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Tengo la nacionalidad en crisis. Mientras se escucha, se ensalza y se rebate “la prioridad nacional”, yo ya no sé si seré español. Tal vez sea porque mi tez se vuelve aceituna al tercer rayo de sol y avisa que ancestros andalusíes haberlos, haylos. La verdad, medir la “españolidad” me parece muy difícil. Si es por el idioma, tengo un compañero made in Zhejiang que tiene un C2 en castellano. Creo que si me tocara pasar esa prueba, aunque sea juntaletras, catearía. Tres cuartos de lo mismo me pasa si me asomo al patio de luces y escucho la videollamada de mi vecino con su hijo militar. A mí, eso de “garantizar la soberanía e independencia de España” no me ha llamado nunca. Al vástago de una familia de origen ecuatoriano, sí. Luego, bajo a la carnicería halal de la esquina de casa y el carnicero le ha traído tortas cenceñas para que haga gazpacho a una vecina de siempre. La vecina le promete un tupper, él le ha regalado un poco de kalinti. Mezclarse. Cuidarse. Esforzarse. Valores de una nacionalidad que se teje y se crea en lo cotidiano. Esa nacionalidad de la que no tengo dudas. Tal vez, al final, lo que esté en crisis no sea mi españolidad.

Un camión de reparto de Coca-Cola descarga decenas de cajas de refrescos en la fachada este del mercado de los Mostenses a las 10 de la mañana. El destinatario de la mercancía no es el mercado municipal, sino una marisquería situada en la Gran Vía de Madrid, a poco más de 200 metros. “Hemos tenido que parar aquí porque en la Gran Vía es imposible”, se justifica un trabajador, en alusión al tráfico constante de la zona. El vehículo del gigante de las bebidas no es el único: varias furgonetas permanecen estacionadas a ambos lados de la plaza, mientras taxis y vehículos particulares circulan con dificultad entre ellos. En el pavimento no hay señal alguna que delimite una zona de carga y descarga, porque la plaza de los Mostenses es un espacio peatonal desde 2023, cuando el Ayuntamiento de Madrid invirtió tres millones de euros en reformar el recinto para ampliar el espacio de los peatones y vetar el acceso al tráfico rodado. Al menos ese era el objetivo, en la práctica este espacio de la capital se ha convertido en un scalextric en el que los coches ignoran la prohibición de circulación, a pesar de las llamadas y las quejas constantes de los residentes a agentes de movilidad.

Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.

Miles de inquilinos han solicitado en las últimas semanas la prórroga de su contrato de alquiler. Algunos, porque creían que su propietario no se lo renovaría. Otros, como los del número 37 de la calle de Riereta de Barcelona, porque ya han recibido un burofax de su casero para que abandonen su piso. Los sindicatos en defensa del colectivo han intensificado en las últimas 72 horas su presión sobre el PP y Junts per Catalunya para convencerles de que convaliden este martes en el Congreso el decreto ley que busca evitar que dos millones de inquilinos deban renegociar sus contratos cuando el contexto internacional empieza a perfilar otra ola de escalada de precios. Sin embargo, Junts ya anunció este lunes que no dará su brazo a torcer y tumbará la norma.


Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.


En la planta 22 de uno de los rascacielos construidos en torno al Brooklyn Academy of Music, en Fort Greene, se encuentra el apartamento con vistas al que se ha mudado el escritor Hal Ebbott (Boston, 38 años) con su perra. Cuenta que es vecino de este barrio neoyorquino desde hace años y que hoy ha escondido las cajas que aún le quedaban por vaciar. Sobre la mesa hay un poemario de Sharon Olds (“me gusta leer poesía por la mañana, y me encanta Olds”) y los frontales de los armarios de su cocina, incorporada al salón, parecen hacer las veces de cuaderno improvisado con frases anotadas. Elegante, amable y escueto, como el espacio que habita, el autor de Entre amigos trata de esquivar con educación cualquier referencia a los detalles de su biografía, francamente sucinta en la contracubierta de su libro. “El trabajo es independiente. Ese tipo de detalles puede interferir con la idea que un lector se haga de la novela”, zanja y añade que aunque de niño pensó en ser abogado y ha dado clases en algún instituto, ha sido en la escritura donde ha encontrado su pasión y vocación algo tardía.


En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.

A veces, los llamamientos de Diego Pablo Simeone a la hinchada del Atlético ante una gran cita contienen una carga que delata el momento por el que pasan sus futbolistas. Su última invocación tuvo un punto de solicitud de auxilio y hasta de súplica. “Necesitamos a nuestra gente que más que nunca”, advirtió el sábado después de que su equipo sumara ante el Athletic (3-2) una victoria tan necesaria para asegurar la participación en la próxima Liga de Campeones como para levantar el ánimo de un plantel muy golpeado por la final de Copa perdida.
Hace poco menos de un año, Vincent Kompany, el entrenador del Bayern, acudió a la idílica localidad de Bad Wiessee envalentonado por la autoridad que le confería haber ganado la Bundesliga. Ahí, en una mansión junto al lago, le esperaba el oráculo en forma de presidente de honor del Bayern, el honorable Uli Hoeness.