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Cuando se cumplen tres décadas de la primera denuncia en Nueva York contra Jeffrey Epstein, que el FBI echó en saco roto, el caso del financiero pederasta es ya un escándalo de alcance global, que este jueves cruzó otro Rubicón con el arresto en el Reino Unido del expríncipe Andrés en el día de, precisamente, su 66º cumpleaños.

Los límites entre la vida y el espectáculo resultan cada vez más borrosos. También en el propio negocio del audiovisual: recordemos cómo la reciente gira de promoción de Wicked: Parte II se convirtió, casi desde el primer día, en un show paralelo a la propia película, tal y como se concibe en los tiempos de la Web 3.0. Es decir, en una gran mina de memes, vídeos virales y artículos de prensa digital alrededor de la relación entre las protagonistas, Cynthia Erivo y Ariana Grande. El tono oscilaba entre la burla y la suspicacia, lo que no ocurría por primera vez: ya en 2024, con el estreno de la primera parte del musical, el comportamiento de ambas actrices se había leído como ridículo o patológico. Cierto es que, en sus apariciones públicas, las dos parecían instaladas en un estado de hipersensibilidad emocional que resultaría agotador para cualquier psique humana. Y que la pulsión protectora de Erivo sobre Grande generó algunas situaciones desconcertantes, como cuando la primera asía y besaba el brazo de la segunda después de que un entrevistador lo agitase con excesivo entusiasmo.
A pesar de todos los escándalos que a lo largo de las décadas han sacudido a la familia real británica, no es exagerado afirmar que el arresto policial del hermano de Carlos III, Andrés Mountbatten-Windsor, supone un parteaguas trascendental para la monarquía de los Windsor. El expríncipe y exduque de York, despojado de sus títulos el pasado mes de octubre, fue detenido a primera hora de la mañana en su propia residencia, en el día en que cumplía 66 años, y trasladado a dependencias de comisaría para ser interrogado como un presunto delincuente. No ocurría algo así con un miembro de la familia real británica desde hacía 350 años.
Ver a María Guardiola hablando del feminismo de Vox, con la expresión aséptica, sin rastro alguno de todo lo que dijo antes, de todas las veces que señaló el machismo de los de Santiago Abascal, es ver en vivo y en directo cómo se doblega a una mujer hasta la humillación. Como si una mano en la nuca le hundiera la cara en el barro. Se la somete a ella, pero en esa degradación pública también hay un mensaje para todas: un ahorcamiento en la plaza pública para que quede claro quién manda y qué le va a pasar a la que se atreva a desafiar el poder patriarcal. Que en este caso viene de Génova por mandato de los ultras.

Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.
Cuando mi padre supo la verdad, quedó desolado. Totalmente hundido. Como si su último refugio, el que creía inconquistable, hubiese sido saqueado. Aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche en YouTube para desconectar no era real, sino una diabólica creación de la inteligencia artificial (IA). “Entonces... ¿Qué va a pasar ahora?“, suspiró en su sillón.

Hay días en los que, antes incluso de abrir los ojos, sé que al levantarme entraré en una alucinación. Así que me incorporo despacio, pongo los pies en el suelo y ya estoy dentro de ella: las paredes, las cortinas, no digamos los sanitarios del cuarto de baño, así como la taza del desayuno, todo se organiza con el carácter de una infausta ficción. Salgo a la calle y el mundo me recibe con su acostumbrado despliegue de naturalismo aparente: tráfico desabrido, aceras rotas, personas que caminan hablando o fingiendo que hablan por teléfono (una escena típicamente onírica), y ese aire general de coreografía repetida hasta el tedio. Todo encaja en el delirio general, como si una mente superior (o inferior) se hubiera pasado la noche escribiendo un nuevo capítulo de esta realidad paralela (¿pero paralela a cuál?).

Hay momentos en que se tiene la tentación de desaparecer. Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza. Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta. Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.
“Ayer salí de una guardia tremendamente complicada en la UCI neonatal en la que trabajo”, cuenta Artur, un neonatólogo que lleva siete años trabajando en la sanidad pública. “Con dos prematuros extremos de 500-600 gramos a los que costó más de 10 horas estabilizar, a las 14 horas de trabajo yo estaba realmente agotado. Me pasé las tres últimas horas de la guardia pensando en la necesidad de que alguien con mejor capacidad mental llegase ya para cogerme el relevo y poder estabilizarlos”.
La Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), una de las organizaciones que en los últimos años ha marcado el discurso de la derecha ultraconservadora, llega este viernes a un día crucial: la apertura del proceso de canonización de su fundador, el sacerdote jesuita Ángel Ayala. Es decir, el inicio del camino para reconocer “la santidad” de Ayala y elevarlo a los altares. Es una iniciativa ambiciosa, pues estos procesos son largos y deben cumplir unos requisitos exigentes, regulados por el Dicasterio de la Causa de los Santos. Pero, por otra parte, es una oportunidad que, de cumplirse, colocaría a la ACdP en la primera división de los movimientos y asociaciones laicales del mundo cuyos fundadores son santos.