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La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.
El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.

Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.
La Audiencia Provincial de Badajoz no ha rehuido el debate público y ha recogido en su sentencia dos de las conductas que han marcado la causa por la que David Sánchez, el hermano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha sido condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa. Los magistrados hablan abiertamente de “nepotismo” y “absentismo”, dos prácticas que tachan de “éticamente censurables” pero que aclaran que no siempre merecen reproche legal. De hecho, la segunda ni siquiera es delito, subrayan.
El calor extremo hace que se deban maximizar las precauciones con los animales de compañía para evitar los golpes de calor. A diferencia de los humanos, perros y gatos tienen una capacidad limitada para regular la temperatura mediante la sudoración, por lo que dependen principalmente del jadeo y otros mecanismos de enfriamiento. “El golpe de calor es una situación extremadamente grave. Cuando la temperatura corporal del perro aumenta en exceso, puede provocar daños importantes en distintos órganos e incluso causar la muerte, algo que ocurre con bastante frecuencia en estos casos”, explica Manuel Lázaro Rubio, vocal del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (COLVEMA).

La Francia más atractiva de ver en los 14 años de la era Didier Deschamps no se coronará campeona del mundo. Se lo impidió una autoritaria España escondiéndole la pelota con Rodri y Dani Olmo a la batuta. De la comparación entre las dos Francias que se han visto desde la Eurocopa de 2024 en Alemania y este Mundial 2026 ha salido reforzado Deschamps. Puede que caer en semifinales sea haya quedado corto por la materia prima ofensiva que tenía a su disposición y por el eléctrico y fino juego exhibido cuando robaban la pelota y Olise, Mbappé, Dembélé, Doué o Barcola se disparaban a pocos toques a la portería rival. En el descargo de Deschamps y de sus futbolistas está que su verdugo firmó un partido para recordar.
En la playa de Liencres siempre hay olas. Es una larga flecha de arena que termina en punta, justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. Todas las fuerzas confluyen en esta playa, e incluso los días que ondea la bandera verde, el mantel del mar tiene ondulaciones. Cuando pasa esto, en vez de tablas de surf y cuerpos hercúleos, lo que hay en el agua son bañistas convencionales, y por eso se ve algún que otro guantazo en la orilla, porque los bañistas convencionales no sabemos leer el mar como los surfistas, ni anticipar el ritmo de su elevación ni su cadencia, y nos quedamos quietos en esa zona donde no cubre pero tampoco puedes sumergirte, mirando cómo se acerca la ola, cómo crece más y más, hasta que cierras muy fuerte los ojos.
En las últimas décadas se ha fraguado en el sistema sanitario público español lo que podría definirse como una tormenta perfecta. Por un lado, se registra un aumento de la demanda sanitaria debido al rápido crecimiento de la población y por el envejecimiento general, que genera una mayor prevalencia de enfermedades crónicas. Por otro, este fenómeno ha coincidido con el inicio de la jubilación masiva de la generación de profesionales que levantó el sistema público, sin que se haya previsto de forma adecuada su sustitución. El resultado es un déficit de facultativos que el Ministerio de Sanidad estima para el año próximo en unos 9.000, y que contribuye a engrosar problemas como las listas del espera, sobre las que el 81% de ciudadanos creen que han empeorado o siguen igual, según un reciente sondeo del CIS.
Como cada vez es más difícil separar lo real de lo virtual, quise creer que había una IA desequilibrada tras la última polémica del Xokas. Influencer, para quien tenga la suerte de no conocerle, cuyos hitos mediáticos han sido congelar basura para no tener que bajarla a diario y considerar “un crack” a un amigo que se mantenía sobrio para aprovecharse de “pibas colocadas”. Pero no era IA, ha pasado. Les ilustro. Después de que la actriz Ester Expósito dijese en el podcast de La Pija y la Quinqui que no quiere dialogar con nazis, el streamer, no sabemos si dándose por aludido, respondió que no merece la pena estar con alguien como ella por su “pensamiento político”. Que “es mejor estar con un seis”. Como si hubiese una posibilidad de que sucediese, cuando solo juntar sus nombres en la misma frase provoca que se ericen los vellos. Ya no digo nada de que les ponga número a las mujeres, pero me intriga qué cifra se pondría a sí mismo.
El verano de 2010 mi madre mutó en forofa de La Roja. Digo mutó porque el fútbol, ese tostonazo que le trastocaba los horarios de la tele todos los santos miércoles y domingos, la aburría soberanamente, pero las razones de una madre son sagradas y la mía, ese año, tenía una poderosísima para comerse sus palabras. Mi hermano Raúl, su pequeño del alma, un aparejador condenado al paro sine die por la burbuja inmobiliaria, lo había empezado abriendo un bar de copas para intentar salir del hoyo, y el fútbol se había convertido en el mejor reclamo para llenarlo hasta la bola de fieles que acudían a ese templo a adorar una pantalla gigante. Mi madre, que del balón no sabría ni papa, pero de tonta no tenía una cana, entendió de inmediato las reglas del juego. Un gol propio significaba otra ronda para mojar la euforia. Uno ajeno, otra para templar la rabia. Una derrota, otra para ahogar las penas. Y una victoria, directamente, triplicar la caja. Por todo eso, para el verano del Mundial de Sudáfrica, mamá era ya más futbolera que Shakira. Iba con España, claro, pero hubiera ido con el mismísimo diablo para que su niño facturara el máximo. Como que vio la final vestida con una camiseta de La Roja, cantó el gol de Iniesta que ríete tú de Juan Carlos Rivero y no bajó a bañarse y bailar el Waka, waka a la fuente del barrio porque una cosa es sacrificarse por los hijos y otra hacer el ridículo delante las vecinas.