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El futuro de las lagunas de Ambroz se ha convertido en una partida estratégica en la que cada actor juega su mejor baza. A los planes del Ayuntamiento de Madrid de levantar un barrio con más de 18.000 viviendas y a la propuesta ecologista de crear la Casa de Campo del Este, ahora se suma otro contrincante: la Comunidad de Madrid. El Gobierno dirigido por Isabel Díaz Ayuso ha anunciado esta semana que está ultimando los trámites para prorrogar la concesión minera de Tolsadeco, que explotó entre 1977 y 2007 la empresa Tolsa, sin actividad desde hace dos décadas. El Ejecutivo autonómico ha vinculado la operación con la creación de empleo y con la extracción de sepiolita de máxima pureza, un material crítico que permite desarrollar aplicaciones vinculadas a la autonomía industrial europea. Unos argumentos que no convencen al Grupo para la Conservación de las Lagunas de Ambroz, que ya ha anunciado que presentará alegaciones a la propuesta de aprobación. El Ayuntamiento, por su parte, evita pronunciarse sobre si el proyecto de la Comunidad de Madrid puede afectar o no a la Nueva Centralidad del Este.
Cuando la policía irrumpió en el domicilio familiar de Jordi Pujol y Marta Ferrusola en Barcelona, en la primavera de 2017, encontró, entre otros viejos papeles, una carta. Con una letra espigada, difícil de descifrar, Florenci Pujol advertía a su hijo de que no iba por buen camino. “Te doy un toque de atención muy serio, porque te conozco, Jordi, y sé que después de esta vendrá otra, y otra y otra…” Florenci había amasado una fortuna para los suyos. Primero, con el cambio ilegal de divisas desde Tánger (Marruecos) durante la autarquía franquista. Más tarde, haciéndose con el control de unos laboratorios que se hicieron de oro gracias a una pomada para las irritaciones de gran éxito. El hombre tenía miedo de que su hijo dilapidase el patrimonio en al altar de su proyecto político. La carta no está fechada, pero alude a las inversiones que el futuro presidente de la Generalitat estaba acometiendo en instituciones culturales ligadas al catalanismo a través de Banca Catalana.
La primera vez que el turcochipriota Mehmetcan Soyluoglu se dio cuenta de que las cosas no tenían por qué ser como hasta entonces le habían contado en su Chipre natal fue en 2003. Tenía 11 años y, con sus padres, hizo una larga cola para cruzar al lado griego nada más abrirse los puntos de cruce entre la Nicosia bajo dominación turca donde vivía —y sigue viviendo— y la grecochipriota. Quería saber si el helado sabía distinto en el otro lado de la ciudad. Pero el vendedor se negaba a aceptar el dinero de su padre. “¡Qué vergüenza!”, le afeó otro grecochipriota, que acabó pagando el helado del pequeño Mehmetcan.
Los pasillos del Elíseo se han ido vaciando. Algunos teléfonos, cuentan quienes han paseado por el palacio presidencial estos días, suenan sin que nadie responda. La desbandada de colaboradores ha ido in crescendo en las últimas semanas. Desde principios de año, más de una decena ha saltado al sector público o privado. El más significativo, el todopoderoso secretario general del Elíseo, Alexis Kohler. “Es normal. Queda muy poco y nadie seguirá con el siguiente presidente. Todo el mundo piensa ya en 2027”, señala una persona que despacha con el jefe del Estado.
El ambiente en la redacción del diario libanés Al Akhbar refleja el sentir general entre la comunidad periodística local, donde los misiles israelíes que matan a informadores causan resignación, pero no sorpresa. Los periodistas de este periódico, fundado el día que comenzó la tregua entre Hezbolá e Israel tras el conflicto de 2006, mantienen la cobertura de un país en guerra rodeados de fotografías recientemente impresas de Amal Khalil, su corresponsal en el sur de Líbano hasta que el pasado 22 de abril falleció en un bombardeo israelí.
Dentro del variado catálogo de ofertas museísticas hay una especialidad que cada día cuenta con más devotos. Son los conocidos como museos de autor, creados en el mismo lugar donde el artista vivió y creó su obra. La recreación más o menos realista de estos espacios cautiva a un público cada vez más numeroso, porque no solo están llenos de claves que enriquecen el conocimiento de los investigadores. También los visitantes consiguen una experiencia que les hace sentirse más próximos a la obra del artista.

Hay restos de un decorado hundidos en el barro, entre trozos de madera y lonas de plástico. Una pierna bajo la mesa de un restaurante, en la que se distingue un moratón discreto e inquietante. Un vertedero de lavadoras abandonadas en un solar árido y un busto clásico ampliado en una valla publicitaria, en medio de un paisaje rural sin épica. Son algunas de las viñetas reunidas en la primera gran exposición dedicada a la fotografía de Yorgos Lanthimos (Atenas, 52 años), que puede verse en Onassis Stegi, el centro cultural de la Fundación Onassis en Atenas, hasta finales de mayo.




Llega a la cita Sonia Almarcha (Pinoso, Alicante, 58 años) y viene feliz: el día anterior había sido su cumpleaños; el 8 de mayo estrena Yo no moriré de amor, última ganadora del festival de Málaga; el 29 de mayo le toca salir a salas con A la cara; y pronto retornará a Madrid, tras una primera temporada, con la obra Personas, lugares y cosas. Ahora sonríe, después de un 2025 complejo, y porque con estos dos últimos lanzamientos ha sumado desde 2024 nueve estrenos en cine. Esa chispa en los ojos esconde un “me lo merezco” de manual.

Hay una solución infalible para los momentos de bajón: la música de Django Reinhardt (1910-1953). Todo en el hombre era prodigioso: nacido en una familia gitana, supo conquistar un lugar en la sociedad paya. Su lema podría ser: “Si el cielo te manda limones, haz limonada”. En 1928, sufrió grandes quemaduras cuando se incendió la caravana donde vivía, perdiendo el uso de dos dedos de su mano izquierda. Hospitalizado durante meses, su hermano le trajo una guitarra que aprendió a ajustar a su minusvalía. No hay mal que etc... Se libró del servicio militar.
Existe un dicho que asegura que el mejor alpinista es aquel que llega a viejo. Los hermanos Iker (49 años) y Eneko Pou no son viejos, exactamente, pero apuran sus últimos años en la élite conscientes de un doble éxito: han sabido sobrevivir a su actividad y son los únicos alpinistas españoles capaces de vivir de sus patrocinadores. Recientemente anunciaron un sorprendente cambio. Tras 20 años mostrando el logo de The North Face, en el equipo de Alex Honnold o Benjamin Védrines, la pareja de Vitoria cambia de escuadra y abraza La Sportiva. Tuvieron que jurar en sus redes que no se retiraban, que aún tenían medios para seguir rindiendo aunque el ritmo sea otro. Solo el fenómeno Kilian Jornet, gracias al trail running, puede rivalizar con los Pou en el ranking del patrocinio para alpinistas de este país.