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A veces me da por pensar en un asesor de un consejero de una presidenta que, al pasar por delante de un edificio muy regio del centro de Madrid, escuchó a quien llevaba al lado decirle: “Un día, tendrás un despacho ahí”. Iba el otro mirando hacia arriba desde la parte trasera de una repulida berlina, brillaban contra los cristales tintados las luces de la gran ciudad, y sus pupilas emitían un destello como de Moriarty, el Napoleón del crimen. Aquel día brindaron con un gin fizz en el Cock. La presidenta le había jurado al consejero que, cuando ella llegase al Gobierno, le daría un ministerio, y el futuro ministro le prometió al asesor que tendría lo suyo también. Todo esto me lo contó el que iba a ser beneficiario de un éxito en cadena que al final resultó ser un fracaso en dominó: ella cayó en desgracia, porque si te quieren pillar en falta para impedir que triunfes lo acaban haciendo (menos si eres condesa consorte con muchos cigarrales en propiedad, que entonces el barro no se te pega al cuerpo); el ministrable aún anda por ahí intrigando en los sótanos de los periódicos, y el asesor, pelazo, pijazo, que en el fondo le tenía cariño a aquella Reina de Corazones con mano larga, continúa jugando al póquer de la ilusión. Estoy segura de que también se sigue riendo hasta de su sombra —con su increíble sentido del humor es como se ganaba a la gente en los pasillos—, y que aún no ha perdido la esperanza de ser el que ríe último. Así es la conga institucional, una especie de ciempiés humano cuya cabeza es incapaz de ver la suela de la bota que se le viene encima. Le pasó a otra hembra alfa del mismo partido: infravaloró el resentimiento que puede generar una promesa rota y acabó muy, muy mal. Se llamaba Isabel, como la que actualmente preside Madrid. Isabel Díaz Ayuso es una mujer tan especial que hasta sus enchufados tienen un sobrenombre pintoresco, aunque sean los mismos desde los tiempos de Julio César. Guárdate de los que sueñan con un despacho.
“Ya puedo respirar, creía que esto era el fin del mundo”. Javier González, un pastor sexagenario, tuvo en vilo durante casi un mes a familiares y vecinos de la jiennense Sierra de Segura. La sucesión de borrascas en Andalucía dejó intransitables la mayor parte de caminos y senderos por las que se accede a su cortijo de los Huecos de Bañares, donde también se perdieron las conexiones telefónicas. El lunes pasado, coincidiendo con la llegada del anticiclón, dos agentes de Medio Ambiente y el alcalde de Segura de la Sierra, alarmados por la falta de noticias del pastor, recorrieron 17 kilómetros (ocho de ellos a pie) por terrenos inhóspitos del monte hasta que se reencontraron con Javier, sano y salvo, junto a su centenar de ovejas segureñas, unas 80 gallinas ponedoras y varios perros y gatos. “Creía que esto era el fin del mundo, lo daba todo por perdido, pero, gracias a Dios, voy a sobrevivir, voy a salir de esto”, les dijo el pastor a las tres primeras personas que veía después de un mes donde el temporal ha golpeado con severidad a esta comarca del interior del parque natural de Cazorla, Segura y Las Villas.
En toda gran historia de amor hay una figura incómoda: la persona que llegó antes y que se convierte en el obstáculo narrativo a superar por este nuevo flechazo. En Love Story, la exitosa serie de Disney+ que reconstruye el romance —y la tragedia— de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, ese papel lo ocupa la actriz Daryl Hannah (Kill Bill), antigua pareja del hijo de JFK y Jacqueline Kennedy Onassis. Pero lo que en la vida real fue una relación compleja y mediática, en la ficción se ha transformado en un romance caricaturesco en el que la artista emerge como una villana de manual. La distorsión ha llegado hasta el punto de que tanto periodistas especializados como espectadores están denunciando el retrato injusto de la intérprete de 65 años en los tres únicos episodios emitidos hasta la fecha. Un tuit célebre lo vocaliza así: “¿Qué ha hecho Daryl para merecer esto?”.
El Consejo de Ministros prevé desclasificar hoy todos los documentos oficiales en posesión del Gobierno relacionados con el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Se espera que mañana estén accesibles en la web de La Moncloa. A la espera de ver el material, hay que saludar una decisión que salda “una deuda histórica con la ciudadanía”, como dijo Pedro Sánchez al hacerla pública. Precisamente por eso, hubiese sido deseable que el presidente hubiera escogido otra forma más solemne para anunciar la decisión que la red X.
La brecha entre la ciudad y el campo es hoy tan evidente que puede expresarse en mundos y contarse en décadas. A nuestros efectos, existe desde siempre, pero en estos años ha alcanzado unas dimensiones ontológicas.
“El tiempo humano es diferente que el tiempo histórico”, concluye el historiador Serhii Plokhy, al afirmar que un día la guerra en su país natal, Ucrania, acabará, a la vez que enfoca la invasión rusa desde la visión de la agonía de los grandes imperios: cuando empiezan a desmoronarse, no aceptan su caída final y suelen prolongarla. En el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania, este profesor de Harvard se declara pesimista en relación al futuro más inmediato, pero optimista a largo plazo. “La guerra ha mostrado que existe una decidida y fuerte sociedad civil ucrania, capaz de resistir y de existir por sí misma”, comenta hablando de su último libro, David y Goliat, cuyo simbólico título asimismo alude a la fe que la fuerza bruta, incluso si predomina, no es suficiente para obtener una victoria.
El pasado domingo, visité una sauna. Me sorprendió que casi todos llevaban auriculares. ¡En una sauna! Nadie hablaba. Nadie miraba. Cada cual encerrado en su propio sonido. Entró una mujer con ganas de conversar. Saludó. Preguntó qué tal el día. No obtuvo respuesta. Tras unos minutos, se marchó. Podría parecer que ella se quedó sola. Pero los que verdaderamente estaban aislados eran los demás. Nos hemos acostumbrado a vivir así: protegidos del ruido y, de paso, de la vida. De los pájaros de la mañana, de la risa inesperada, del comentario trivial de una persona mayor que quizá solo busca unos minutos de compañía. Resulta paradójico que usemos aplicaciones para conectar, mientras evitamos cualquier contacto espontáneo. El silencio no es amenaza; es oportunidad. En él cabe una conversación, una amistad, un gesto mínimo que cambie el día de alguien. Intentemos quitarnos los auriculares de vez en cuando y escuchar lo que ocurre alrededor. Tal vez descubramos que el mundo real, imperfecto y cercano, tiene mucho más que ofrecernos que cualquier lista de reproducción.
Ucrania empieza el quinto año de invasión rusa en una encrucijada. Además del desgaste militar y social que supone la guerra, Estados Unidos presiona para que Kiev acepte una paz que, en los términos que plantea Moscú, supondría una capitulación. El principal escollo de las conversaciones de paz a tres bandas, que está previsto que se retomen este jueves, apenas dos días después del cuarto aniversario de la guerra, es la cesión de la región oriental de Donbás.
Matthias Schmale, alemán nacido en Botsuana hace 63 años y jefe de Naciones Unidas en Ucrania, muestra en su despacho un dron como símbolo de la invasión rusa a gran escala, que desde este martes se adentra en su quinto año. A corto plazo, la ONU afronta un desastre humanitario en el peor invierno de la guerra; a nivel estructural, le preocupa que haya paz sin justicia.
En el norte de Crimea, en la fina lengua de tierra de Dzhankói que separa la península del continente, varias líneas de fortificaciones abandonadas rusas evocan el momento en el que el ejército ucranio revertió el curso de la guerra. La hierba se mece hoy entre infinitas filas de dientes de dragón, trincheras y búnkeres construidos por los rusos a toda prisa a finales de 2022, cuando las fuerzas de Kiev recuperaron la mayor parte del territorio conquistado por el Kremlin y expulsaron a su enemigo a la orilla contraria del Dniéper en una serie de contraataques sorpresa. Occidente prometió entonces a Ucrania una ayuda tardía que sigue llegando a cuentagotas. Y Moscú frenaría la esperada ofensiva, previsible y aplazada varias veces, apostando por una guerra de desgaste a la espera del advenimiento de Donald Trump. El conflicto se enquistó, Trump decepcionó a todos, y sobre las zonas ocupadas de Jersón y Zaporiyia se extendió un manto de opacidad impuesto por las autoridades rusas. Al otro lado del río miles de civiles han abandonado sus hogares y quienes quedan viven bajo dos amenazas: los bombardeos de una guerra sin horizonte y la estrecha vigilancia de las fuerzas de seguridad rusas, recelosas de los sabotajes en un territorio que controlan desde hace cuatro años.