Carlyle, donde, durante cinco días, interpreta canciones que aparecen en I’m a Stranger Here Myself. Wainwright Does Weill, su reciente disco de versiones grabado en directo con la Pacific Jazz Orchestra. “Descubrí la música de Weill con 13 años. En realidad, lo que vi fue una portada en la que una mujer, con una imagen muy poderosa y unos dientes horribles, fumaba un cigarro. Era Lotte Lenya. Compré el disco por aquella portada. Luego, al escucharlo en casa, caí rendido ante las ambientaciones musicales creadas por Weill”.

En las antípodas del más anodino de los cubos blancos, el CAAC de Sevilla y el C3A de Córdoba son dos arquitecturas cargadas de identidad. De un lado, la Cartuja sevillana, sede principal del museo sevillano a la espera de su próxima ampliación, y del otro, el edificio de Nieto y Sobejano en Córdoba, de un sobrio y elegante neobrutalismo. Ambos centros públicos, dependientes de la Junta de Andalucía, cierran ahora una etapa tras la marcha de su responsable desde 2023, Jimena Blázquez, y el anuncio de un concurso público para la nueva dirección. Queda, como balance provisional, una última tanda de exposiciones muy afinada, con cuatro artistas poco expuestos en los grandes museos y unidos aquí por un marco común en el que conviven imágenes sacras, materias híbridas y ruinas contemporáneas.
La próxima semana, Rosa Montero, presidenta del jurado, anunciará los cinco finalistas del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana y el día 8 de abril se fallará en Barcelona. Como era previsible por su diseño y dotación (un millón de euros para el ganador, 30.000 euros para cada uno de los cuatro finalistas), la presentación de este galardón ha producido una cierta sacudida en el mundo cultural de España y América Latina. Esta sacudida ofrece una oportunidad para reflexionar serenamente sobre el mecenazgo, entendido como la aportación voluntaria de recursos económicos de empresas y ciudadanos a actividades culturales, científicas y educativas que complementan —no sustituyen— las actuaciones públicas.
Subestimar al Madrid es una mala idea. En esta ocasión el golpe sobre la mesa fue mayúsculo, porque no lo esperábamos. Nos aferrábamos a cosas de orden antiguo: al compromiso histórico, a los valores esenciales donde habita la identidad. Y debe ser verdad que en todo eso hay un poder secreto.