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Hangar rojo transcurre durante el golpe de estado que acabó en septiembre de 1973 con el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende y puso al militar Augusto Pinochet al frente del destino chileno. Con su fotografía en blanco y negro, la notable ópera prima de Juan Pablo Sallato se mueve entre el rojo de su título y el gris de unas imágenes que se adentran en el dilema de un capitán de las fuerzas aéreas que se debate entre sus principios y el cumplimiento de las órdenes de sus superiores.
Dirección: Juan Pablo Sallato.
Intérpretes: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle.
Género: drama. Chile, 2025.
Duración: 81 minutos.
Las locuras y los éxtasis colectivos en torno a ciertas películas suelen ser incomprensibles para los no afectos, pero con los años la onda expansiva se reduce, todo vuelve a su cauce y los análisis en retrospectiva se vuelven por fin más coherentes. Hasta que llega una nueva generación que no conoció aquel desastre, y amenaza con causar los mismos estragos.
Dirección: Kyle Balda.
Intérpretes: Hugh Jackman, Emma Thompson, Nicholas Braun, Molly Gordon.
Género: familiar. Reino Unido, 2026.
Duración: 109 minutos.
Si el estreno hace unos días de El diablo viste de Prada 2 nos devolvía a la fantasía de la moda, Couture (Alta costura) es el intento de pisar tierra desde el epicentro mismo de esa ilusión: la semana de la alta costura en París. Dirigida por la siempre interesante Alice Winocour, Couture es un drama coral sobre cuatro trabajadoras implicadas en el mismo desfile. Como en sus dos anteriores películas, las estupendas Próxima (2019) y Memorias de París (2022), Winocour propone un acercamiento al dolor y la soledad de unos personajes femeninos atípicos, pero lo hace con una mirada que esta vez no logra atravesar la superficie.
Dirección: Alice Winocour.
Intérpretes: Angelina Jolie, Anyier Anei, Ella Rumpf, Louis Garrel, Vincent Lindon.
Género: drama. Francia, 2025.
Duración: 106 minutos.
Por sus temáticas sociales, por la ausencia de acercamientos anteriores de gran calidad y por la enorme relevancia humana que tienen sus historias en momentos en que la problemática afecta a una parte esencial de la comunidad, hay películas que parecen destinadas a convertirse en el paradigma cinematográfico de la cuestión. Ocurrió en los primeros años de este siglo con Te doy mis ojos y la violencia de género, con El Bola y los malos tratos infantiles, y con Los lunes al sol y la lacra del paro. Y, a poco que nos demos cuenta del drama que tenemos encima y del talento de su directora, la excelente Yo no moriré de amor, ópera prima de Marta Matute, aspira a semejantes logros.
Dirección: Marta Matute.
Intérpretes: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Laura Weissmahr.
Género: drama. España, 2026.
Duración: 94 minutos.
Estados Unidos llega a la Bienal de Venecia dando un nuevo ejemplo de la ofensiva cultural de Donald Trump: con un artista inesperado, escogido tras una selección opaca, y con el pabellón en manos de una figura sin experiencia en el arte, pero bien conectada con el entorno del presidente. El pabellón del país en los Giardini, una de las dos sedes de la gran cita del arte contemporáneo, también llega precedido de controversia en una edición marcada por las tensiones políticas desatadas por la participación de Rusia e Israel.

“Este es el primer rock and roll de Silvio Rodríguez”, dice Alejo Stivel entusiasmado. Luego, matiza: “Bueno, puedes llamarlo rock lento o medio tiempo rock”. Habla de Déjame en paz, una canción que se puede escuchar desde hoy en las plataformas digitales y donde los dos artistas han trabajado como un equipo: el cubano escribe el texto, el argentino-español compone la música, y los dos cantan. Un tema tremendamente pegadizo, con pinceladas de country-rock y que habla de mantener en silencio a los juicios de nuestra conciencia y de vivir en armonía con nuestras inseguridades y contradicciones. El estribillo dice así: “Déjame en paz, conciencia que todo nombra / hay que tener paciencia con esta sombra. / Quiero vivir tranquilo con tu presencia / yo soy un tipo normal, trátame con otra ciencia”.
No había estudiado literatura, ni tenía conexión alguna con el mundillo literario, corrían los primeros años noventa y Fernanda Trías (Montevideo, Uruguay, 1976) recuerda que, impulsada por su pasión por escribir, avanzaba a tientas. Dice que aprendía leyendo, de forma autodidacta, hasta que sintió que no podía seguir sola y oyó hablar del taller de Mario Levrero (1940-2004).

Alguien podría decir, si se detiene a mirarlos un instante, que los entrenadores de fútbol envejecen a la velocidad de los perros, cuatro o cinco años por cada año humano. Es tal el nivel de angustia concentrado en ese cuadrángulo, pintado en la banda para recordarles los límites del autocontrol, que da terror. Pero el fútbol tiene ese veneno y dejarlo de lado no es una opción. Las semifinales de la Champions, resueltas esta semana con el pase del Arsenal y del París Saint-Germain, han vuelto a explicar los motivos de esa adicción. El enfrentamiento de ida en París entre PSG y Bayern Múnich, que acabó con 5-4, tuvo algo de partido de tenis más allá del marcador de set. Contuvo las oscilaciones que a veces se producen con la raqueta, donde un solo golpe cambia el estado de ánimo de los jugadores y el vencido se levanta y el dominador se desmorona, y comprendes cómo es de importante la cabeza en un competidor. Y es que ambos equipos jugaron cada uno de ellos con una idea tan grupal y tan enfebrecida que, pese al descontrol, algo que odian todos los entrenadores, se transparentaba un fútbol de tiralíneas.
De un zapato a una bota. Del Mar Negro a Italia. Así se presenta este sábado el recorrido del Giro, la gran vuelta más romántica de la temporada. La de Dino Buzzati, Coppi y Bartali. La de los Dolomitas, Binda y Merckx. La autoproclamada más dura del calendario es, además, la carrera que aúna mejores dotes de márketing, cualidad inherente al gen italiano, capaz de venderle hielo a un esquimal y de convencer al entregado aficionado ciclista de que la ronda por etapas con menor desnivel del curso —49.150 metros acumulados, por los 54.450 del Tour y los 58.156 de la Vuelta— es, a su vez, la más brutal y despiadada.