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Un estado de ánimo ciclotímico envuelve al PP en el final del curso político. Tras la euforia con la que los populares terminaron el periodo de sesiones, sacando adelante una votación no vinculante sobre la dimisión de Pedro Sánchez con los votos de Vox y de Junts, el clima interno ha cambiado completamente después de dos semanas enredados en una sucesión de errores no forzados. La inquietud se ha disparado ahora después de que Alberto Núñez Feijóo acumule varios tropiezos discursivos que, según admiten dirigentes de distintos niveles, han desviado el foco en un momento en el que la estrategia consistía precisamente en no regalar debates al Gobierno de Pedro Sánchez, que sufre debilitado por las investigaciones sobre corrupción. “Deberían parar y revisar ese modo de trabajo, reorganizarse”, aconseja un veterano popular. “Es patente que Feijóo no se adapta bien a un ritmo tan rápido, quizá porque le faltan medios de apoyo, y seguramente también por una cuestión generacional”.
La Avenue de l’Avocaat de Waterloo (Bélgica) dibuja un rectángulo salpicado con chalés de dos plantas y tejado de pizarra, entre patios de césped tierno. Sin ser un cul de sac, es un vial poco transitado. Un doctor especializado en reumatología ofrece atención con cita previa en el número 30, pero la agenda de visitas suele ser más intensa en la villa de la esquina, donde un discreto cartel indica “Casa de la República Catalana”. En la entrada desde la acera, una cadenita roja sirve para advertir que el acceso al jardín queda restringido. Suele haber un guarda, sin uniforme ni enseña, con la misión de salir al paso del intruso y chequear si se le espera como invitado. Una de las personas que han accedido al interior de la vivienda este mes de julio cuenta que se marchó con una sensación confusa. A falta de poco para que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) haga público su veredicto sobre la ley de amnistía, previsto para este jueves día 16 y con la expectativa de que sea un espaldarazo al perdón judicial de los imputados en las causas derivadas del procés, la visita acudía a la casa con la idea de encontrarse a un inquilino ilusionado. Esperanzado al menos. Pero ese inquilino, Carles Puigdemont, lleva meses rumiando la idea de que, diga lo que diga el TJUE, se avecina otro requiebro judicial por parte del Tribunal Supremo y que su regreso a Cataluña deberá seguir esperando.

El pequeño Žiga, de cinco meses, mira a la cámara fijamente con sus preciosos ojos azules. A simple vista, es un niño sano, pero tiene una enfermedad genética potencialmente mortal y extremadamente rara. Tan rara que en España o cualquier otro país europeo solo nace un niño cada tres años con esta dolencia. Žiga es el segundo paciente en el mundo que recibe una dosis alta de una nueva terapia génica que podría curarle para siempre. Y casi tan complejo como desarrollar el tratamiento experimental ha sido cumplir todo el papeleo para que este pequeño nacido en Šentrupert, una pequeña localidad eslovena, haya podido venir a Madrid para participar en el ensayo clínico.



Manuela Hernández trabaja limpiando edificios, una tarea que desarrolla cada día “con mucho dolor”. Entre otras dolencias, sufre tendinitis y rizartrosis, el desgaste de un cartílago de la mano. “Me duele mucho con casi todos los movimientos de mi trabajo, hasta para coger la fregona. También tengo problemas en el hombro. He llegado a ir con el brazo en cabestrillo y quitármelo para trabajar”, cuenta esta vallisoletana, que atiende a EL PAÍS junto a su marido, trabajador de la construcción. “Tiene 63 años, vértigos, problemas de cadera y le están pidiendo que suba al andamio”. Cuando se pregunta a Manuela por qué no está de baja para recuperarse, contesta: “Tengo 60 años. Imagínate que me echan a la calle, ¿qué hago? Me enfada y me frustra trabajar con dolor, pero me da miedo el despido“.



Álex Manrique (Santander, 25 años) cree que, tras una lesión medular como la suya, “te reinventas”. Lo cuenta en el acceso adaptado a la playa de los Peligros, en Santander, donde ha propuesto hacer la entrevista. Mientras el fotógrafo le encuadra, bromea: “Sácame guapo, a ver si me sale novia”. Este verano volverá a meterse en el mar por primera vez desde el accidente que, hace ahora tres años, lo dejó tetrapléjico.
Todos regresaron contentos de Ankara. Incluso quienes llegaron enojados. Trump salió encantado por tanta unidad y tanto amor desplegados en la cumbre de la OTAN. Algo debe significar que 32 socios atlánticos hayan mantenido la civilizada pauta multilateralista y eludido la cruenta batalla que anunciaban las bravuconadas trumpistas. Incluso los países invitados por el anfitrión turco regresaron satisfechos a casa y quien más el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, tratado con deferencias de aliado atlántico por todos y especialmente por el presidente que le había humillado hace algo más de un año en la Casa Blanca.




Si dos tercios de los ciudadanos consideran que en España existe lawfare o guerra judicial de intención política, por algo será. Y además opinan que el poder judicial vigila y sanciona poco a los jueces que hacen mal su trabajo.
Un soldado no muy mayor, pero ya veterano y que acumula miles de hora de vuelo, camina por una base dedicada a la defensa aérea. Tiene poco más de 50 años. Gafas de estudiante y traje profesional con la cremallera subida, aunque se ve la camiseta interior verde bélico. Ahora vive en Alemania, en Ramstein —la mayor base que Estados Unidos tiene fuera de su país—, y su misión fundamental es garantizar la seguridad en el aire de una Europa que, en su flanco este, aunque nos parezca remoto, no es que se sienta amenazada, sino que está realmente atacada por Rusia: sufre desde una guerra convencional hasta una guerra híbrida. Él se llama Jason T. Hinds y pilotó diversos modelos de caza (incluido el F-15 y el F-22). De una academia en Oklahoma, ascenso tras ascenso, ahora está inspeccionando una de las bases europeas que opera bajo su control. Se para para hacerse una foto de grupo con otros altos mandos de diversos países. A su lado, Juan Pablo Sánchez de Lara, teniente general que ejerce de anfitrión de esta reunión semestral de trabajo de la OTAN porque dirige el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de Torrejón de Ardoz. Al fondo de la imagen, en la fachada de un edificio feo y funcional de pared azul, el escudo que identifica este Centro de Operaciones: un castillo medieval sobre unas olas, porque el Mediterráneo no queda tan lejos, y tres flechas que salen de una de las torres y que simbolizan tres estilizados aviones. Aunque no es una academia y Pete Mitchell Maverick no está ni se le espera, la escena podría pertenecer a una secuela de Top Gun porque entendemos este mundo a través de la imagen que Hollywood nos ha enseñado. Pero es real, está aquí y es la OTAN.