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Borges escribió que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es posible que la frase no solo valga para las personas, sino también para los periódicos; si es así, EL PAÍS supo para siempre quién era durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981.

Elvis Crespo (Nueva York, 54 años) es igual de alegre que sus canciones. En una terraza de la Gran Vía madrileña, posa para las fotos con soltura, mientras ríe y bromea con su acento puertorriqueño, ya que a los seis años se fue a vivir a Guaynabo, cerca de San Juan. Es difícil estar a su lado sin esbozar una sonrisa. Su ropa es impecable, luce el pelo untado en gel que le deja unos rizos perfectos y su perfume se huele de lejos. “Yo vine a este mundo para poner a la gente a bailar”, anuncia. Y bien que ha cumplido su tarea, porque quién no ha bailado alguna vez en la vida Suavemente, Tu sonrisa o Píntame la carita en alguna boda, graduación o cumpleaños. Pero no todo en la vida es sazón, y la mala racha también tocó la puerta de Elvis Crespo.


La regularización extraordinaria divide a la población española: el 37,6% la ve con buenos ojos, al 21,5% le parece “regular” y al 33% mal o muy mal, sobre todo, a los votantes del PP y de Vox. En la eterna batalla de relatos políticos, la derecha parece imponerse en el que tiene que ver con la población inmigrante: el 60% de la ciudadanía con nacionalidad española considera que son demasiados; las expectativas sobre ese proceso para legalizar la situación en España de extranjeros sin documentación son mayoritariamente negativas y la conocida como “prioridad nacional”, esa cláusula que Vox ha exigido al PP para firmar los pactos de coalición autonómicos, es la opción más popular entre los votantes, según la encuesta del instituto 40dB. (2.000 entrevistas online) para EL PAÍS y la Cadena SER. Puede consultar todos los datos del sondeo aquí.


Ahmed Tommouhi, que pasó 15 años en la cárcel por violaciones que no cometió, ha vuelto esta semana al quirófano del Hospital de Bellvitge para operarse, por segunda vez, del pie que le queda. Hace un par de años le amputaron la pierna izquierda por encima de la rodilla. “Antes de la cárcel no tenía ningún problema; después, me han operado varias veces”, contó el martes desde Sant Pere de Riudebitlles (Barcelona) donde vive. El año pasado, ya con la condena anulada, la justicia le denegó una indemnización por los 15 años de cárcel injusta. A juicio de la Audiencia Nacional, y del ponente de la sentencia, Francisco Díaz Fraile, la condena revocada no era un “error judicial craso o evidente”. Tommouhi recurrió al Supremo, que ha admitido el “interés objetivo” de su caso y ahora debe decidir si mantiene ese criterio que desde hace años provoca que ningún inocente condenado a prisión sea indemnizado en España. El alto tribunal afirma, en un auto al que ha accedido EL PAÍS, que su decisión podría “extenderse” a otros casos.
El pasado 9 de abril, Anthropic, una de las empresas que pugnan por ser la punta de lanza de la inteligencia artificial generativa en el mundo, anunció que su modelo Mythos había detectado “miles” de vulnerabilidades de software “de alta y crítica gravedad” que no habían encontrado ni siquiera sus propios desarrolladores. La empresa ha advertido que el modelo puede hacer lo mismo con cualquier sistema informático, y anuncia que no va a poner esta herramienta por ahora en manos del público porque le preocupa lo que podrían hacer con ella actores malignos. Mientras, ha creado un grupo de trabajo con medio centenar de empresas, entre ellas rivales como Apple y Microsoft, para probar lo que puede hacer Mythos con sus sistemas.

Hay expresiones que funcionan inconscientemente como la contraseña de un grupo. Su pura mención sirve para ubicar al hablante, como ocurre con el acento o con aquel shibboleth que fascinara a Derrida. Las palabras juegan a señalar al mundo pero, a poco que nos descuidemos, acaban apuntando hacia nosotros: nos delatan, nos sitúan y hasta son capaces de funcionar como síntomas inoportunos. Si el lenguaje no fuera capaz de decir lo que oculta, no existiría el psicoanálisis.
Hace 11 años, Elon Musk y Sam Altman crearon juntos una startup llamada OpenAI. Querían desarrollar una inteligencia artificial “segura y abierta” para salvar a la humanidad de la que Demis Hassabis estaba desarrollando para Google DeepMind.
Desde la mesa de trabajo donde suelo escribir estas reflexiones veo una estantería llena de libros. En una de sus baldas reposa un archivador metálico de color azul repleto de recortes de artículos de EL PAÍS. Están clasificados por temas: política francesa, Unión Europea, colaboración hispano francesa en la lucha contra ETA, economía… Este fue mi primer Google cuando no existía Google, el valioso buscador de datos y contexto para un periodista que se inició en el oficio cuando internet balbuceaba.
Según la RAE, el poliamor es una “relación erótica y estable entre varias personas con el consentimiento de todas ellas”. Empezó siendo una cosa de gente queer y feminista que se debatía en espacios académicos y activistas. Pero hace una década que sale en los medios, así que es raro no haberse tomado una caña hablando del tema. Aunque sea para burlarse. Hay hasta quien asegura que se ha pasado de moda. Como si fueran los pantalones de campana.