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El ministro de Defensa de Colombia duerme poco. Muy poco. Se levanta a las 4.30 de la mañana y su agenda se alarga hasta bien entrada la noche. Cuando Pedro Sánchez recibe a EL PAÍS en su despacho este lunes, se le escapa algún bostezo, pero está de buen humor. Se ríe cuando huye de las preguntas incómodas y bromea para que le saquen bien en las fotos. “Pose casual”, le invita medio en broma, medio en serio, su uniformada jefa de prensa. Aún le queda una entrevista más —la tercera de la tarde— antes de salir corriendo a un Consejo de Ministros en el que el presidente Gustavo Petro acusará a Ecuador de bombardear territorio colombiano en su lucha contra el narco. Un día más que se acostará tarde.



Tan pronto como Irán comenzó a golpear a sus vecinos árabes del Golfo Pérsico en respuesta a la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, el pasado 28 de febrero, fotos y vídeos de los ataques empezaron a circular ampliamente en las redes sociales. Algunas de las grabaciones mostraban escenas dramáticas de impactos de misiles y drones, incendios en hoteles y zonas residenciales provocados por interceptaciones aéreas, y densas columnas de humo elevándose sobre infraestructuras críticas como puertos, refinerías y aeropuertos.
Las encuestas cumplieron su función en Castilla y León: el resultado fue lo que decían que era probable, una victoria del Partido Popular sin mayoría absoluta. Los sondeos tuvieron una precisión normal. Cometieron un error por partido de 1,7 puntos, un poco mejor de los 2 puntos que son su acierto histórico en España. Nuestro promedio redujo ese error a 1,6 puntos y las mejores estimaciones fueron las de Sigma Dos (0,8) y GAD3 (1,1).
Desde hace ya unos cuantos años, cuando quiero decir “semáforo”, me suele salir la palabra “ascensor”. Las primeras veces me asusté un poco, pues lo creí signo irreversible de un cómico deterioro mental. Pero pasó el tiempo y todas las palabras, menos esas, seguían en su sitio. Así que lo dejé correr, como tantas absurdas peculiaridades que uno descubre sobre sí mismo para divertimento de los demás. Un día, sin embargo, le comenté el caso a una amiga, y me dijo que a ella también le pasaba. Así que busqué en Google: había hasta un grupo de Facebook de gente que confundía las palabras. Al poco, coincidí una noche con el periodista Antonio Martínez Ron. Y él escribió un extenso artículo en elDiario.es. Habló con dos neurocientíficos, con una experta en psicolingüística, con una psicóloga; menos mal que no me cobró la consulta. Así pude enterarme de que a veces nuestro cerebro sabe lo que quieres decir, pero activa una palabra cercana o disponible en su red. No es aleatorio: suele pasar con palabras que comparten algo. El fenómeno es curioso porque cuando una palabra se cuela en lugar de otra, tiende a repetirse: el cerebro ha creado una asociación temporal y lo vuelve a hacer durante un tiempo. Ese diccionario mental, el lexicón, es una red enorme donde están guardadas todas las palabras que conocemos y la información sobre ellas. A Martínez Ron le dijo el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga que hay neuronas individuales que se activan ante un concepto concreto. Que puede asociar una neurona a Jennifer Aniston y establecer una relación de la actriz con la torre de Pisa, de tal forma que las neuronas se superpongan y se crucen las palabras. Uno estudia el discurso político triunfante, el que fundó Trump con aquella ironía suya (“podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votantes”) y puede pensar que, en lugar de humor negro, lo que había hecho es confundir “Quinta Avenida” con Irán y los que vengan, “alguien” con “miles”, y tener al mundo despistado con sus vaivenes geopolíticos cuando en realidad habría que descifrar su averiado lexicón.
Su cara ocupa media pantalla. Elisa Mouliaá entra por videollamada a los programas desde un café. Se enzarza con un tertuliano desde el pasillo de su casa. Critica a quienes se lucran con su dolor y, un segundo después, dice que merece cobrar por su testimonio. Mouliaá resiste el envite de un juez que llega a cuestionarle cuánto tiempo estuvo el acusado “chupándole las tetas”. Se rompe a las puertas de un juzgado. Y un buen día, cuando ya no puede más, reconoce, se retira de un proceso por agresión sexual contra el exlíder de Podemos Íñigo Errejón. Después, cuando se da cuenta de que la Fiscalía no lo va a acusar y de que está aún más sola, vuelve a la carga. “Seguiré hasta el final”, anuncia en una entrevista a este periódico en el que enfrenta todas las contradicciones a las que ha estado sometida este año.
De qué hablamos cuando decimos que alguien “canta bien”. Qué es cantar bien. Espinosa cuestión, y más hoy, cuando el recelo entre generaciones no parece admitir ni sosiego ni posiciones intermedias. Existe unanimidad en afirmar que a Maria Callas se le daba bien eso de abrir la boca y emitir sonidos. Igual que a Frank Sinatra, Mercedes Sosa o Beyoncé, esta última para disfrutar en la actualidad. Pero ese susurro rugoso y penetrante de Leonard Cohen, ¿lo podemos considerar bajo ese prisma de la excelencia? Aquí es cuando comienza el verdadero debate. El caso es que existe una corriente ruidosa, abundante y, digámoslo también, de gustos clasicotes que considera que Bad Bunny, la estrella más grande del pop actual (lo sentimos, Taylor Swift), no anda ducho en esto de la afinación, la entonación y la proyección vocal. Solo hay que sumergirse en los comentarios de los artículos que este periódico publica sobre el puertorriqueño para comprobar el encendido intercambio de opiniones que suscita el tema. Algo ha cambiado después de sus ya célebres 13 minutos en la Super Bowl, pero no lo básico. Recogemos el sentir de muchos comentarios en este: “Qué gran espectáculo, qué bofetón a Donald Trump, qué valentía… Pero sigue cantando mal”.
Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.

La guerra en Irán ha vuelto a recordar a Europa su elevada vulnerabilidad geoeconómica como importador neto de combustibles fósiles, lo que significa que episodios de elevados precios de la energía como el actual se trasladan con rapidez a la inflación y el crecimiento se ve debilitado. En este contexto, Bruselas ha decidido abrazar definitivamente la energía nuclear como un elemento estratégico. La decisión se enmarca en el camino de la Unión Europea hacia la independencia estratégica y llega en un momento en el que el mundo está especialmente ávido de energía por el elevado consumo de gigavatios de los centros de datos y la inteligencia artificial.
Algunas de las cosas que pasan no se explican con complicadas teorías ni grandes premisas. No hace falta rebuscar en tratados internacionales ni darle demasiadas vueltas, porque esas cosas son de una desnudez que asusta. Se entienden a pesar de los voceros que dicen que nosotros no podemos comprenderlas, que no las comprenderemos jamás. Pero nosotros las sabemos: claro que las sabemos.

Antes de que rodase Sirat y de que su pelo largo y sus posados en las alfombras rojas se hiciesen memes, comí torreznos con Oliver Laxe en una tasca del Collado de Soria. Digo bien: comí yo los torreznos, pues Laxe es (o lo era entonces) vegetariano. Participábamos en un coloquio sobre su película anterior, O que arde, y mientras se proyectaba, los anfitriones nos llevaron a picar algo. Me pareció que el cineasta miraba mi plato con cierta envidia, casi rendido a la seducción del frito.