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El enfrentamiento ya tenía suficiente carga política: dos vecinos históricos, enfrentados en la efeméride de la toma de la Bastilla, por un acceso a una final mundialista con la que Francia concatenaría tres finales seguidas y España alcanzaría la segunda de su historia. Y, por si fuera poco, el expresidente popular Mariano Rajoy decidió el sábado enturbiar aún más la previa del partido con una columna publicada en El Debate titulada “Hoy llegó el desquite”. La pieza contenía declaraciones consideradas por Francia como “racistas” y “estúpidas”, según el Ejecutivo de Sébastien Lecornu. “Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, escribió entonces el expresidente.
Ya no es casualidad: en las grandes citas, Mikel Oyarzabal. En Berlín, cuando España derrotó a Inglaterra para llevar la cuarta Eurocopa a las vitrinas de Las Rozas, el delantero de la Real Sociedad, ese tipo serio que compaginó el campo con las aulas —se graduó en ADE—, apareció para firmar la victoria. Ayer, contra Francia, volvió a dejar su huella. Nada menos que para mandar a España a la final del Mundial.
Como la historia de España está llena de terribles paradojas, uno de los jugadores más talentosos y únicos de la historia de la selección, Míchel, fue señalado en Italia 90 por no saltar en la barrera de la falta que Dragan Stojkovic ejecutó para Yugoslavia echando a España en octavos de final.

Y sí, España volvió a una final de la Copa del Mundo 16 años después. La de Dallas, ante Francia, fue una actuación coral del equipo, como todas las de esta edición de la Copa del Mundo, pero con mucho más colmillo. El combinado dirigido por Luis de la Fuente no depende de una individualidad, aunque sí se sostiene por dos figuras clave: Rodri Hernández y Aymeric Laporte. El centrocampista del Manchester City y el central del Athletic Club sujetaron al equipo cuando alguna debilidad asomaba e iluminaron el camino de España hasta la segunda final de su historia. Rodri es el termómetro de esta selección. Batuta en mano, pone el tiempo y frena y acelera el juego cuando él lo demanda. Y Laporte parece haberse sacudido una temporada irregular con su club y está al nivel imperial de la Eurocopa 2024.
España llega embalada a la final de la Copa del Mundo después de negar al mejor surtido de delanteros solistas de Francia, finalista de las dos últimas ediciones y campeona en 2018, abatida sin discusión después de pasear como una reina por los estadios del Mundial 2026. El partido fue un acto de afirmación universal del fútbol coral y armónico del equipo español, especialmente sensible, delicado incluso en los goles e impermeable en defensa, imposible para el desquiciado Mbappé. Ninguna selección ama tanto a la pelota como España. Tanto que se la quedó para desespero de Francia. Nadie trata mejor al balón, desde el portero hasta el extremo izquierdo, de principio a fin, de área a área, cada vez más entonada y afirmada a partir de aquel sorprendente estreno ante Cabo Verde.